ELENA DE WHITE: MENSAJERA DE DIOS PARA EL MUNDO

por Carlos Perrone

Mi esposa y yo habíamos sido invitados a un seminario para directores de Vida Familiar de las iglesias de Michigan, en el pueblo de Marshall, Estados Unidos. Al terminar el seminario, que tomó un fin de semana, el pastor que nos había invitado nos sugirió que fuéramos a Battle Creek a visitar algunos lugares históricos de nuestra iglesia–la casa donde vivieron Jaime y Elena White a medidados del siglo XIX y el lugar de sepultura de la familia White en el cementerio de Oak Hill entre ellos.

Era lunes, no era día de visitas. Pero una hermana que estaba haciendo limpieza en el Tabernáculo nos tuvo confianza y nos dio la llave para que visitáramos la casa de los White por nosotros mismos. “Sigan hasta encontrar la calle Wood—nos dijo—La casa está en el 63 de Wood Street.” Allí habían vivido Jaime y Elena entre los años 1858 y 1863. No teníamos acceso a todas las dependencias, pero pudimos ver la sala, a la entrada y el dormitorio de Elena en la planta alta. Recuerdo que nos dominó una profunda y solemne impresión. En la sala había algunos objetos, fotos y libros relacionados con los White y la iglesia adventista en sus comienzos. Por las ventanas, desde el exterior, pudimos ver la cocina.

Cuando subimos a la planta alta, por aquella escalera empinada de escalones angostos, llegamos a una habitación pequeña, con algunos muebles de la época y una ventana por la que entraba abundante luz en aquel soleado y frío día de invierno de 1997. La impresión se ahondó cuando recordamos que en ese mismo lugar aquella pequeña mujer, combatida por un ataque de parálisis, escribió con esfuerzo y dolor la primera versión de la serie de El Gran Conflicto.

Ana María, mi esposa, me dijo con voz velada por la emoción: “Fue aquí donde el ángel le recordaba las cosas que había visto en visión, y ella las escribía.”

Fuimos entonces a devolver las llaves y preguntamos por el cementerio, donde está el lugar de sepultura de la familia White. Así llegamos al Oak Hill Cemetery, en el 255 de South Avenue. Al entrar tomamos por el camino de la derecha haciendo altos a menudo para ver los nombres en las lápidas. Encontramos muchos nombres de pioneros de la iglesia. La búsqueda se nos hizo larga. Ya veíamos otra vez la puerta del cementerio habiendo dado toda la vuelta cuando de pronto le digo a Ana: “Creo que es aquí.” Descendimos del auto.

Allí era. El aspecto del lugar era muy sencillo. Estaba cerca de la entrada hacia el lado izquierdo, según se entra. Había numerosas lápidas y un monolito en el medio. (El lugar fue ampliado y hermoseado tiempo después de nuestra visita.) Fui leyendo lápida tras lápida hasta encontrar, junto a la de Jaime White, la de Elena. Allí reposaban los restos de aquella humilde mujer que, a través de sus escritos, había traído tanto consuelo de Dios, tanta fortaleza y sabiduría del cielo a mi vida, y tanta bendición para mi familia. La emoción me dominó por completo y no pude detener mis lágrimas ni mi llanto.

En mis duros años de seminario su maravilloso libro “El Deseado de Todas las Gentes” había sido mi compañero inseparable, juntamente con mi Biblia. Cuando las fuerzas se me agotaban y me sobrevenía la depresión, me era imposible estudiar las materias de seminario. Entonces tomaba mi Biblia y El Deseado de Todas las Gentes y me iba solo a sentarme en las piedras, junto al arroyo cercano. Y allí me quedaba contemplando el paisaje, escuchando el manso rumor del agua, leyendo y orando hasta que el sol se ponía y debía volver al colegio. También leía el libro “Mensajes para los Jóvenes” toda vez que buscaba dirección para mi vida

Después de leer de alguno de sus libros debía correr a la Biblia para leer de las mismas páginas sagradas aquellos pasajes que ella explicaba con tanta profundidad y riqueza espiritual. Se hicieron muy reales para mí las palabras de Elena cuando dijo que sus escritos son una “luz menor” que nos guía a la “luz mayor,” es decir: la Biblia. Esta “luz menor” nunca hubiera sido necesaria—según su decir—si los hombres hubieran sido sinceros y persistentes en el estudio de la Palabra de Dios. Pero fue la mucha escoria de las ideas humanas, amontonadas por los profesos creyentes sobre el texto sagrado, lo que hizo necesaria una ayuda inspirada adicional para el estudiante sincero de la Palabra en estos días de tanta confusión doctrinal.

