Daniel 8 en Formato Narrativo

Por Humberto R. Treiyer, 

Apreciados amigos: Después de la exploración que juntos realizamos de Daniel 7,  estamos ahora en condiciones de iniciar el estudio del capítulo 8 del libro de Daniel. Lo que lo hace particularmente significativo es el hecho de que en este capítulo se completa, específicamente en el verso 14, toda la presentación profética del libro. Todo lo que sigue, hasta la conclusión del capítulo 12, el último del libro, consiste en  explicaciones adicionales, proporcionadas mayormente por  Gabriel, de los acontecimientos presentados simbólicamente en los capítulos 7 y 8.

Las Extrañas Escenas del Cap. 8

¿Qué fue lo que se le mostró a Daniel en la visión registrada en el capítulo 8?  Escenas muy extrañas, consistentes en símbolos y figuras, cargados de significado. Cuenta el profeta que vio dos animales sobre el escenario de las tierras del Oriente Medio de aquellos días, contendiendo ferozmente entre sí–primeramente un carnero de dos cuernos, y posteriormente un macho cabrío unicornio, es decir, de un sólo cuerno. En la primera escena la figura dominante fue el carnero, concentrando su accionar en acometidas incontenibles hacia el Oeste, el Norte y el Sur, al punto de que “que ninguna bestia [es decir, ningún otro poder] podía parar delante de él, ni había quien escapase de su poder; y hacía conforme a su voluntad, y se engrandecía”,según reza el verso 4.

Mientras estaba en lo que podría considerarse como el apogeo de su poder, se produjo un brusco cambio en la escena. La  hegemonía manifiesta del carnero le fue disputada por otro poder simbólico, un macho cabrío que, procediendo del Oeste, lo derribó en tierra pisoteándolo sin misericordia. Según algunas de las frases registradas en los versos 5 al 8 : ” un macho cabrío venía del lado del poniente sobre la faz de toda la tierra, sin tocar tierra; . . . Y vino hasta el carnero . . .  y corrió contra él con la furia de su fuerza. . . . se levantó contra él y lo hirió, y le quebró sus dos cuernos, y el carnero no tenía fuerzas para pararse delante de él; lo derribó, por tanto, en tierra, y lo pisoteó, y no hubo quien librase al carnero de su poder. Y el macho cabrío se engrandeció sobremanera . . .”

Sí, ese macho cabrío habría de crecer notablemente, pero en forma sorpresiva habría de producirse entonces un notable cambio en la  escena: en el pináculo de su fuerza se le quebraría el cuerno único que tenía entre sus ojos, y en su lugar habrían de surgir otros cuatro, creciendo y extendiéndose hacia los cuatro puntos cardinales.

     Irrupción de un “cuerno pequeño”        en la Escena

Un nuevo cambio de escena introdujo entonces lo que a todas luces es lo verdaderamente importante y significativo de toda la visión: la aparición repentina sobre el escenario, procedente de uno de esos puntos cardinales, de un cuerno de aspecto originalmente insignificante, un cuerno de la pequeñez, como reza el hebreo del pasaje; indudablemente el mismo “cuerno pequeño” ya irrefutablemente identificado en el capítulo 7.

Este nuevo ente simbólico habría de desarrollarse  tremendamente hacia el Sur, el Este y la “tierra gloriosa”, referencia a Palestina. En forma extraordinariamente impactante, Daniel lo vio crecer también hacia el cielo, echando por tierra parte de las estrellas; y tratando de arrebatar de alguien descripto como el  “Príncipe del pacto”,  alguna cosa referida como “el continuo”, o mejor aún, “la continuidad”. No contento con sus logros, intentaría destruir también el santuario de ese  mismo Príncipe; y al hacerlo pisotearía la verdad en forma  aparentemente impune.

Extraño Diálogo entre Gabriel y Miguel

Dos seres aparecieron entonces sobre el escenario, y Daniel alcanzó a escuchar el diálogo que se desarrolló entre ambos. Uno de los dos inquirió del otro acerca de la duración de ese asombroso estado de cosas; por cuanto tiempo habría de tolerar tales atropellos la paciencia divina. La respuesta, bien enigmática, por cierto, indicó que el santuario habría de ser purificado y restaurado al cabo de 2.300 días.

Preocupado el profeta por comprender el significado de esa secuencia de impresionantes escenas, uno de los dos seres que estaban dialogando ordenó al otro que se acercara a Daniel y le ayudara a comprenderlas. Así lo hizo, y lo primero que le dijo al profeta se refirió al tiempo del cumplimiento de esa visión; habría de culminar en un cierto “tiempo del fin”, evidentemente muy remoto. La impresión le resultó tan fuerte al anciano profeta que debió ser entonces fortalecido sobrenaturalmente para escuchar el resto de la explicación.

Las Explicaciones de Gabriel a Daniel

En apretada síntesis, el ángel Gabriel, ya que no era otro el ser que le hablaba,  explicó a Daniel que el carnero representaba al Imperio Medopersa, y el macho cabrío, a Grecia, siendo el cuerno único que este animal exhibía en su frente un símbolo de su rey más importante. Ese poderoso Imperio Griego terminaría fragmentándose  en cuatro reinos de menor poder. Al eclipsarse los mismos, un nuevo poder, muy astuto, habría de realizar una sorprendente aparición, y con fuerzas ajenas causaría grandes ruinas y destrozos. Su accionar político-militar, que habría de hacerlo dueño de enormes posesiones territoriales, habría de experimentar un notable cambio, incursionando también en una esfera totalmente vedada al poder civil. En efecto,  perseguiría al pueblo de los santos y se ensalzaría aún en contra el Príncipe de los príncipes.

Su éxito aparentemente incontenible no sería, sin embargo, ilimitado, ya que habría de ser quebrantado sobrenaturalmente. Gabriel concluyó entonces sus explicaciones asegurando a Daniel que la visión era verdadera y que se cumpliría en todos sus detalles, aun cuando tendría que transcurrir mucho tiempo antes de que ello ocurriera en su plenitud. El ángel interrumpió en este punto su explicación porque lo revelado le produjo al profeta algo así como un desmayo; su recuperación del debilitamiento que le produjo lo que se le había mostrado, llevó bastante tiempo, como el mismo Daniel lo explica. Daniel concluyó el capítulo con la aseveración de que continuaba  “espantado a causa de la visión“–particularmente por el enormemente largo período de los 2.300 días proféticos, o años literales, y que en vano trataba de comprenderla.

