EN ESTO CREO

Mi fe, como adventista del séptimo día, puede resumirse en el credo de los apóstoles:

El Credo Apostólico

Creo en Dios Padre Todopoderoso,

Creador del cielo y de la tierra;

y en Jesucristo, su único Hijo, Señor nuestro;

que fue concebido del Espíritu Santo,

nació de la virgen María,

padeció bajo el poder de Poncio Pilatos;

fue crucificado, muerto y sepultado;

descendió a los infiernos;

al tercer día resucitó de entre los muertos;

subió al cielo,

y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso;

y desde allí vendrá al fin del mundo a juzgar a los vivos y a los muertos.

Creo en el Espíritu Santo,

la Santa Iglesia Universal,

la comunión de los santos,

el perdón de los pecados,

la resurrección de la carne

y la vida perdurable.

Amén.

La iglesia adventista no es dogmática.  No tiene un código fijo de doctrinas en el cual cada miembro está obligado a creer.  Pero sí tiene un acuerdo mundial acerca de las enseñanzas fundamentales de las Escrituras que se revisa cada cinco años en el Congreso Mundial de la iglesia, con la participación de miembros destacados de todo el mundo, y que refleja el sentir común y altamente mayoritario de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.  Presento a continuación la versión española de este acuerdo mundial, tal como aparece en la última versión del Manual de la Iglesia según fuera aprobada en el Congreso General de 2010.

Creencias fundamentales de los
Adventistas del Séptimo Día
Los Adventistas del Séptimo Día aceptamos la Biblia como nuestro único
credo y sostenemos una serie de creencias fundamentales basadas en las ense-
ñanzas de las Sagradas Escrituras. Estas creencias, tal como se presentan aquí,
constituyen la forma en que la iglesia comprende y expresa las enseñanzas de las
Escrituras. Se pueden revisar estas declaraciones en un Congreso de la Asocia-
ción General, si el Espíritu Santo lleva a la iglesia a una comprensión más plena
de la verdad bíblica o encuentra un lenguaje mejor para expresar las enseñanzas
de la Santa Palabra de Dios.
1. Las Sagradas Escrituras
Las Sagradas Escrituras, que abarcan el Antiguo Testamento y el Nuevo
Testamento, constituyen la Palabra de Dios escrita, transmitida por inspiración
divina mediante santos hombres de Dios que hablaron y escribieron impulsa-
dos por el Espíritu Santo. Por medio de esta Palabra, Dios comunica a los seres
humanos el conocimiento necesario para alcanzar la salvación. Las Sagradas
Escrituras son la infalible revelación de la voluntad divina. Son la norma del
carácter, el criterio para evaluar la experiencia, la revelación autorizada de las
doctrinas, un registro fidedigno de los actos de Dios realizados en el curso de
la historia (2 Ped. 1:20, 21; 2 Tim. 3:16, 17; Sal. 119:105; Prov. 30:5, 6; Isa. 8:20;
Juan 17:17; 1 Tes. 2:13; Heb. 4:12).
2. La Trinidad
Hay un solo Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo, una unidad de tres perso-
nas coeternas. Dios es inmortal, todopoderoso, omnisapiente, superior a todos
y omnipresente. Es infinito y escapa a la comprensión humana, aunque se lo