Cuando conocí el mensaje adventista en el año 1964, en mi ciudad natal. Asistiendo y estudiando la Biblia, tuve curiosidad por saber quién era Elena de White. Oía que se la mencionaba en las predicaciones y en las pláticas de los miembros de iglesia como si se tratara de alguien importante. Le pregunté por ella al pastor de la iglesia, y él me respondió: “Fue una hermana prominente en los comienzos de nuestra iglesia, que fue muy bendecida con importantes revelaciones de Dios para Su pueblo. Usted puede leer sus escritos por usted mismo.”

Yo nunca necesité de sesudos estudios bíblicos ni de controversia alguna para entender de qué se trataba. La simple lectura de cualquiera de sus escritos me dejaba ver en ellos una autoridad, una profundidad, una sinceridad y una armonía tan perfecta con las Escrituras que desde el primer momento pude ver la obra del Espíritu de Dios en ellos. Desde entonces han pasado cuarenta y siete largos y difíciles años en los cuales mi fe fue probada de toda forma posible. Pero nada pudo moverme de aquella primera convicción. Sus escritos siguen conmoviendo mi corazón con un amor y una autoridad que de nadie pueden venir sino de Dios.

Quizá esta convicción tan pronta, llana y duradera me hace difícil entender la mentalidad de los que atribuyen estos escritos a Satanás. Es verdad que algunos hermanos tuvieron que luchar contra prejuicios muy arraigados antes de poder aceptar la inspiración de Elena de White. Pero la verdad, por su propio poder, finalmente se impuso en ellos. Para mí fue siempre algo obvio desde el mismo principio.

En el Internet, tanto como en la página impresa, he leído toda clase de ataques contra Elena de White. También he sido atacado personalmente a causa de mi confianza en sus escritos. Tal como ocurrió en los comienzos de su ministerio profético, de lo cual ella misma nos da un doloroso informe, hoy en día hay hombres que en sabiduría y piedad no le llegan ni a los talones, pero que tienen el atrevimiento de levantar el dedo acusador para señalarla como mentirosa, paranoica, plagiaria, apóstol de Satanás, lobo vestido de cordero, etc.

Los tales, para ser consecuentes, no deberían comer cereales en el desayuno. Empresas como Kellog y Post le deben sus comienzos. Los copos de maíz y los cereales inflados fueron creados por el Dr. Kellog en seguimiento de la Reforma Pro Salud iniciada por Elena de White. Tampoco deberían atenderse en centros de vida sana ni en sanatorios u hospitales adventistas, ya que en ellos se siguen los consejos de Elena White. Si sus consejos provienen de Satanás, ellos estarían así poniendo en grave riesgo su vida y su salvación.

Leyendo y oyendo sus ataques me quedo pensando: “¿Ha leído este hombre algún libro de Elena para que hable así? ¿Tiene algún conocimiento real de lo que ella enseñó por inspiración divina o sólo repite como un loro lo que oyó decir a otros? Encuentro otros que parecen haber leído algo. Estos citan los pasajes de sus libros recortados del contexto y con una interpretación caprichosa. Si algo les resulta difícil de entender o contradictorio: ¿No sería más sabio de su parte buscar alguna persona versada en esos escritos y preguntarle acerca de lo que le ofrece duda? ¿O sólo leen los libros con el premeditado fin de hallar fallas con que justificar su posición y no quieren que nadie disipe las dudas que tratan de crear en otros? Cualquiera que lea la Palabra de Dios buscando dudas, por cierto las hallará. Su propia imaginación no santificada lo engañará. “Nadie puede llamar a Jesús Señor sino por el Espíritu Santo. Así también nadie puede ver a Dios en los escritos de Elena sin la presencia del Espíritu.

Hace unos diez años fui invitado por una hermana de iglesia a entrar en diálogo con un creyente evangélico de España a través del Internet. Este hombre reaccionaba violentamente contra la idea de un profeta en estos tiempos. “Sus escritos contienen errores—me decía—los cuales son prueba de su falta de inspiración.”