Síntesis Interpretativa

Hasta aquí esta presentación meramente descriptiva, con algunos pocos  pincelazos interpretativos, de lo que vio Daniel. Con lo ya repasado, pasemos ahora a la interpretación, y como lo sugerí al estudiar el capítulo 7, quisiera hacerlo nuevamente  ahora: sería muy conveniente que ustedes, mis apreciados amigos, tuvieran junto a sí su ejemplar de la Palabra de Dios, abierto en este capítulo, el capítulo 8 del libro de Daniel. Los dos primeros versos nos proporcionan información en cuanto al contexto, a las circunstancias en las que Daniel experimentó esta notable visión. ¿Cuáles fueron esas circunstancias? En palabras del profeta: “En el año tercero del reinado del rey Belsasar [esto es el año 547 a.C., o sea un par de años, o cosa así, después de la visión del capítulo 7] me apareció una visión a mí, Daniel, después de aquella que me había aparecido antes” [la del primer año del mismo rey, o sea el año 550 a.C.]. Continúa el verso 2: “Vi en visión; y cuando la ví, yo estaba en Susa, que es la capital del reino de la provincia de Elam; ví, pues, en visión, estando junto al río Ulai”.

En este pasaje–referido, como ya lo indicamos, a las circunstancias en las que le fuera dado este mensaje profético–Daniel nos dice que es encontraba en Susa, la capital de lo que había sido el antiguo reino de Elam, transformado ahora en provincia babilónica; esto es, a unos 300 km. al Sudeste de Babilonia. En el momento de la visión se encontraba sobre las márgenes del río Ulai, importante canal de unos 300 m de anchura, que pasaba al Sur de la mencionada ciudad de Susa, y que volcaba sus aguas en el río Karún. Daniel no nos dice qué estaba haciendo en ese lugar, ni tampoco nos proporciona plena seguridad de que realmente se encontraba allí, a tanta distancia de la capital imperial. Es que las escenas de una visión resultaban siempre tan reales, tan vívidas, que luego de verlas el profeta tenía alguna dificultad en establecer, sobre la base de su vivencia, si había estado realmente en el lugar, o si solamente se le habían mostrado escenas del mismo. La forma de la descripción parece sugerir, sin embargo, que el profeta realmente  estuvo allí, probablemente en cumplimiento de alguna misión o función oficial.

Animales Relacionados con el Santuario

El verso 3 nos proporciona el primer elemento descriptivo de la visión en sí, y lo hace con estas palabras: “Alcé los ojos y miré, y he aquí un carnero que estaba delante del río, y tenía dos cuernos: y aunque los cuernos eran altos, uno era más alto que el otro; y el más alto creció después”. Lo visualizamos, ¿verdad? Un animal, un carnero; no una bestia feroz como las descriptas en el capítulo 7, sino un carnero, o, si lo prefiriéramos, un cordero. La elección de este símbolo para representar a una nación o imperio, resulta por demás llamativa. ¿Por que? Primero, por la conducta totalmente desusada mostrada por el animal; y segundo, porque el cordero era el animal ofrecido diariamente, de mañana y de tarde, en el santuario israelita. La mención de este animal en este contexto, ¿podría tal vez estar anticipando algún mensaje relacionado con el santuario?

No podemos dedicar ahora todo el tiempo necesario para la consideración del  tema del santuario, interesante como podría serlo. Creo, sin embargo,  que la mayoría de ustedes, apreciados amigos, tiene alguna idea acerca de cómo, y sobre la base de las instrucciones proporcionadas por Dios, a poco de salir de Egipto, los israelitas de antaño construyeron una estructura portátil vinculada con el culto, a la que reiteradamente se designa en la Biblia como “Santuario”.

Ahora bien, juntamente con las instrucciones relativas a la construcción del mismo, Dios proporcionó también una clara y detallada explicación de los sacrificios que debían ofrecerse en él–todos ellos como símbolo o representación del sacrificio que el verdadero Cordero de Dios, Cristo Jesús, habría de ofrecer eventualmente para la salvación de los hombres. Si bien es cierto que esos sacrificios y ofrendas eran muy numerosos, unos  50 en total, y cada uno con un ritual específico, había dos que descollaban por sobre todos los demás: el sacrificio diario ya mencionado, consistente en un cordero que se ofrecía de mañana, y otro por la tarde de cada día; y un sacrificio anual, en el que el animal que se ofrecía era un macho cabrío.

Quisiera sugerirles que en este punto se concentren un poquito. No es difícil lo que vamos a considerar, pero requiere un poco de atención. Como ya lo vimos, lo primero que observó el profeta, fue un carnero. Ahora bien, en el verso 20, del mismo capítulo 8, se ofrece la explicación del símbolo. En palabras de Gabriel : “En cuanto al carnero que viste, que tenía dos cuernos, estos son los reyes de Media y de Persia”.

 

      ¿Qué había ocurrido con Babilonia?

Dos preguntas surgen de inmediato : ¿Qué pasó con Babilonia? ¿Acaso no fue Babilonia el primer imperio universal? ¿Por qué ahora se inicia la secuencia de imperios con Medopersia–el segundo de los imperios universales? La respuesta es sencilla: bajo el reinado de Belsasar, Babilonia había iniciado una irrefrenable cuesta descendente  muy pronunciada, anticipando así un colapso muy próximo e inevitable. Con sus días prácticamente contados, en la visión del capítulo 8 se  pasa por alto al Imperio Babilónico, y se va directamente al segundo de los imperios universales. Sí, en el año tercero de Belsasar, a Babilonia le quedaba apenas algo menos de una década de subsistencia antes de caer bajo los medos y los persas.

   ¿Por qué el cambio en los símbolos?

Pero hay una pregunta más que se impone: Siendo que en el capítulo 7 se describe la historia futura de Medopersia bajo el símbolo de un oso cruel y sanguinario, ¿cómo entender que ahora  se representara a ese mismo Imperio como un cordero? ¿Podríamos imaginar dos animales más diametralmente distintos que un oso y un cordero o carnero? ¿Por qué este cambio en el símbolo? La respuesta más lógica apunta a lo que ya hicimos notar: con la elección de los animales–un cordero y un macho cabrío (ya que Grecia aparece bajo este último símbolo en este mismo capítulo), pareciera como que de alguna manera se estuviese tratando de llamar la  atención al santuario y su trascendente  significado o simbolismo. Esos eran precisamente los dos animales utilizados en el sacrificio diario, uno, y en el sacrificio anual, el otro; este último se realizaba una sola vez por año, con un simbolismo muy rico, en el día 10 del mes séptimo del calendario israelita., el mes de Tishri o Etanim,

               El Carnero Medopersa

En cuanto el símbolo de un cuerno, hace referencia a un poder, a un reino. Daniel, describiendo a este carnero, nos dice que tenía dos cuernos, y en la explicación del ángel se los identifica como representando a Media y Persia. Ahora bien ¿por qué se le mostró a Daniel que “aunque los cuernos eran altos, uno era más alto que el otro”;  y se añade enseguida que “el más alto creció después”? ¿Tiene una descripción tal correspondencia con los hechos de la historia? Muy definidamente. El Imperio fue fundado por los Medos, quienes se instalaron al Este del Tigris, en la región de los Montes Zagros, con capital en Ecbátana. Pero antes de transcurridos 50 años ya habían caído bajo sus vecinos del Sur, los Persas, quienes de allí en adelante fueron los que realmente tuvieron el cetro y el trono. Sí, los dos cuernos de este animal habían alcanzado buen desarrollo–“eran altos”, según la descripción bíblica–pero uno de ellos, Persia, se desarrolló todavía más, superando al otro, Media

¿Recuerdan el símbolo similar correspondiente a Medopersia, en el capítulo 7? Se nos dice de aquel oso que “se alzaba de un costado más que del otro”–apropiada anticipación de cómo Persia llegaría a imponerse sobre Media.