puede conocer por medio de su autorrevelación. Es digno, para siempre, de
reverencia, adoración y servicio por parte de toda la creación (Deut. 6:4; Mat.
28:19; 2 Cor. 13:14; Efe. 4:4-6; 1 Ped. 1:2; 1 Tim. 1:17; Apoc. 14:7).
3. El Padre
Dios el Padre eterno es el Creador, Originador, Sustentador y Sobe-
rano de toda la creación. Es justo y santo, misericordioso y clemente, tardo
en airarse, y abundante en amor y fidelidad. Las cualidades y las facultades
del Padre se manifiestan también en el Hijo y en el Espíritu Santo (Gén.
1:1; Apoc. 4:11; 1 Cor. 15:28; Juan 3:16; 1 Juan 4:8; 1 Tim. 1:17; Éxo. 34:6,
7; Juan 14:9).
4. El Hijo
Dios el hijo Eterno se encarnó en Jesucristo. Por medio de él se crearon
todas las cosas, se reveló el carácter de Dios, se llevó a cabo la salvación de la
humanidad y se juzga al mundo. Aunque es verdadero y eternamente Dios,
llegó a ser también verdaderamente hombre, Jesús el Cristo. Fue concebido
por el Espíritu Santo y nació de la virgen María. Vivió y experimentó la ten-
tación como ser humano, pero ejemplificó perfectamente la justicia y el amor
de Dios. Mediante sus milagros, manifestó el poder de Dios, y aquellos dieron
testimonio de que era el prometido Mesías de Dios. Sufrió y murió volunta-
riamente en la cruz por nuestros pecados y en nuestro lugar, resucitó de entre
los muertos y ascendió para ministrar en el Santuario celestial en favor de
nosotros. Volverá otra vez en gloria, para librar definitivamente a su pueblo y
restaurar todas las cosas (Juan 1:1-3, 14; Col. 1:15-19; Juan 10:30; 14:9; Rom.
6:23; 2 Cor. 5:17-19; Juan 5:22; Luc. 1:35; Fil. 2:5-11; Heb. 2:9-18; 1 Cor. 15:3,
4; Heb. 8:1, 2; Juan 14:1-3).
5. El Espíritu Santo
Dios el Espíritu eterno desempeñó una parte activa, con el Padre y el
Hijo, en la creación, en la encarnación y en la redención. Inspiró a los autores
de las Escrituras. Infundió poder a la vida de Cristo. Atrae y convence a los seres
humanos, y renueva a los que responden y los transforma a la imagen de Dios.
Enviado por el Padre y por el Hijo para estar siempre con sus hijos, concede
dones espirituales a la iglesia, la capacita para dar testimonio en favor de Cristo
y, en armonía con las Escrituras, la guía a toda la verdad (Gén. 1:1, 2; Luc. 1:35;
4:18; Hech. 10:38; 2 Ped. 1:21; 2 Cor. 3:18; Efe. 4:11, 12; Hech. 1:8; Juan 14:16-
18, 26; 15:26, 27; 16:7-13).
6. La creación
Dios es el Creador de todas las cosas, y reveló en las Escrituras el relato
auténtico de su actividad creadora. El Señor hizo en seis días “los cielos y la
tierra”, y todo ser viviente que la habita, y reposó en el séptimo día de esa
primera semana. De ese modo, estableció el sábado como un monumento
perpetuo conmemorativo de la terminación de su obra creadora. Hizo al
primer hombre y a la primera mujer a su imagen, como corona de la crea-
ción, y les dio dominio sobre el mundo y la responsabilidad de cuidar de él.
Cuando el mundo quedó terminado, era “bueno en gran manera”, procla-
mando la gloria de Dios (Gén. 1; 2; Éxo. 20:8-11; Sal. 19:1-6; 33:6, 9; 104;
Heb. 11:3).158