Al parecer este hombre creía en la inspiración verbal de las Escrituras, haciendo a Dios responsable de cada palabra escrita por el profeta. Le pregunté: “Si usted rechaza los escritos de Elena de White porque cree haber encontrado aquí y allá lo que usted ve como errores, ¿cómo entonces puede creer en la Biblia? ¿Dónde estaba Jesús al mediodía del viernes de la crucifixión, en el Gólgota, después de tres horas de haber sido crucificado y cuando se hicieron tinieblas en toda la tierra, o conversando con Pilato, en el Pretorio? (Compárense los relatos de los evangelios de Mateo, Marcos y Lucas con el de Juan.) ¿Cuántos eran los endemoniados gadarenos, uno o dos? Y así le mencioné algunas otras cosas por el estilo. Jamás me dio respuesta.

Dios no dictó las palabras al profeta una por una. Inspiró su corazón y movió su voluntad y el profeta se expresó con sus propias palabras bajo la guía del Espíritu. Pero el lenguaje humano es un cántaro demasiado pequeño para contener el inmenso mar de la sabiduría de Dios. Por esa razón el Señor usa de parábolas y metáforas para hacernos entender lo eterno por medio de lo temporal y hasta donde podemos recibir su verdad. La Palabra de Dios lleva el molde de Cristo. Así como él era Dios en la carne humana, su Palabra es el pensamiento divino llevado en el frágil vehículo del lenguaje humano. O dicho de otra manera: El pensamiento de Dios es perfecto, pero se expresa mediante un lenguaje imperfecto.

En la Biblia hay misterios que nunca podremos explicar, porque no caben en nuestra inteligencia. ¿Son estos misterios, por ventura, una prueba de que la Biblia no es inspirada? O dándole una vuelta completa al pensamiento: ¿Podríamos considerar la Biblia como la Palabra del Dios eterno si no hubiera en ella misterios que desafiaran nuestro entendimiento? Y si halláramos misterios en los escritos de Elena, presentaríamos esos misterios como prueba de falsedad?

Ningún profeta reclamó para sí el título de “Infalible.” Se reconocían pecadores y lentos para entender las palabras del Altísimo. Léase la oración del profeta Daniel en el capitulo 9 de su libro. Tampoco Elena se consideró infalible. Admitía que podía cometer errores. Pero todo profeta era fiel en transmitir el mensaje de Dios. En ello el Espíritu los ayudaba. Y si algún error humano se les escapaba, sólo se trataba de asuntos sin importancia, que no guardaban relación con el mensaje de Dios. Los profetas seguían siendo seres humanos hijos de Adán después de su llamado, y, por lo tanto, cometían errores como cualquier hijo de vecino.

Ahora bien, los enemigos de afuera no me preocupan tanto como los enemigos de adentro. Son muchos de los que aseveran creer en sus escritos los que desfiguran su carácter frente al mundo al usarlos de manera indebida. Hay quienes los usan como un martillo para golpear con ellos en la cabeza y la conciencia de otros hermanos. Como los fariseos de antaño atan pesadas cargas sobre los hombros de los hombres y ellos no quieren moverlos ni con un dedo. Representan a Elena como un ogro resuelto a quitar la felicidad de todos los corazones. Y esta es la impresión que llega a otros cristianos.

Otros demuestran tanta devoción por sus escritos que llegan a descuidar el estudio de la Biblia. Con esto pervierten el objetivo de los escritos como una “luz menor” que nos guía a “la luz mayor” y representan la luz menor como si fuera la mayor. Esta inconsecuencia da armas al Enemigo para alejar a la gente esos valiosos escritos.

Otros toman textos de sus cartas que fueron escritas a personas determinadas con problemas especiales y tratan de aplicarlos a toda la iglesia y a personas que no están en la situación de aquellas. Con esto crean confusión en almas sencillas y sinceras y dejan una impresión negativa hacia los escritos, especialmente entre los jóvenes.

Mi querido amigo que lees estas líneas, si aún no los conoces, te invito a dejar de lado los prejuicios y a llegarte a los escritos de Elena de White con corazón sencillo, sincero y abierto al Espíritu de Dios. Si temes que vas a ser engañado lee tu Biblia y ora con fervor antes de comenzar a leerlos. Y deja que el Espíritu, que no engaña, te vaya llevando paso a paso a la verdad.