La descripción del accionar del carnero aparece en el verso 4, y por ella nos damos cuenta de que a pesar de la naturaleza del símbolo–un manso animal doméstico–su actividad desusadamente agresiva corresponde en un todo a la de un oso, Vi que el carnero hería con los cuernos al poniente, al norte y al sur, y que ninguna bestia podía parar delante de él,  ni había quién escapase de su poder; y hacía conforme a su voluntad, y se engrandecía”.

 

            Habrían de caracterizar al Imperio Medopersa violentas campañas militares hacia el Oeste, el Norte y el Sur, y la historia lo corrobora plenamente, mostrando cómo cayeron bajo Ciro II, el gran emperador persa, y su hijo Cambises II, los reinos de Lidia, que se encontraba al poniente u Oeste; y posteriormente también Babilonia, al Norte, y Egipto, al Sur. En un lapso breve, de apenas 22 años, extendido entre los años 547 y 525 a.C., éstos tres reinos pasaron a ser súbditos del oso del capítulo 7,  o, lo que es lo mismo, del belicoso carnero medopersa del capítulo 8. Estos fueron también los tres reinos representados por las tres costillas en la boca del oso de Daniel 7.

La historia de Medopersia comprueba una vez más la infalible exactitud de la anticipación profética: en la última parte del siglo VI a.C., Medopersia se transformó en el árbitro y rector de toda la política mundial.

          Una Síntesis Aleccionadora

A manera de una síntesis de lo visto hasta aquí, el comienzo del estudio del capítulo 8 del libro de Daniel, y del mensaje tan importante que contiene. Escrito en el año tercero del reinado de Belsasar, el último monarca babilónico, esto es, en el 547 a.C., el transcurso de los siglos no le ha quitado nada de su actualidad; muy por el contrario, el exacto cumplimiento de lo predicho en este capítulo, sumado al hecho de que estamos viviendo al presente sus escenas finales, le han añadido aún mayor actualidad.

El mensaje más relevante que nos proporcionan sus versos, como ocurre también  con los capítulos 2 y 7 del mismo libro, es que la Historia no consiste, como a primera vista pareciera serlo, en una maraña de personajes, de acontecimientos y sus fechas respectivas, sino que en toda ella, cuando la contemplamos a la luz que emana de las Sagradas Escrituras, se percibe una orientación, un rumbo perfectamente discernible.Los acontecimientos no ocurren al azar; no es la casualidad la responsable de los eventos. En el timón de la Historia hay una Mano firme y certera que va conduciendo las cosas hacia un clímax de bendición y paz. 

Y éste es un mensaje de esperanza extraordinariamente consolador. No estamos sometidos al arbitrio de fuerzas caprichosas e impredecibles, sino que la mano del Creador y Sustentador nos va guiando hacia un final dichoso; y el cumplimiento de lo anticipado confirma nuestra fe y aumenta nuestra confianza en los sabios propósitos de amor de nuestro Padre Celestial. Sí, las cosas llegarán a un final feliz, a un desenlace de esperanza y de gozo para quienes se identifiquen con los propósitos divinos. Sí, apreciados amigos, tenemos un Dios en quien podemos confiar.

Luego de una corta introducción cronológica, los versos 2 al 4 de este maravilloso capítulo, bajo el símbolo de un carnero o cordero, anticipan las alternativas más notables de la historia del segundo de los imperios universales, Medopersia.

Leeré estos pasajes en la amena paráfrasis comúnmente referida comoVersión Popular: “Durante el tercer año del reinado del rey Belsasar, yo, Daniel, tuve otra visión, además de la que antes había tenido. Durante la visión, me pareció estar en la ciudadela de Susa, en la provincia de Elam. Miré a lo lejos, y vi un carnero que estaba a la orilla del río.  Tenía dos cuernos altos, pero uno de ellos le había salido más tarde y era más alto que el otro. Vi que el carnero embestía con sus cuernos hacia el oeste, el norte y el sur, y que ningún otro animal podía hacerle frente ni librarse de sus golpes. Hacía lo que mejor le parecía, y cada vez era más fuerte.”Como ya lo hicimos notar, la hegemonía del Imperio Medopersa se extendió por algo más de dos siglos, entre los años 539 y 331 a.C.

El Violento Accionar del Chivo

En los tres versos siguientes, del 5 al 7, Daniel describió  lo que habría de ocurrir después. Como el verso 21 identifica  a este símbolo como el poder Greco-macedónico, el tercero de los imperios universales, leamos el  pasaje con esto en mente, y siempre en el lenguaje de la misma Versión Popular“Todavía estaba yo pensando en lo que había visto, cuando me di cuenta de que un chivo venía del oeste, corriendo tan de prisa que ni siquiera tocaba el suelo. Este chivo tenía un gran cuerno entre los ojos, y cuando llegó cerca del carnero de dos cuernos, que yo había visto junto al río, lo embistió con todas sus fuerzas, y le rompió sus dos cuernos, sin que el carnero tuviera fuerzas para enfrentarse con él. Después el chivo derribó por tierra al carnero y lo pisoteó, sin que nadie pudiera salvarlo.”  Hasta aquí las palabras del profeta, anticipando cómo Medopersia habría de caer eventualmente bajo Grecia, el macho cabrío o chivo procedente del Oeste.

Resulta particularmente interesante la descripción de la velocidad del avance grecomacedónico sobre los territorios del Imperio Medopersa. En efecto, se nos dice que el cabrío procedente del Oeste, “venía sin tocar la tierra”.  En otras palabras, muy rápidamente, lo que coincide en un todo con el símbolo del mismo Imperio Greco-Macedónico en el capítulo 7, “un leopardo, con cuatro alas de ave en sus espaldas”, también un símbolo de la gran celeridad de su avance arrollador.

La descripción del mismo poder continúa en el verso 8: “Y el macho cabrío se engrandeció sobremanera; pero estando en su mayor fuerza, aquel gran cuerno fue quebrado, y en su lugar, salieron otros cuatro cuernos notables hacia los cuatro vientos del cielo.” Sí, a pesar de una campaña tan fulminante y veloz, a pesar de que todo el mundo conocido habría de postrarse  bajo sus pies, el “gran cuerno”–interpretado en el verso 21 como referencia su primer rey, Alejandro III Magno–no subsistiría. El momento de  su mayor apogeo, habría de ser ser tan sólo el preludio de una sorpresiva y estrepitosa caída. No, no caería enseguida bajo otro poder, bajo otro imperio, sino que se dividiría en cuatro, tal como también lo había anticipado la visión del capítulo 7, al referirse a las cuatro cabezas del leopardo.