7. La naturaleza del hombre
Dios hizo al hombre y a la mujer a su imagen, con individualidad pro-
pia, y con la facultad y la libertad de pensar y obrar. Aunque los creó como
seres libres, cada uno es una unidad indivisible de cuerpo, mente y espíritu,
que depende de Dios para la vida, el aliento y todo lo demás. Cuando nues-
tros primeros padres desobedecieron a Dios, negaron su dependencia de él
y cayeron de la elevada posición que ocupaban bajo el gobierno de Dios.
La imagen de Dios en ellos se desfiguró y quedaron sujetos a la muerte. Sus
descendientes participan de esta naturaleza caída y de sus consecuencias.
Nacen con debilidades y tendencias hacia el mal. Pero Dios, en Cristo,
reconcilió al mundo consigo mismo y, por medio de su Espíritu Santo, res-
taura en los mortales penitentes la imagen de su Hacedor. Creados para la
gloria de Dios, se los llama a amarlo a él y a amarse mutuamente, y a cuidar
del ambiente que los rodea (Gén. 1:26-28; 2:7; Sal. 8:4-8; Hech. 17:24-28;
Gén. 3; Sal. 51:5; Rom. 5:12-17; 2 Cor. 5:19, 20; Sal. 51:10; 1 Juan 4:7, 8, 11,
20; Gén. 2:15).
8. El gran conflicto
Toda la humanidad está ahora envuelta en un gran conflicto entre Cristo
y Satanás en cuanto al carácter de Dios, su ley y su soberanía sobre el uni-
verso. Este conflicto se originó en el cielo cuando un ser creado, dotado de
libre albedrío, se exaltó a sí mismo y se convirtió en Satanás, el adversario de
Dios, y condujo a la rebelión a una parte de los ángeles. Satanás introdujo el
espíritu de rebelión en este mundo cuando indujo a Adán y a Eva a pecar. El
pecado humano produjo como resultado la distorsión de la imagen de Dios en
la humanidad, el trastorno del mundo creado y, posteriormente, su completa
devastación en ocasión del diluvio universal. Observado por toda la creación,
este mundo se convirtió en el campo de batalla del conflicto universal, a cuyo
término el Dios de amor quedará finalmente vindicado. Para ayudar a su pue-
blo en este conflicto, Cristo envía al Espíritu Santo y a los ángeles leales para
guiarlo, protegerlo y sostenerlo en el camino de la salvación (Apoc. 12:4-9; Isa.
14:12-14; Eze. 28:12-18; Gén. 3; Rom. 1:19-32; 5:12-21; 8:19-22; Gén. 6-8; 2
Ped. 3:6; 1 Cor. 4:9; Heb. 1:14).
9. Vida, muerte y resurrección de Cristo
Mediante la vida de Cristo, de perfecta obediencia a la voluntad de Dios,
y por medio de sus sufrimientos, su muerte y su resurrección, Dios proveyó
el único medio para expiar el pecado humano, de manera que los que por
fe aceptan esta expiación puedan tener vida eterna, y toda la creación pueda
comprender mejor el infinito y santo amor del Creador. Esta expiación perfecta
vindica la justicia de la ley de Dios y la benignidad de su carácter; porque no
solo condena nuestro pecado, sino también nos garantiza nuestro perdón. La
muerte de Cristo es vicaria y expiatoria, reconciliadora y transformadora. La
resurrección de Cristo proclama el triunfo de Dios sobre las fuerzas del mal, y
asegura la victoria final sobre el pecado y la muerte a los que aceptan la expia-
ción. Ella declara el señorío de Jesucristo, ante quien se doblará toda rodilla en
el cielo y en la tierra (Juan 3:16; Isa. 53; 1 Ped. 2:21, 22; 1 Cor. 15:3, 4, 20-22;
2 Cor: 5:14, 15, 19, 21; Rom. 1:4; 3:25; 4:25; 8:3, 4; 1 Juan 2:2; 4:10; Col. 2:15;
Fil. 2:6-11).
10. La experiencia de la salvación
Con amor y misericordia infinitos, Dios hizo que Cristo, que no cono-
ció pecado, fuera hecho pecado por nosotros, para que nosotros pudiésemos
ser hechos justicia de Dios en él. Guiados por el Espíritu Santo, sentimos
nuestra necesidad, reconocemos nuestra pecaminosidad, nos arrepentimos de
nuestras transgresiones, y ejercemos fe en Jesús como Señor y Cristo, como
Sustituto y Ejemplo. Esta fe que acepta la salvación nos llega por medio
del poder divino de la Palabra y es un don de la gracia de Dios. Mediante
Cristo, somos justificados, adoptados como hijos e hijas de Dios y librados