¿Te gustaría leer algo de Elena de White ahora mismo? Copio a continuación el primer capítulo del libro “El Deseado de todas las Gentes.” Si luego deseas leer más, escríbeme y te enviaré el texto completo. También puedes visitar el sitio: http://www.jovenes-cristianos.com entre muchos otros, donde hallarás “El Deseado de Todas las gentes” y muchos libros más de Elena de White para descargar.

El Señor te bendiga.

El Deseado de todas las Gentes

Por Elena de White

CAPÍTULO 1

“Dios con Nosotros” *


“Y SERÁ llamado su nombre Emmanuel; . . . Dios con nosotros.”* “La luz
del conocimiento de la gloria de Dios,” se ve “en el rostro de
Jesucristo.” Desde los días de la eternidad, el Señor Jesucristo era uno
con el Padre; era “la imagen de Dios,” la imagen de su grandeza y
majestad, “el resplandor de su gloria.” Vino a nuestro mundo para
manifestar esta gloria. Vino a esta tierra obscurecida por el pecado
para revelar la luz del amor de Dios, para ser “Dios con nosotros.” Por
lo tanto, fue profetizado de él: “Y será llamado su nombre Emmanuel.”

Al venir a morar con nosotros, Jesús iba a revelar a Dios tanto a los
hombres como a los ángeles. El era la Palabra de Dios: el pensamiento de
Dios hecho audible. En su oración por sus discípulos, dice: “Yo les he
manifestado tu nombre”- “misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y
grande en benignidad y verdad, “-“para que el amor con que me has amado,
esté en ellos, y yo en ellos.” Pero no sólo para sus hijos nacidos en la
tierra fue dada esta revelación. Nuestro pequeño mundo es un libro de
texto para el universo. El maravilloso y misericordioso propósito de
Dios, el misterio del amor redentor, es el tema en el cual “desean
mirar los ángeles,” y será su estudio a través de los siglos sin fin.

Tanto los redimidos como los seres que nunca cayeron hallarán en la cruz
de Cristo su ciencia y su canción. Se verá que la gloria que resplandece
en el rostro de Jesús es la gloria del amor abnegado. A la luz del
Calvario, se verá que la ley del renunciamiento por amor es la ley de la
vida para la tierra y el cielo; que el amor que “no busca lo suyo” tiene
su fuente en el corazón de Dios; y que en el Manso y Humilde se
manifiesta el carácter de Aquel que mora en la luz inaccesible al
hombre.

Al principio, Dios se revelaba en todas las obras de la creación. Fue
Cristo quien extendió los cielos y echó los cimientos de la tierra. Fue
su mano la que colgó los mundos en el espacio, y modeló las flores
del campo. El “asienta las montañas con su fortaleza,” “suyo es el mar,
pues que él lo hizo.”* Fue él quien llenó la tierra de hermosura y el
aire con cantos. Y sobre todas las cosas de la tierra, del aire y el
cielo, escribió el mensaje del amor del Padre.

Aunque el pecado ha estropeado la obra perfecta de Dios, esa escritura
permanece. Aun ahora todas las cosas creadas declaran la gloria de su
excelencia. Fuera del egoísta corazón humano, no hay nada que viva para
sí. No hay ningún pájaro que surca el aire, ningún animal que se mueve
en el suelo, que no sirva a alguna otra vida. No hay siquiera una hoja
del bosque, ni una humilde brizna de hierba que no tenga su utilidad.

Cada árbol, arbusto y hoja emite ese elemento de vida, sin el cual no
podrían sostenerse ni el hombre ni los animales; y el hombre y el
animal, a su vez, sirven a la vida del árbol y del arbusto y de la hoja.
Las flores exhalan fragancia y ostentan su belleza para beneficio del
mundo. El sol derrama su luz para alegrar mil mundos. El océano, origen
de todos nuestros manantiales y fuentes, recibe las corrientes de todas
las tierras, pero recibe para dar. Las neblinas que ascienden de su
seno, riegan la tierra, para que produzca y florezca.

Los ángeles de gloria hallan su gozo en dar, dar amor y cuidado
incansable a las almas que están caídas y destituidas de santidad. Los
seres celestiales desean ganar el corazón de los hombres; traen a este
obscuro mundo luz de los atrios celestiales; por un ministerio amable y
paciente, obran sobre el espíritu humano, para poner a los perdidos en
una comunión con Cristo aun más íntima que la que ellos mismos pueden
conocer.