Alejandro III Magno, el gran conquistador macedónico, cruzó el estrecho de Dardanelos–llamado Helesponto en aquel entonces–en el año 335 a.C. Tan sólo cuatro años más tarde, destruido ya el Imperio Medopersa, Alejandro era dueño del mundo de aquellos días. Sin embargo, y a pesar de su juventud y del enorme poder concentrado en sus manos, ocho años más tarde el poderoso monarca moría prematuramente como consecuencia de una fatal conjun ción de embriaguez y paludismo. ¡Dueño del mundo, pero no de su apetito por el licor! Y eso que comenzó bebiendo moderadamente . . . 

Tristemente ésa es siempre la misma historia, apreciados amigos;  nunca ha existido un alcohólico que no haya comenzado bebiendo moderadamente. Por eso, lo mejor, lo más sabio, lo más inteligente, es no beber nunca una sola gota de alcohol, no importa cuál sea el nombre de la bebida que lo contiene, ni cuanto pueda tener de moda, de chic o de sociable su ingestión.

Cuando agonizaba en su lecho de muerte, ya en coma, Alejandro III  alcanzó todavía a contestar inteligiblemente la ansiosa pregunta que le hicieron sus generales: “¿Quién será tu sucesor?” “El más fuerte”–fue su enigmática respuesta. Cada uno de  ellos, como es lógico suponerlo, trató de demostrar que era a él a quien se había referido el gran conquistador; y en ese intento se derramó mucha sangre a lo largo de algo más de dos décadas. En el año 301 a.C., después de la batalla de Ipso, en el ángulo Sudoccidental del Asia Menor, el Imperio Grecomacedónico finalmente se dividió en cuatro–no en tres, no en cinco, sino exactamente, y tal como lo había anticipado la profecía, en cuatro–las cuatro cabezas del leopardo del capítulo 7, y los cuatro cuernos del capítulo 8.

 

            A una división tal apuntó también la explicación de Gabriel en los versos 21 y 22: “El macho cabrío es el rey de Grecia, y el cuerno grande que tenía entre sus ojos es el rey primero [esto es, el más importante, el principal, el primer gobernante en merecer el título de rey]. Y en cuanto al cuerno que fue quebrado, y sucedieron cuatro en su lugar, significa que cuatro reinos se levantarán de esa nación, aunque no con la fuerza de él”Sí, así fue cómo surgieron, precisamente “hacia los cuatro vientos del cielo”, tal como lo expresa el verso 8. Casandro quedó con Grecia y Macedonia, es decir, con  casi toda la porción europea de lo que había sido el  Imperio de  Alejandro. Lisímacose apoderó de Tracia y Asia Menor. Seleuco I Nicátor se posesionó de la porción más grande, ya que extendió su dominio sobre casi toda la así llamada“media luna de las tierras fértiles”, y más allá todavía, hasta los límites de la India. Y Ptolomeo I Soter, el cuarto, se conformó con Egipto, Palestina y parte de Siria.

¿Qué habría de ocurrir después?

Lo anticipa proféticamente la descripción contenida en los versos 9 al 12, así como también la explicación del ángel Gabriel registrada en los versos 23 al 25. De uno de los cuatro puntos cardinales en los que habría de dividirse el Imperio de Alejandro Magno, haría su aparición un nuevo poder, extraño, de un accionar siniestro, simbolizado por un cuerno,  un “cuerno pequeño”, como lo describe el verso 9. En sus comienzos habría de ser  un poder insignificante, minúsculo; y sin embargo, no habría de permanecer así, sino que llegaría a hacerse insospechadamente grande. ¿Cómo?

 

            Así lo explicó Gabriel: “Y al fin del reinado de éstos . . . [esto es, de las divisiones resultantes del imperio de Alejandro] se levantará un rey altivo de rostro y entendido en enigmas. Y su poder se fortalecerá, más no con fuerza propia; y causará grandes ruinas, y prosperará, y hará arbitrariamente, y destruirá a los fuertes y al pueblo de los santos. Con su sagacidad hará prosperar el engaño en su mano; y en su corazón se engrandecerá, y sin aviso destruirá a muchos; y se levantará contra el Príncipe de los príncipes [esto es, contra Cristo Jesús].”

Una descripción impresionante de un poder que comenzando como entidad  política, terminaría incursionando  también en el campo de lo religioso, y lo haría sin retroceder, lamentablemente, ante ningún escrúpulo, en procura de sus objetivos obsesivos de dominio y opresión.  Afortunadamente,  la descripción anticipa también un desenlace dramático y esperanzador, producido por la intervención divina. En efecto, de acuerdo al verso 25, ese poder habrá de ser  “quebrantado aunque no por mano humana”.¿Recuerdan, amigos,  el símbolo de la Roca, en el capítulo 2, destruyendo a la estatua?

Volvamos al verso 9 : “Y de uno de ellos [como el verso anterior concluye  refiriéndose a la división del Imperio hacia los cuatro vientos o puntos cardinales, la expresión  “uno de ellos” sólo puede significar uno de los cuatro vientos – “Y de uno de ellos salió  un cuerno pequeño, que creció mucho al sur, y al oriente y hacia la tierra gloriosa”.  Lo notable del caso es que no se describe el animal del cual procede este cuerno; sencillamente está fuera del cuadro. ¿Recuerdan, verdad, que los animales de esta visión son solamente dos–el carnero y el  macho cabrío? Dijimos que eso podría sugerir alguna referencia al santuario, ya que esos eran los dos animales que se ofrecían, el cordero en el sacrificio diario, y el chivo en el anual. Pues bien, en el verso 14 encontramos la confirmación de esta presuposición: “Y él dijo: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”. Sí, tal como lo habíamos anticipado, sobre la base de estos dos animales, escogidos en la visión como símbolos de Medopersia y Grecia, “el santuario” es parte del mensaje, una parte sumamente importante del mismo.

Más sobre el “cuerno insignificante”

Hay otro punto que conviene destacar: siendo que el “cuerno pequeño” es descripto como creciendo hacia el Este y el Sur, su procedencia sólo podría  ser del Noroeste. ¿Cuál fue el Imperio que surgió en el Noroeste luego de la división del imperio de Alejandro en cuatro? Solamente uno, el romano. En otras palabras, de uno de los puntos cardinales hacia  los cuales se había fragmentado el Imperio Grecomacedónico,  irrumpiría en la escena un nuevo poder, representado por un “cuerno pequeño”, o más exactamente, un “cuerno de la pequeñez”; lo reiteramos, tendría un comienzo muy pequeño, pero no permanecería siempre así.