del dominio del pecado. Por medio del Espíritu nacemos de nuevo y somos
santificados; el Espíritu renueva nuestras mentes, graba la ley de amor de Dios
en nuestros corazones y nos da poder para vivir una vida santa. Al permanecer
en él, somos participantes de la naturaleza divina, y tenemos la seguridad de
la salvación ahora y en ocasión del Juicio (2 Cor. 5:17-21; Juan 3:16; Gál. 1:4;
4:4-7; Tito 3:3-7; Juan 16:8; Gál. 3:13, 14; 1 Ped. 2:21, 22; Rom. 10:17; Luc.
17:5; Mar. 9:23, 24; Efe. 2:5-10; Rom. 3:21-26; Col. 1:13, 14; Rom. 8:14-17;
Gál. 3:26; Juan 3:38; 1 Ped. 1:23; Rom. 12:2; Heb. 8:7-12; Eze. 36:25-27; 2
Ped. 1:3, 4; Rom. 8:1-4; 5:6-10).
11. El crecimiento en Cristo
Por su muerte en la cruz, Jesús triunfó sobre las fuerzas del mal. Él,
que durante su ministerio terrenal subyugó a los espíritus demoníacos, ha
quebrantado su poder y asegurado su condenación final. La victoria de Jesús
nos da la victoria sobre las fuerzas del mal que aún tratan de dominarnos,
mientras caminamos con él en paz, gozo y en la seguridad de su amor. Ahora,
el Espíritu Santo mora en nosotros y nos capacita con poder. Entregados con-
tinuamente a Jesús como nuestro Salvador y Señor, somos libres de la carga
de nuestras acciones pasadas.Ya no vivimos en las tinieblas, ni en el temor de
los poderes malignos, ni en la ignorancia y falta de sentido de nuestro anti-
guo estilo de vida. En esta nueva libertad en Jesús, somos llamados a crecer
a la semejanza de su carácter, manteniendo diariamente comunión con él en
oración, alimentándonos de su Palabra, meditando en ella y en su providencia,
cantando sus alabanzas, reuniéndonos juntos para adorar y participando en la
misión de la iglesia. Al darnos en amoroso servicio a aquellos que nos rodean
y al dar testimonio de su salvación, Cristo, en virtud de su presencia cons-
tante con nosotros por medio del Espíritu, transforma cada uno de nuestros160
momentos y cada una de nuestras tareas en una experiencia espiritual (Sal.
1:1, 2; 23:4; 77:11, 12; Col. 1:13, 14; 2:6, 14, 15; Luc. 10:17-20; Efe. 5:19,
20; 6:12-18; 1 Tes. 5:23; 2 Ped. 2:9; 3:18; 2 Cor. 3:17, 18; Fil. 3:7-14; 1 Tes.
5:16-18; Mat. 20:25-28; Juan 20:21; Gál. 5:22-25; Rom. 8:38, 39; 1 Juan 4:4;
Heb. 10:25).
12. La iglesia
La iglesia es la comunidad de creyentes que confiesan que Jesucristo
es Señor y Salvador. Como continuadores del pueblo de Dios del Antiguo
Testamento, se nos invita a salir del mundo; y nos reunimos para adorar, para
estar en comunión unos con otros, para recibir instrucción en la Palabra,
para la celebración de la Cena del Señor, para servir a toda la humanidad y
para proclamar el evangelio en todo el mundo. La iglesia recibe su autoridad
de Cristo, que es la Palabra encarnada, y de las Escrituras, que son la Palabra
escrita. La iglesia es la familia de Dios; adoptados por él como hijos, vivimos
sobre la base del Nuevo Pacto. La iglesia es el cuerpo de Cristo, es una co-
munidad de fe, de la cual Cristo mismo es la cabeza. La iglesia es la esposa
por la cual Cristo murió para poder santificarla y purificarla. Cuando regrese
en triunfo, él presentará a sí mismo una iglesia gloriosa, los fieles de todas las
edades, adquiridos por su sangre, una iglesia sin mancha, ni arruga, sino santa
y sin defecto (Gén. 12:3; Hech. 7:38; Efe. 4:11-15; 3:8-11; Mat. 28:19, 20;
16:13-20; 18:18; Efe. 2:19-22; 1:22, 23; 5:23-27; Col. 1:17, 18).
13. El remanente y su misión
La iglesia universal está compuesta por todos los que creen verdade-
ramente en Cristo; pero, en los últimos días, una época de apostasía gene-
ralizada, se llamó a un remanente para que guarde los mandamientos de
Dios y la fe de Jesús. Este remanente anuncia la llegada de la hora del Juicio,
proclama la salvación por medio de Cristo y pregona la proximidad de su
segunda venida. Esta proclamación está simbolizada por los tres ángeles de
Apocalipsis 14; coincide con la obra del Juicio en los cielos y, como resulta-
do, se produce una obra de arrepentimiento y reforma en la Tierra. Se invita