Pero apartándonos de todas las representaciones menores, contemplamos a
Dios en Jesús. Mirando a Jesús, vemos que la gloria de nuestro Dios
consiste en dar. “Nada hago de mí mismo,” dijo Cristo; “me envió el
Padre viviente, y yo vivo por el Padre.” “No busco mi gloria,” sino la
gloria del que me envió.* En estas palabras se presenta el gran
principio que es la ley de la vida para el universo. Cristo recibió
todas las cosas de Dios, pero las recibió para darlas. Así también en
los atrios celestiales, en su ministerio en favor de todos los seres
creados, por medio del Hijo amado fluye a todos la vida del Padre; por
13 medio del Hijo vuelve, en alabanza y gozoso servicio, como una marea
de amor, a la gran Fuente de todo. Y así, por medio de Cristo, se
completa el circuito de beneficencia, que representa el carácter del
gran Dador, la ley de la vida.

Esta ley fue quebrantada en el cielo mismo. El pecado tuvo su origen en
el egoísmo. Lucifer, el querubín protector, deseó ser el primero en el
cielo. Trató de dominar a los seres celestiales, apartándolos de su
Creador, y granjearse su homenaje. Para ello, representó falsamente a
Dios, atribuyéndole el deseo de ensalzarse. Trató de investir al amante
Creador con sus propias malas características. Así engañó a los ángeles.
Así sedujo a los hombres. Los indujo a dudar de la palabra de Dios, y a
desconfiar de su bondad. Por cuanto Dios es un Dios de justicia y
terrible majestad, Satanás los indujo a considerarle como severo e
inexorable. Así consiguió que se uniesen con él en su rebelión contra
Dios, y la noche de la desgracia se asentó sobre el mundo.

La tierra quedó obscura porque se comprendió mal a Dios. A fin de que
pudiesen iluminarse las lóbregas sombras, a fin de que el mundo pudiera
ser traído de nuevo a Dios, había que quebrantar el engañoso poder de
Satanás. Esto no podía hacerse por la fuerza. El ejercicio de la fuerza
es contrario a los principios del gobierno de Dios; él desea tan sólo el
servicio de amor; y el amor no puede ser exigido; no puede ser obtenido
por la fuerza o la autoridad. El amor se despierta únicamente por el
amor. El conocer a Dios es amarle; su carácter debe ser manifestado en
contraste con el carácter de Satanás. En todo el universo había un solo
ser que podía realizar esta obra. Únicamente Aquel que conocía la altura
y la profundidad del amor de Dios, podía darlo a conocer. Sobre la
obscura noche del mundo, debía nacer el Sol de justicia, “trayendo salud
eterna en sus alas.”*

El plan de nuestra redención no fue una reflexión ulterior, formulada
después de la caída de Adán. Fue una revelación “del misterio que por
tiempos eternos fue guardado en silencio.”* Fue una manifestación de los
principios que desde edades eternas habían sido el fundamento del trono
de Dios. Desde el principio, Dios y Cristo sabían de la apostasía de
Satanás y de la caída del hombre seducido por el apóstata. Dios no
ordenó que el pecado existiese, sino que previó su existencia, e hizo
provisión para hacer frente a la terrible emergencia. Tan grande fue su
amor por el mundo, que se comprometió a dar a su Hijo unigénito “para
que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.”*
Lucifer había dicho: “Sobre las estrellas de Dios ensalzaré mi trono, .
. . seré semejante al Altísimo.”* Pero Cristo, “existiendo en forma de
Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que debía aferrarse;
sino que se desprendió de ella, tomando antes la forma de un siervo,
siendo hecho en semejanza de los hombres.”*

Este fue un sacrificio voluntario. Jesús podría haber permanecido al
lado del Padre. Podría haber conservado la gloria del cielo, y el
homenaje de los ángeles. Pero prefirió devolver el cetro a las manos del
Padre, y bajar del trono del universo, a fin de traer luz a los que
estaban en tinieblas, y vida a los que perecían.