Como el animal del cual habría de proceder el “cuerno pequeño”está descripto en el capítulo 7, y como no se lo vuelve a describir en el 8,  debemos concluir que en este símbolo del “cuerno” está también contenido el accionar de la cuarta bestia de la cual habría de proceder. En otras palabras, en la descripción de cómo el “cuerno pequeño” habría de crecer hacia el Sur, el Este y la “tierra gloriosa”, se anticipan las conquistas de la Roma Imperial,  apoderándose de todo lo que había sido el Imperio Greco-macedónico. Así, avanzando implacablemente hacia el Este, Roma se posesionó paulatinamente de las tierras que habían pertenecido a los generales Casandro, Lisímaco y Seleuco; y haciéndolo hacía el S, dominó también Egipto, el país de los Ptolomeos. Y en ese proceso, también se apoderó de Judea, del territorio de los judíos, “la tierra del esplendor” — llamada originalmente así por encontrarse en ella el Templo de Dios.

Conviene destacar que la presentación profética del capítulo 8 no abunda en detalles de carácter político; los mismos, relacionados con el cuarto Imperio, Roma, ya fueron presentados en los capítulos 2 y 7. Tratándose del poder representado por el “cuerno pequeño”, un poder que habría de surgir de entre las ruinas del Imperio Romano, la descripción se concentra más bien en los variados aspectos de su accionar.

 

            La primera frase del verso 10, “Y se engrandeció hasta el ejército del cielo” — denuncia una transición muy marcada de lo político a lo religioso, exactamente como se la presenta también en el capítulo 7. La Roma política daría lugar a una Roma religiosa, una Roma cuyo accionar estaría dirigido especialmente en contra de Dios y de Su pueblo. De este accionar en el ámbito de lo religioso, proporcionan mayores detalles los versos 10 al 13, versos que, por exhibir un contenido particularmente denso,  requieren una lectura muy cuidadosa 

Los Versos Misteriosos (8:10-13) 

Hablando del “cuerno pequeño”, del poder que heredaría del Imperio Romano no sólo su sede sino también muchas de sus características, éstas son las palabras del profeta: “Y se engrandeció hasta el ejército del cielo; y parte del ejército y de las estrellas echó por tierra, y las pisoteó. Aún se engrandeció contra el príncipe de los ejércitos, y por él fue quitado el continuo sacrificio; y el lugar de su santuario fue echado por tierra. Y a causa de la prevaricación le fue entregado el ejército junto con el continuo sacrificio; y echó por tierra la verdad, e hizo cuanto quiso, y prosperó. Entonces oí a un santo que hablaba; y otro de los santos preguntó a aquel que hablaba: ¿Hasta cuándo durará la visión del continuo sacrificio, y la prevaricación asoladora  entregando el santuario y el ejército para ser pisoteados?”

            Resulta evidente que toda esta descripción apunta a un accionar eminentemente religioso. Este poder pretendería representar a Dios y a Cristo en esta tierra, y sin embargo su inspiración verdadera procedería no de Dios, sino del enemigo de Dios. Este poder tendría que ser romano, según la descripción coincidente de los  dos capítulos, el 7 y el 8. El“cuerno pequeño” del capítulo 7, y el “cuerno pequeño” del capítulo 8, son uno y el mismo poder: el poder apóstata y blasfemo, que habría de surgir después de la caída y división del Imperio Romano, y en lo que había sido su misma sede, la ciudad de Roma. Este poder anti-Dios y anticristo, recién podría surgir después de que se hubiera producido la caída del Imperio Romano, ya que habría de sentarse en el mismo trono de los césares. Y el testimonio objetivo de la historia es irrefutable. En palabras de A. C. Flick, por citar tan sólo uno de los numerosísimos historiadores que lo confirman :  “De las ruinas de la Roma política se levantó el gran imperio moral en la ‘forma gigante’ de la lglesia Romana”. The Rise of the Medieval Church (1900), p.150.

Volvamos ahora, a los versos recién leídos, los versos 10 al 13, y destaquemos algunas de sus declaraciones, juntamente con una brevísima referencia a su cumplimiento. “Y se engrandeció hasta el ejército del cielo…” ¿Quiénes constituyen este ejército del cielo? La expresión “ejército del cielo” se emplea con por lo menos tres significados distintos en las Escrituras–como referencia al universo sideral, las estrellas, a los ángeles, y al pueblo de Dios sobre la tierra. En este versículo no hay dudas de que se trata de los hijos de Dios, los verdaderos hijos de Dios, Sus representantes sobre este agobiado planeta.

 

            En el cap. 12, verso 3, se los identifica con mayor claridad aún :“Los entendidos [es decir, los que realmente comprenden el mensaje de las profecías] resplandecerán con el resplandor del firmamento; y los que enseñan la justicia a la multitud [en otras palabras, el gran tema de las profecías es Jesús y Su justicia] , como las estrellas a perpetua eternidad.” El“ejército del cielo” son seres humanos quienes, mediante el estudio de la Palabra de Dios llegan a comprender las profecías,  y viven de acuerdo a  la voluntad de Dios; y no sólo eso, sino que también enseñan a otros el mensaje profético. Ellos son las estrellas del cielo en la tierra, reflejando en sus vidas, en sus palabras y actos, la luz del carácter de Dios.

Sí, el poder representado por el “cuerno pequeño” habría de engrandecerse en contra de este “ejército del cielo”. ¿Cómo lo hizo? Declarándolos herejes, condenándolos y persiguiéndolos, como tan claramente lo anticipara la profecía y  lo demuestra la Historia. El mismo verso 10 nos explica cuál habría de ser el resultado del engrandecimiento de este poder en contra del “ejército del cielo”, en contra de los verdaderos hijos de Dios: “y parte del ejército y de las estrellas echó por tierra, y las pisoteó”. Persecución y muerte, tal como también se lo anticipara en el capítulo 7, versos 21 y 25 con estas palabras :  “veía yo que este cuerno hacía guerra contra los santos y los vencía . . . Y hablará palabras contra el Altísimo, y a los santos del Altísimo quebrantará . . . y serán entregados en su mano hasta tiempo, y tiempos, y medio tiempo”.

Persecución. Sí, ¡pretendiendo representar a Dios, perseguiría a los hijos de Dios! La documentación es demasiado abundante, y suficientemente accesible, como para que consideremos necesario recordar aquí los abismos de crueldad de este terrible poder perseguidor. En el capítulo 11 el profeta vuelve a registrar esas escenas de persecución: “y los sabios del pueblo instruirán a muchos; y … caerán a espada, y a fuego, en cautividad y despojo”, según leemos en el verso 33.

 

      Gaussen sobre la Persecución

 

            Persecución. El historiador suizo Gaussen comenta así el Edicto del Concilio de Tolosa, del año 1229, mediante  el cual se dio por concluida la Cruzada proclamada por este poder en contra de los Albigenses, y se instituyó el tenebroso Tribunal de la Inquisición. “Era un decreto de fuego, de sangre y de asolamiento. En sus capítulos III, IV, V y VI disponía que se destruyeran por completo hasta las casas y los más humildes escondrijos, y aún los retiros subterráneos de los que fueran convictos de poseer las Escrituras, y que ellos mismos fueran perseguidos hasta en sus montes y en los antros de la tierra, y que se castigara con severidad aun a sus encubridores . . .”