a todos los creyentes a participar personalmente en este testimonio mundial
(Apoc. 12:17; 14:6-12; 18:1-4; 2 Cor. 5:10; Jud. 3, 14; 1 Ped. 1:16-19; 2 Ped.
3:10-14; Apoc. 21:1-14).
14. La unidad en el cuerpo de Cristo
La iglesia es un cuerpo constituido por muchos miembros, llamados de
entre todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. En Cristo, somos una nueva
creación; las diferencias de raza, cultura, educación y nacionalidad, y las dife-
rencias entre encumbrados y humildes, ricos y pobres, hombres y mujeres, no
deben causar divisiones entre nosotros. Todos somos iguales en Cristo, quien
por un mismo Espíritu nos unió en comunión con él y los unos con los otros;
debemos servir y ser servidos sin parcialidad ni reservas. Por medio de la reve-
lación de Jesucristo en las Escrituras, participamos de la misma fe y la misma
esperanza, y damos a todos un mismo testimonio. Esta unidad tiene sus orígenes
en la unicidad del Dios triuno, que nos adoptó como hijos suyos (Rom. 12:4,
5; 1 Cor. 12:12-14; Mat. 28:19, 20; Sal. 133:1; 2 Cor. 5:16, 17; Hech. 17:26, 27;
Gál. 3:27, 29; Col. 3:10-15; Efe. 4:14-16; 4:1-6; Juan 17:20-23).
15. El bautismo
Por medio del bautismo, confesamos nuestra fe en la muerte y la resurrec-
ción de Jesucristo, y damos testimonio de nuestra muerte al pecado y de nuestro
propósito de andar en novedad de vida. De este modo, reconocemos a Cristo
como nuestro Señor y Salvador, llegamos a ser su pueblo y somos recibidos
como miembros de su iglesia. El bautismo es un símbolo de nuestra unión con
Cristo, del perdón de nuestros pecados y de nuestro recibimiento del Espíritu
Santo. Se realiza por inmersión en agua, y depende de una afirmación de fe en
Jesús y de la evidencia de arrepentimiento del pecado. Sigue a la instrucción
en las Sagradas Escrituras y a la aceptación de sus enseñanzas (Rom. 6:16; Col.
2:12, 13; Hech. 16:30-33; 22:16; 2:38; Mat. 28:19, 20).
16. La Cena del Señor
La Cena del Señor es una participación en los emblemas del cuerpo y la
sangre de Jesús como expresión de fe en él, nuestro Señor y Salvador. Cristo
está presente en esta experiencia de comunión, para encontrarse con su pueblo
y fortalecerlo. Al participar de la Cena, proclamamos gozosamente la muerte
del Señor hasta que venga. La preparación para la Cena incluye un examen de
conciencia, el arrepentimiento y la confesión. El Maestro ordenó el servicio del
lavamiento de los pies para denotar una renovada purificación, para expresar la
disposición a servirnos mutuamente en humildad cristiana y para unir nuestros
corazones en amor. El servicio de Comunión está abierto a todos los creyentes
cristianos (1 Cor. 10:16, 17; 11:23-30; Mat. 26:17-30; Apoc. 3:20; Juan 6:48-63;
13:1-17).
17. Los dones y los ministerios espirituales
Dios concede a todos los miembros de su iglesia, en todas las épocas, dones
espirituales para que cada miembro los emplee en amante ministerio por el
bien común de la iglesia y de la humanidad. Concedidos mediante la operación
del Espíritu Santo, quien los distribuye entre cada miembro según su voluntad,
los dones proveen todos los ministerios y las habilidades que la iglesia necesita
para cumplir sus funciones divinamente ordenadas. De acuerdo con las Escritu-
ras, estos dones incluyen ministerios –tales como fe, sanidad, profecía, predica-
ción, enseñanza, administración, reconciliación, compasión, servicio abnegado
y caridad–, para ayudar y animar a nuestros semejantes. Algunos miembros son162
llamados por Dios y dotados por el Espíritu para ejercer funciones reconocidas
por la iglesia en los ministerios pastorales, de evangelización, apostólicos y de
enseñanza, particularmente necesarios con el fin de equipar a los miembros
para el servicio, edificar a la iglesia con el objeto de que alcance la madurez
espiritual, y promover la unidad de la fe y el conocimiento de Dios. Cuando los
miembros emplean estos dones espirituales como fieles mayordomos de la mul-