Hace casi dos mil años, se oyó en el cielo una voz de significado
misterioso que, partiendo del trono de Dios, decía: “He aquí yo vengo.”
“Sacrificio y ofrenda, no los quisiste; empero un cuerpo me has
preparado…. He aquí yo vengo (en el rollo del libro está escrito de
mí), para hacer, oh Dios, tu voluntad.”* En estas palabras se anunció el
cumplimiento del propósito que había estado oculto desde las edades
eternas. Cristo estaba por visitar nuestro mundo, y encarnarse. El dice:
“Un cuerpo me has preparado.” Si hubiese aparecido con la gloria que
tenía con el Padre antes que el mundo fuese, no podríamos haber
soportado la luz de su presencia. A fin de que pudiésemos contemplarla y
no ser destruidos, la manifestación de su gloria fue velada. Su
divinidad fue cubierta de humanidad, la gloria invisible tomó forma
humana visible.

Este gran propósito había sido anunciado por medio de figuras y
símbolos. La zarza ardiente, en la cual Cristo apareció a Moisés,
revelaba a Dios. El símbolo elegido para representar a la Divinidad era
una humilde planta que no tenía atractivos aparentes. Pero encerraba al
Infinito. El Dios que es todo misericordia velaba su gloria en una
figura muy humilde, a fin de que Moisés pudiese mirarla y sobrevivir.
Así también en la columna de nube de día y la columna de fuego de noche,
Dios se comunicaba con Israel, les revelaba su voluntad a los
hombres, y les impartía su gracia. La gloria de Dios estaba suavizada, y
velada su majestad, a fin de que la débil visión de los hombres finitos
pudiese contemplarla. Así Cristo había de venir en “el cuerpo de nuestra
bajeza,”* “hecho semejante a los hombres.” A los ojos del mundo, no
poseía hermosura que lo hiciese desear; sin embargo era Dios encarnado,
la luz del cielo y de la tierra. Su gloria estaba velada, su grandeza y
majestad ocultas, a fin de que pudiese acercarse a los hombres
entristecidos y tentados.

Dios ordenó a Moisés respecto a Israel: “Hacerme han un santuario, y yo
habitaré entre ellos,”* y moraba en el santuario en medio de su pueblo.
Durante todas sus penosas peregrinaciones en el desierto, estuvo con
ellos el símbolo de su presencia. Así Cristo levantó su tabernáculo en
medio de nuestro campamento humano. Hincó su tienda al lado de la tienda
de los hombres, a fin de morar entre nosotros y familiarizarnos con su
vida y carácter divinos. “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre
nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno
de gracia y de verdad.’*

Desde que Jesús vino a morar con nosotros, sabemos que Dios conoce
nuestras pruebas y simpatiza con nuestros pesares. Cada hijo e hija de
Adán puede comprender que nuestro Creador es el amigo de los pecadores.
Porque en toda doctrina de gracia, toda promesa de gozo, todo acto de
amor, toda atracción divina presentada en la vida del Salvador en la
tierra, vemos a “Dios con nosotros.”

Satanás representa la divina ley de amor como una ley de egoísmo.
Declara que nos es imposible obedecer sus preceptos. Imputa al Creador
la caída de nuestros primeros padres, con toda la miseria que ha
provocado, e induce a los hombres a considerar a Dios como autor del
pecado, del sufrimiento y de la muerte. Jesús había de desenmascarar
este engaño. Como uno de nosotros, había de dar un ejemplo de
obediencia. Para esto tomó sobre sí nuestra naturaleza, y pasó por
nuestras vicisitudes. “Por lo cual convenía que en todo fuese semejado a
sus hermanos.” Si tuviésemos que soportar algo que Jesús no soportó, en
este detalle Satanás representaría el poder de Dios como insuficiente
para nosotros. Por lo tanto, Jesús fue “tentado en todo punto, así
como nosotros.”* Soportó toda prueba a la cual estemos sujetos. Y no
ejerció en favor suyo poder alguno que no nos sea ofrecido
generosamente. Como hombre, hizo frente a la tentación, y venció en la
fuerza que Dios le daba. El dice: “Me complazco en hacer tu voluntad, oh
Dios mío, y tu ley está en medio de mi corazón.”* Mientras andaba
haciendo bien y sanando a todos los afligidos de Satanás, demostró
claramente a los hombres el carácter de la ley de Dios y la naturaleza
de su servicio. Su vida testifica que para nosotros también es posible
obedecer la ley de Dios.