Estos decretos fueron “seguidos durante 500 años de suplicios sin cuento en los que la sangre corrió como agua”. Le Canon des Seintes Scriptures (1860), parte 2, libro 2, caps. 7 y 13. ¡Triste, muy triste!

    El “cuerno pequeño” y el “continuo”

Pero avancemos. Leo ahora en el versículo 11: “Aun se engrandeció contra el príncipe de los ejércitos”. ¿Quién es este “príncipe de los ejércitos”? Aquel que conduce a su pueblo aquí sobre esta tierra, el Señor Jesús.En el verso 25, el ángel Gabriel proporciona esta explicación: “Con su sagacidad hará prosperar el engaño en su mano; y en su corazón se engrandecerá, y sin aviso destruirá a muchos; y se levantará contra el Príncipe de los príncipes . . . ” ¡Este poder se levantaría aún contra elPríncipe de los príncipes, Cristo Jesús!

¿Cómo lo haría? El mismo verso 11 lo aclara: lo haría tratando de arrebatarle funciones que corresponden exclusivamente al Salvador del mundo. En efecto, dice así: “y de él — [una aclaración: algunas versiones de la Biblia rezan “y por él”, pero lo correcto es “de él”, es decir del “Príncipe de los príncipes”–¿qué haría?] “y

de él fue quitado el continuo sacrificio”. [Otra aclaración es necesaria en este punto : El original hebreo no contiene la palabra “sacrificio”;  fue agregada por los traductores, quienes se tomaron la libertad de tratar de  interpretar este pasaje sobre la base del prejuicio de que el “cuerno pequeño” había sido  Antíoco IV Epífanes, aquel oscuro personaje Seléucida del siglo II a.C., que no es siquiera mencionado en profecía alguna. Lo que el original dice en realidad es que este poder trataría de arrebatar del “Príncipe de los príncipes” algo a lo cual llama “la continuidad” o “el continuo”.]

¿A qué se refiere? ¿Qué es esta “continuidad”? Lo explica la frase siguiente: “y el lugar de su santuario fue echado por tierra”.Fijémonos bien, amigos, para poder arrebatar de Cristo “la continuidad”,  tendría que echar por tierra Su “santuario” . ¿Qué santuario? San Pablo lo explica muy bien en su carta a los Hebreos, capítulo 8, versos 1 y 2.  Estas son las palabras del apóstol: “Ahora bien, el punto principal de lo que venimos diciendo es que tenemos tal sumo sacerdote, el cual se sentó a la diestra del trono de la Majestad en los cielos, ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, no el hombre”.¿Dónde está entonces el santuario de Cristo? El versículo es claro, “en los cielos”.

 

            El término “continuo” o “continuidad”, es referencia a la obra de Cristo en el santuario celestial, aplicando en la forma de intercesión, esto es, de perdón y de limpieza del pecado, los méritos de la expiación que obró sobre la cruz. Por eso el mismo San Pablo afirma :“Porque hay un sólo Dios, y un sólo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1 Tim. 2:5). Sí, la Biblia es perfectamente clara y específica, “hay . . . un sólo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre.” Y refiriéndose a esa ya mencionada “continuidad” de Cristo, el mismo apóstol asevera en Hebreos 7:25: Por lo cual también puede salvar perpetuamente a los que por él se acercan a Dios, viviendo siempre para interceder por ellos.” –“Viviendo siempre [o continuamente] para interceder por ellos”, esto es, por quienes lo aceptan como su Salvador personal.

¿Cómo fue que el cuerno pequeño” pudo haber cumplido esta especificación — “y de él fue quitada la continuidad, y el lugar de su santuario fue echado por tierra”?  Este versículo, Daniel 8:11, nos da la respuesta : “el lugar de su santuario [el santuario de Cristo en los cielos]fue echado por tierra.” ¿En qué forma? Pues instaurando  un sistema de intercesión y perdón de los pecados basado en un presunto nuevo sacrificio, de su pura invención; para ello le fue necesario crear un nuevo sacerdocio, con un Sumo Pontífice a la cabeza, y levantar templos y santuarios para la repetición interminable de ese nuevo sacrificio incruento, es decir sin sangre. Para hacerlo, tuvo que dejar de lado completamente toda la enseñanza de la Escritura en relación a Cristo y Su ministerio. En efecto, en la epístola a los Hebreos, San Pablo asevera en siete pasajes distintos, que el sacrificio de Cristo fue hecho una sola vez y para siempre.

 

            Ese sacrificio perfecto, simbolizado por todos los sacrificios de la ley ceremonial hebrea, puso un fin definitivo a todo otro sacrificio expiatorio. El perfecto sacrificio de Cristo, absolutamente suficiente, es por definición, irrepetible. Realizado ese Sacrificio (con mayúscula), Cristo inauguró Su obra de mediación sumosacerdotal en el Santuario Celestial, y con ello terminó, definitivamente, con todo sacerdocio humano, y con todo santuario humano, en el sentido de lugar desacrificios.

Sí, mis amigos, fuera de Cristo no necesitamos de ningún otro mediador, ni angélico ni humano; si los hubo en lo pasado, cuando todavía Cristo no había ofrecido Su sacrificio supremo, todos ellos caducaron definitivamente cuando Cristo, en ocasión de Su ascensión al Cielo, inició Su propio sumosacedocio. Ahora los creyentes podemos acercarnos a Dios directamente, porque junto al trono de Dios tenemos un Pontífice, un Sumosacerdote que nos comprende e intercede por nosotros. En consecuencia, cualquier otro sacerdocio es por definición ilegítimo.

    El “cuerno pequeño” y la “verdad”

El verso 12 hace las veces de un resumen enfático, de todo lo anterior: “Y a causa de la prevaricación [es decir, de esta gran estafa doctrinal, de esta gran falsificación de la obra de Cristo] le fue entregado el ejército [el mismo “ejército del cielo” del cual habla el verso 10] “junto con la continuidad”. ¿Cuál fue el triste resultado de todo esto? Lo dice la última parte del verso que estamos considerando: “y echó por tierra la verdad, e hizo cuanto quiso, y prosperó”.

Sí, amigos, hay una verdad, una verdad que todo ministro religioso no puede olvidar; si lo hiciera, dejándola de lado, habría razones para cuestionar la legitimidad o genuinidad de su ministerio. Si no predicara esta verdad maravillosa, realmente cumbre, de la intercesión exclusiva e irremplazable de Cristo en el santuario celestial, ¿no se estaría haciendo cómplice de la falsificación introducida por el simbólico “cuerno pequeño¿Cuál es esa“verdad”? La verdad de un sacrificio expiatorio ya realizado, allá sobre la cruz del Calvario, una sola vez y para siempre, absolutamente suficiente; la verdad de un santuario celestial, el único legítimo y válido desde que Cristo lo inaugurara con Su sangre; la verdad de un sólo sumosacerdocio, el de Cristo Jesús en el cielo; y, por último, la verdad de una“continuidad”, de una intercesión única y constante, la de nuestro único Sumo Pontífice, Cristo Jesús, el único y suficiente Salvador.