tiforme gracia de Dios, la iglesia queda protegida de la influencia destructora
de las falsas doctrinas, crece gracias a un desarrollo que procede de Dios, y se
edifica en la fe y el amor (Rom. 12:4-8; 1 Cor. 12:9-11, 27, 28; Efe. 4:8, 11-16;
Hech. 6:17; 1 Tim. 3:1-13; 1 Ped. 4:10, 11).
18. El don de profecía
Uno de los dones del Espíritu Santo es el de profecía. Este don es una
señal identificadora de la iglesia remanente y se manifestó en el ministerio
de Elena de White. Como mensajera del Señor, sus escritos son una perma-
nente y autorizada fuente de verdad que proporciona consuelo, dirección,
instrucción y corrección a la iglesia. Ellos también establecen con claridad
que la Biblia es la norma por la cual debe ser probada toda enseñanza y toda
experiencia (Joel 2:28, 29; Hech. 2:14-21; Heb. 1:13; Apoc. 12:17; 19:10).
19. La Ley de Dios
Los grandes principios de la Ley de Dios están incorporados en los Diez
Mandamientos y ejemplificados en la vida de Cristo. Expresan el amor, la
voluntad y el propósito de Dios con respecto a la conducta y a las relacio-
nes humanas, y son obligatorios para todas las personas en todas las épocas.
Estos preceptos constituyen la base del pacto de Dios con su pueblo y son la
norma del Juicio divino. Por medio de la obra del Espíritu Santo, señalan el
pecado y despiertan el sentido de la necesidad de un Salvador. La salvación
es totalmente por la gracia y no por las obras, pero su fruto es la obediencia a
los mandamientos. Esta obediencia desarrolla el carácter cristiano y da como
resultado una sensación de bienestar. Es una evidencia de nuestro amor al Se-
ñor y de nuestra preocupación por nuestros semejantes. La obediencia por fe
demuestra el poder de Cristo para transformar vidas y, por lo tanto, fortalece
el testimonio cristiano (Éxo. 20:1-17; Sal. 40:7, 8; Mat. 22:36-40; Deut. 28:1-
14; Mat. 5:17-20; Heb. 8:8-10; Juan 15:7-10; Efe. 2:8-10; 1 Juan 5:3; Rom.
8:3, 4; Sal. 19:7-14).
20. El sábado
El bondadoso Creador, después de los seis días de la creación, descansó el
séptimo día, e instituyó el sábado para todos los hombres, como un monumento
conmemorativo de la creación. El cuarto mandamiento de la inmutable Ley
de Dios requiere la observancia del séptimo día, sábado, como día de reposo,
adoración y ministerio, en armonía con las enseñanzas y la práctica de Jesús, el
Señor del sábado. El sábado es un día de agradable comunión con Dios y con
nuestros hermanos. Es un símbolo de nuestra redención en Cristo, una señal de
nuestra santificación, una demostración de nuestra lealtad y una anticipación de
nuestro futuro eterno en el Reino de Dios. El sábado es la señal perpetua del
pacto eterno entre él y su pueblo. La gozosa observancia de este tiempo sagrado
de una tarde a la otra tarde, de la puesta del sol a la puesta del sol, es una cele-
bración de la obra creadora y redentora de Dios (Gén. 2:1-3; Éxo. 20:8-11; Luc.
4:16; Isa. 56:5, 6; 58:13, 14; Mat. 12:1-12; Éxo. 31:13-17; Eze. 20:12, 20; Deut.
5:12-15; Heb. 4:1-11; Lev. 23:32; Mar. 1:32).
21. La mayordomía
Somos mayordomos de Dios, a quienes se nos ha confiado tiempo y opor-
tunidades, capacidades y posesiones, y las bendiciones de la tierra y sus recursos.
Y somos responsables ante él por el empleo adecuado de todas esas dádivas.
Reconocemos el derecho de propiedad por parte de Dios mediante nuestro
servicio fiel a él y a nuestros semejantes, y mediante la devolución de los diez-
mos y las ofrendas que damos para la proclamación de su evangelio, y para el
sostén y el desarrollo de su iglesia. La mayordomía es un privilegio que Dios
nos ha concedido para que crezcamos en amor, y para que logremos la victoria
sobre el egoísmo y la codicia. El mayordomo fiel se regocija por las bendiciones
que reciben los demás como fruto de su fidelidad (Gén. 1:26-28; 2:15; 1 Crón.
29:14; Hag. 1:3-11; Mal. 3:8-12; 1 Cor. 9:9-14; Mat. 23:23; 2 Cor. 8:1-15; Rom.
15:26, 27).
22. La conducta cristiana