El diálogo que registran los versos 13 y 14 es muy significativo: profundamente asombrado por lo que se le mostró en esta visión a Daniel, el ángel Gabriel preguntó a Miguel, Cristo Jesús:”¿Hasta cuándo durará la visión del continuo, y la prevaricación asoladora entregando el santuario y el ejercito para ser pisoteados?” ¡Claro que había asombro, asombro y consternación, en la pregunta de Gabriel!

 

                   ¡2.300 años!

 

            En otras palabras, por cuánto tiempo se toleraría un estado de cosas tal. La respuesta de Miguel, muy consoladora, por cierto, no se dejó esperar: una situación como la descripta en los versos 9 al 12, no continuaría para siempre: “Y el dijo: Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado.” El lapso de la tolerancia, de la paciencia de Dios, habría de ser  muy largo, enormemente largo–¡nada menos que 23 siglos!–es cierto, pero al cabo del mismo el santuario habría de ser restaurado, vindicado y purificado.

Para hacerlo, seguramente Dios tendría que suscitar un pueblo–no otro que el pueblo de los “santos del Altísimo”, del cual se habla en el capítulo 7. Un pueblo encargado de dar a conocer este mensaje al mundo. Un mensaje, claro está, en el que deberían combinarse una clara denuncia del sistema apóstata y de la verdad de Dios, eclipsada y pisoteada durante siglos. No habría de ser tarea fácil la de ese pueblo. Sería mucho más fácil y sencillo presentar la verdad; pero sólo mediante la denuncia podría cobrar significado la invitación de Dios, la invitación contenida en Apo 18:4 y 5:  “Salid de ella, pueblo mío, para que no seáis partícipe de sus pecados, ni recibáis parte de sus plagas; porque sus pecados han llegado hasta el cielo, y Dios se ha acordado de sus maldades”.

Todos los mensajes que Dios envía a los hombres entrañan, demandan,  una decisión de parte de ellos. Y cuando hablamos de decisión, hablamos de una opción: la decisión de aceptar la invitación o la decisión de rechazarla. No se puede escuchar un mensaje de Dios en forma indiferente o neutral. La indiferencia es, en realidad, rechazo. Mis apreciados amigos, este tema es precisamente uno de esos mensajes.

¿Qué significan esas 2.300 tardes y mañanas anunciadas por Miguel? ¿Se cumplió ya este lapso? ¿Se restauró ya el santuario? ¿Existe algún pueblo que esté predicando estas cosas? Preguntas sumamente relevantes y solemnes, y de cuyas respuestas mucho, muchísimo, depende. Este tema es importante, extremadamente importante;  tal vez el de significado más relevante de todos los que llevamos vistos hasta aquí. 

Si el profeta se sintió tan mal, tan agobiado al término de las explicaciones de Gabriel ello sólo pudo deberse a que interpretó ese lapso de las“dos mil trescientas tardes y mañanas” de acuerdo al principio de interpretación de todo período profético, el principio de un día por un año–es decir, 2.300 años.

 

En otras palabras, Daniel entendió que en lugar de regresar en apenas unos doce años más, eso recién ocurriría al cabo de 2.300 años. ¡Había razones para sentirse mal! El había estado albergando la esperanza de ver cómo llegaría ese anhelado momento del regreso a su tierra, pero ahora parecía que esa esperanza se derrumbaba, brusca e inesperadamente.

En un lapso así, tan largo, podían ocurrir muchas cosas. Se le había anticipado cómo los cuatro imperios irían pasando uno tras el otro, y cómo, después de la caída del cuarto, un poder religioso, apóstata, se ensañaría contra Dios en la persona de Su pueblo. ¿Podría su pueblo subsistir este período de 23 siglos, y estar en condiciones, al término del mismo, de colaborar en lo descripto como la restauración del santuario? Sí, fueron preguntas serias e inquietantes las que produjeron esa crisis anímica y orgánica en el anciano profeta.

      ¿Cómo entender el mensaje de los                                 2.300 años?

¿Cómo entender este mensaje?  ¿Cómo habría de ocurrir esa restauración del santuario al cabo de ese periodo desmesuradamente largo de“dos mil trescientas tardes y mañanas”, esto es, 2.300 años? Más aún, ¿en qué forma podría afectarme esto a mí, viviendo como lo estoy en los comienzos de este  siglo XXI? Hay en todo esto, amigos, un significado importante, vital, que recién podremos comprender plenamente al estudiar Daniel cap. 9.

Resulta claro que sólo Dios pudo ser el autor de las profecías contenidas en la Biblia. Sería absurdo suponer que hubieran sido fruto de invención o  factura humanas. Con esto en mente, volvamos al capítulo 8 del libro del profeta Daniel. En este significativo capítulo, la historia de los tres últimos imperios universales se presenta en forma muy escueta, muy resumida. En la visión que le fue dada a Daniel en aquel tercer año de Belsasar, Babilonia ya no se menciona más; y los 208 años del Imperio Medopersa, y los 163 años del Greco-macedónico se cubren en apenas 6 versos.

Menos espacio aún se dedica en el capítulo al Imperio Romano, del cual todo lo que se dice está contenido en un corto versículo. El grueso de la descripción profética, y también de la explicación de la misma por Gabriel, está dedicado al poder político-religioso que emergería de lo que había sido el Imperio Romano, una vez que éste hubiera caído ante los sucesivos embates de los pueblos bárbaros.

 

            Los elementos descriptivos no permiten confusión alguna en cuanto a su identificación: Surgiría de entre las ruinas del Imperio Romano; se arrogaría el poder de perseguir tenazmente a quienes no se manifestaran dispuestos a aceptar sus doctrinas; se ensañaría especialmente en contra de Cristo, el Príncipe de los príncipes, tratando de quitarle u obstaculizarle la obra de intercesión, que en virtud de Su sacrificio único y absolutamente suficiente El realiza en el santuario celestial.

Para lograrlo el poder simbolizado por el “cuerno pequeño”introduciría un nuevo sacrificio, de repetición interminable; y para ofrecerlo crearía un nuevo sacerdocio y nuevos altares. Todo esto, en las palabras del profeta no significaría otra cosa que el pisoteo, el hollamiento de la sublime verdad que los hombres, todos nosotros, hombres y mujeres, necesitamos conocer para nuestra salvación, para recibir el don de la vida eterna: la verdad de una expiación, o lo que es lo mismo, de una reconciliación, plenamente obrada por Cristo en la cruz del Calvario, y la aplicación de los méritos de esa reconciliación en un ministerio continuo de intercesión en el santuario celestial a favor de quienes lo aceptan como su Salvador personal.