Somos llamados a ser un pueblo piadoso, que piense, sienta y actúe en
armonía con los principios del cielo. Para que el Espíritu recree en nosotros el
carácter de nuestro Señor, nos involucramos solo en aquellas cosas que produ-
cirán en nuestra vida pureza, salud y gozo cristiano. Esto significa que nuestras
recreaciones y nuestros entretenimientos estarán en armonía con las más ele-
vadas normas de gusto y belleza cristianos. Si bien reconocemos las diferencias
culturales, nuestra vestimenta debe ser sencilla, modesta y de buen gusto, como
corresponde a aquellos cuya verdadera belleza no consiste en el adorno ex-
terior, sino en el inmarcesible ornamento de un espíritu apacible y tranquilo.
Significa también que, siendo que nuestros cuerpos son el templo del Espíritu
Santo, debemos cuidarlos inteligentemente. Junto con la práctica adecuada del
ejercicio y el descanso, debemos adoptar un régimen alimentario lo más saluda-
ble posible, y abstenernos de los alimentos inmundos, identificados como tales
en las Escrituras. Como las bebidas alcohólicas, el tabaco, y el uso irresponsable
de drogas y narcóticos son dañinos para nuestros cuerpos, debemos también
abstenernos de ellos. En cambio, debemos empeñarnos en todo lo que ponga
nuestros pensamientos y nuestros cuerpos en armonía con la disciplina de Cris-164
to, quien quiere que gocemos de salud, de alegría y de todo lo bueno (Rom.
12:1, 2; 1 Juan 2:6; Efe. 5:1-21; Fil. 4:8; 2 Cor. 10:5; 6:14-7:1; 1 Ped. 3:1-4; 1
Cor. 6:19, 20; 10:31; Lev. 11:1-47; 3 Juan 2).
23. El matrimonio y la familia
El matrimonio fue establecido por Dios en el Edén, y confirmado por
Jesús para que fuera una unión para toda la vida entre un hombre y una
mujer, en amante compañerismo. Para el cristiano, el matrimonio es un
compromiso con Dios y con el cónyuge, y debería celebrarse solamente
entre personas que participan de la misma fe. El amor mutuo, el honor, el
respeto y la responsabilidad constituyen la estructura de esa relación, que
debe reflejar el amor, la santidad, la intimidad y la perdurabilidad de la re-
lación que existe entre Cristo y su iglesia. Con respecto al divorcio, Jesús
enseñó que la persona que se divorcia, a menos que sea por causa de rela-
ciones sexuales ilícitas, y se casa con otra persona, comete adulterio. Aun-
que algunas relaciones familiares estén lejos de ser ideales, los consortes que
se dedican plenamente el uno al otro pueden, en Cristo, lograr una amorosa
unidad gracias a la dirección del Espíritu y a la instrucción de la iglesia.
Dios bendice a la familia y quiere que sus miembros se ayuden mutuamente
hasta alcanzar la plena madurez. Los padres deben criar a sus hijos para que
amen y obedezcan al Señor. Deben enseñarles, mediante el precepto y el
ejemplo, que Cristo disciplina amorosamente, que siempre es tierno, que se
preocupa por sus criaturas y que quiere que lleguen a ser miembros de su
cuerpo, la familia de Dios. Una creciente intimidad familiar es uno de los
rasgos característicos del último mensaje evangélico (Gén. 2:18-25; Mat.
19:3-9; Juan 2:1-11; 2 Cor. 6:14; Efe. 5:21-33; Mat. 5:31, 32; Mar. 10:11, 12;
Luc. 16:18; 1 Cor. 7:10, 11; Éxo. 20:12; Efe. 6:1-4; Deut. 6:5-9; Prov. 22:6;
Mal. 4:5, 6).
24. El ministerio de Cristo en el Santuario celestial
Hay un Santuario en el cielo, el verdadero Tabernáculo que el Señor
erigió y no el hombre. En él ministra Cristo en favor de nosotros, para poner
a disposición de los creyentes los beneficios de su sacrificio expiatorio ofre-
cido una vez y para siempre en la cruz. Cristo llegó a ser nuestro gran Sumo
Sacerdote y comenzó su ministerio intercesor en ocasión de su ascensión. En
1844, al concluir el período profético de los 2.300 días, inició la segunda y
última fase de su ministerio expiatorio. Esta obra es un Juicio Investigador,
que forma parte de la eliminación definitiva del pecado, prefigurada por la
purificación del antiguo Santuario hebreo en el Día de la Expiación. En el