Para lograr este despojamiento, y siempre de acuerdo a lo anticipado en éste mismo capítulo, este poder religioso habría de buscar el  apoyo del poder secular, y lo conseguiría mediante el ejercicio de una gran sagacidad diplomática, de un habilidosísimo manejo del engaño, tal como también lo explicó el ángel Gabriel a Daniel. No obstante, este lamentable estado de cosas no habría de continuar para siempre. Esa fue la preciosa seguridad que Miguel, esto es Cristo, le dio a Gabriel en respuesta a la pregunta que éste le hiciera. En efecto, profundamente interesado y preocupado por este pavoroso drama que le tocaría vivir al verdadero pueblo de Dios, Gabriel había preguntado acerca de la longitud del lapso durante el cual este sistema político religioso romano arrojaría una sombra eclipsante sobre el ministerio de Cristo en el Santuario o templo celestial, y la respuesta le había sido dada en forma inmediata y notablemente lacónica: la restauración del conocimiento del ministerio sumosacerdotal de Cristo en el santuario celestial, habría de verificarse recién al cabo de un período muy largo, es cierto,  pero se verificaría. ¿Cuándo? “En el tiempo del fin”, como se lo menciona en cuatro pasajes del mismo capítulo. Pero, ¿cuándo en ese “tiempo del fin”? Al cabo de 2.300 tardes y mañanas, según la respuesta de Jesús registrada en el verso 14.

Fue la mención de este lapso lo que provocó la reacción de abatimiento y de profundo desánimo del profeta. Al oir la declaración concerniente a la vindicación del santuario, Daniel sólo pensó en el santuario o templo de Jerusalén, en ruinas desde que Nabucodonosor lo destruyera en el año 586 a.C.. De acuerdo a lo anunciado por Dios a través del profeta Jeremías, el regreso de los judíos cautivos en Babilonia, se produciría al cabo de 70 años a partir de la primera deportación, o sea en unos 10 ó 12 años más a partir del momento de esta visión. Daniel esperaba que el regreso se realizara de acuerdo a lo preanunciado, y que en el curso de algunos años más ya estuviera también reconstruido el Templo de Jerusalén, haciendo así que las cosas regresaran a la normalidad. Ahora, sin embargo, toda esa esperanza que lo había sostenido durante el largo cautiverio, pareció desvanecerse. Si Daniel estaba entendiendo bien las cosas, y así lo creía él, todo esto recién se cumpliría 2.300 años más tarde, y de ese lapso tan enormemente largo ni siquiera el momento del comienzo le fue indicado.

“Explicaciones” Alternativas Sugeridas

En este punto conviene que abramos un pequeño paréntesis: hay comentadores que pretenden que estas “dos mil trescientas tardes y mañanas” son otros tantos días literales; los hay también que sostienen que la expresión debe entenderse como “dos mil trescientos” medio días, también literales. En el primer caso, el lapso representaría 6 años y 4 meses; y en el segundo, exactamente la mitad–es decir, 3 años y 2 meses.

Si cualquiera de estas dos interpretaciones fuera correcta, el profeta habría tenido sobrados motivos de alegrarse: En efecto, ambas estarían indicando un acortamiento, en vez de un alargamiento, del lapso de los 70 años. Ya hicimos notar que al momento de la recepción de este mensaje profético–en el año 3o. del rey Belsasar–restaban únicamente unos 10 ó 12 años para el cumplimiento de los 70 años de cautiverio, y seguramente tan sólo algunos pocos más hasta cuando se completara la restauración del templo o santuario.

Si ahora realmente se le estaba indicando que ese lapso se reducía a 6 años y 4 meses–ó, mejor aún, a 3 años y 2 meses–el profeta debería haberse alegrado enormemente. La reacción de Daniel, sin embargo, que él mismo nos describe en el verso 27, revela que estas interpretaciones no son correctas. (A manera de un corto paréntesis, la interpretación que pretende que se trata de 2.300 medios días–o sea, 1.150 días completos, no tiene asidero alguno, porque “tarde y mañana” es la misma forma de indicar días completos que se utiliza en Génesis, capítulo 1. Al narrar lo ocurrido en cada uno de los días de la semana de la creación, Moisés consignó “tarde y mañana día primero”, y así hasta el sexto. Esta  forma de expresarse proporciona un énfasis adicional a la literalidad de los días de la creación,  al hecho de que fueron días completos.)

Lo mismo podemos decir de la utilización de la frase en el capítulo que estamos estudiando: la expresión “dos mil trescientas tardes y mañanas”sólo puede entenderse como “dos mil trescientos días completos”. ¿Días literales como en el Génesis? No. ¿Por qué no? Por la sencilla razón de que en el Génesis tenemos una narración histórica, y en Daniel un mensaje profético; y como ya lo vimos, los períodos proféticos se interpretan siempre sobre la base del principio de “un día por un año”. En otras palabras, la única interpretación que cabe para los 2.300 días proféticos es que se trata de 2.300 años literales, y así los entendió Daniel, al punto de enfermarse seriamente.

Fue ese lapso enormemente largo, y que el profeta interpretó como una nueva sentencia de Dios sobre la impenitencia del pueblo judío cautivo en Babilonia, lo que lo dejó tan angustiado. Recuerden, amigos, que los lapsos proféticos, ya se den en días, semanas, meses o años, siempre deben interpretarse sobre la base del principio día/año. No es esta una forma novedosa de interpretarlos. ¡Lejos de eso! ¿Recuerdan Uds., apreciados amigos,  el clima de expectativa que revelan los evangelios en relación al tiempo de la aparición del Mesías? Todos ellos están impregnados de declaraciones relativas a un tiempo que había llegado. ¿Por qué? Porque en el libro de Daniel se menciona un período profético de “setenta semanas”, al cabo de las cuales habría de venir el Mesías. Siempre, entonces y ahora, se las ha interpretado como 70 semanas de años; es decir, que al cabo de 490 años vendría el esperado Mesías.

Volvamos ahora a los 2.300 años, y tratemos de establecer su punto de partida. Solamente así podremos calcular el momento cuando habría de producirse la restauración del santuario y del ministerio sumosacerdotal de Cristo. ¿Le indicó Gabriel a Daniel cuándo comenzaría ese larguísimo período? No. Solamente se limitó a decirle que concluiría en algún momento del “tiempo del fin”, y que ese momento llegaría cuando hubieran transcurrido  “muchos días”, o sea, “muchos años”.

¿Quedó satisfecho Daniel con esta respuesta? No. Tampoco lo habríamos estado nosotros, ustedes y yo. El profeta razonó, correctamente, que tratándose de un acontecimiento de tanta relevancia, de nada serviría la mención de las “dos mil trescientas tardes y mañanas” si no se la acompañaba de alguna orientación en cuanto a su comienzo o a su conclusión. Daniel sabía que Dios no hace las cosas a medias, y que la orientación que El proporciona a Su pueblo es siempre suficientemente clara y específica como para que a éste pueda resultarle útil. En algún momento, más tarde o más temprano, seguramente Dios proporcionaría alguna información adicional acerca de este período, así como también de lo que realmente habría de ocurrir cuando el mismo concluyera.

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