servicio simbólico, el Santuario se purificaba mediante la sangre de los sacri-
ficios de animales, pero las cosas celestiales se purifican mediante el perfecto
sacrificio de la sangre de Jesús. El Juicio Investigador revela, a las inteligencias
celestiales, quiénes de entre los muertos duermen en Cristo, siendo, por lo
tanto, considerados dignos, en él, de participar en la primera resurrección.
También pone de manifiesto quién, de entre los vivos, permanece en Cristo,
guardando los mandamientos de Dios y la fe de Jesús, estando, por lo tanto,
en él, preparado para ser trasladado a su Reino eterno. Este Juicio vindica la
justicia de Dios al salvar a los que creen en Jesús. Declara que los que perma-
necieron leales a Dios recibirán el Reino. La conclusión de este ministerio
de Cristo señalará el fin del tiempo de prueba otorgado a los seres humanos
antes de su segunda venida (Heb. 8:1-5; 4:14-16; 9:11-28; 10:19-22; 1:3; 2:16,
17; Dan. 7:9-27; 8:13, 14; 9:24-27; Núm. 14:34; Eze. 4:6; Lev. 16; Apoc. 14:6,
7; 20:12; 14:12; 22:12).
25. La segunda venida de Cristo
La segunda venida de Cristo es la bienaventurada esperanza de la iglesia,
la gran culminación del evangelio. La venida del Salvador será literal, personal,
visible y de alcance mundial. Cuando el Señor regrese, los justos muertos re-
sucitarán y, junto con los justos que estén vivos, serán glorificados y llevados al
cielo, pero los impíos morirán. El hecho de que la mayor parte de las profecías
esté alcanzando su pleno cumplimiento, unido a las actuales condiciones del
mundo, nos indica que la venida de Cristo es inminente. El momento cuando
ocurrirá este acontecimiento no ha sido revelado y, por lo tanto, se nos exhorta
a estar preparados en todo tiempo (Tito 2:13; Heb. 9:28; Juan 14:1-3; Hech.
1:9-11; Mat. 24:14; Apoc. 1:7; Mat. 24:43, 44; 1 Tes. 4:13-18; 1 Cor. 15:51-54;
2 Tes. 1:7-10; 2:8; Apoc. 14:14-20; 19:11-21; Mat. 24; Mar. 13; Luc. 21; 2 Tim.
3:1-5; 1 Tes. 5:1-6).
26. La muerte y la resurrección
La paga del pecado es la muerte. Pero Dios, el único que es inmortal,
otorgará vida eterna a sus redimidos. Hasta ese día, la muerte constituye un
estado de inconsciencia para todos los que han fallecido. Cuando Cristo,
que es nuestra vida, aparezca, los justos resucitados y los justos vivos serán
glorificados, y todos juntos serán arrebatados para salir al encuentro de su
Señor. La segunda resurrección, la resurrección de los impíos, ocurrirá mil
años después (Rom. 6:23; 1 Tim. 6:15, 16; Ecl. 9:5, 6; Sal. 146:3, 4; Juan
11:11-14; Col. 3:4; 1 Cor. 15:51-54; 1 Tes. 4:13-17; Juan 5:28, 29; Apoc.
20:1-10).
27. El milenio y el fin del pecado
El milenio es el reino de mil años de Cristo con sus santos en el cie-
lo, que se extiende entre la primera y la segunda resurrección. Durante ese
tiempo, serán juzgados los impíos; la Tierra estará completamente desolada,
sin habitantes humanos con vida, pero sí ocupada por Satanás y sus ángeles.
Al terminar ese período, Cristo y sus santos, y la Santa Ciudad, descenderán
del cielo a la Tierra. Los impíos muertos resucitarán entonces y, junto con
Satanás y sus ángeles, rodearán la ciudad; pero el fuego de Dios los consumirá
y purificará la Tierra. De ese modo, el universo será librado del pecado y de los
pecadores para siempre (Apoc. 20; 1 Cor. 6:2, 3; Jer. 4:23-26; Apoc. 21:1-5; Mal.
4:1; Eze. 28:18, 19).
28. La Tierra Nueva
En la Tierra Nueva, en que habita la justicia, Dios proporcionará un hogar
eterno para los redimidos, y un ambiente perfecto para la vida, el amor, el gozo
y el aprendizaje eternos en su presencia. Porque allí Dios mismo morará con su
pueblo, y el sufrimiento y la muerte terminarán para siempre. El gran conflicto
habrá terminado y el pecado no existirá más. Todas las cosas, animadas e inani-
madas, declararán que Dios es amor; y él reinará para siempre jamás. Amén (2
Ped. 3:13; Isa. 35; 65:17-25; Mat. 5:5; Apoc. 21:1-7; 22:1-5; 11:15).

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