Por su humanidad, Cristo tocaba a la humanidad; por su divinidad, se
asía del trono de Dios. Como Hijo del hombre, nos dio un ejemplo de
obediencia; como Hijo de Dios, nos imparte poder para obedecer. Fue
Cristo quien habló a Moisés desde la zarza del monte Horeb diciendo: “YO
SOY EL QUE SOY…. Así dirás a los hijos de Israel: YO SOY me ha enviado
a vosotros.’* Tal era la garantía de la liberación de Israel. Asimismo
cuando vino “en semejanza de los hombres,” se declaró el YO SOY. El Niño
de Belén, el manso y humilde Salvador, es Dios, “manifestado en carne.’*
Y a nosotros nos dice: ” ‘YO SOY el buen pastor.” “YO SOY el pan vivo.”
“YO SOY el camino, y la verdad, y la vida.” “Toda potestad me es dada
en el cielo y en la tierra.” * ” YO SOY la seguridad de toda promesa.”
“YO SOY; no tengáis miedo.'” “Dios con nosotros” es la seguridad de
nuestra liberación del pecado, la garantía de nuestro poder para
obedecer la ley del cielo.

Al condescender a tomar sobre sí la humanidad, Cristo reveló un carácter
opuesto al carácter de Satanás. Pero se rebajó aun más en la senda de la
humillación. “Hallado en la condición como hombre, se humilló a sí
mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”* Así como el
sumo sacerdote ponía a un lado sus magníficas ropas pontificias, y
oficiaba en la ropa blanca de lino del sacerdote común, así también
Cristo tomó forma de siervo, y ofreció sacrificio, siendo él mismo a la
vez el sacerdote y la víctima. “El herido fue por nuestras rebeliones,
molido por nuestros pecados: el castigo de nuestra paz sobre él.”*

Cristo fue tratado como nosotros n merecemos a fin de que nosotros
pudiésemos ser tratados como él merece. Fue condenado por nuestros
pecados, en los que no había participado, a fin de que nosotros
pudiésemos ser justificados por su justicia, en la cual no habíamos
participado. El sufrió la muerte nuestra, a fin de que pudiésemos
recibir la vida suya. “Por su llaga fuimos nosotros curados.”
* por su vida y su
muerte, Cristo logró aun más que restaurar lo que el pecado había
arruinado. Era el propósito de Satanás conseguir una eterna separación
entre Dios y el hombre; pero en Cristo llegamos a estar más íntimamente
unidos a Dios que si nunca hubiésemos pecado. Al tomar nuestra
naturaleza, el Salvador se vinculó con la humanidad por un vínculo que
nunca se ha de romper. A través de las edades eternas, queda ligado con
nosotros. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo
unigénito.” * Lo dio no sólo para que llevase nuestros pecados y muriese
como sacrificio nuestro; lo dio a la especie caída. Para asegurarnos los
beneficios de su inmutable consejo de paz, Dios dio a su Hijo unigénito
para que llegase a ser miembro de la familia humana, y retuviese para
siempre su naturaleza humana. Tal es la garantía de que Dios cumplirá su
promesa. “Un niño nos es nacido, hijo nos es dado; y el principado sobre
su hombro.” Dios adoptó la naturaleza humana en la persona de su Hijo, y
la llevó al más alto cielo. Es “el Hijo del hombre” quien comparte el
trono del universo. Es “el Hijo del hombre ” cuyo nombre será llamado:
“Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz.”* El
YO SOY es el Mediador entre Dios y la humanidad, que pone su mano sobre
ambos. El que es “santo, inocente, limpio, apartado de los pecadores,”
no se avergüenza de llamarnos hermanos.* En Cristo, la familia de la
tierra y la familia del cielo están ligadas. Cristo glorificado es
nuestro hermano. El cielo está incorporado en la humanidad, y la
humanidad, envuelta en el seno del Amor Infinito.

Acerca de su pueblo, Dios dice: “Serán como piedras de una diadema,
relumbrando sobre su tierra. ¡Porque cuán grande es su bondad! ¡y cuán
grande es su hermosura!”* La exaltación de los redimidos será un
testimonio eterno de la misericordia de Dios. “En los siglos venideros,”
él revelará “la soberana riqueza de su gracia, en su bondad para con
nosotros en Jesucristo.” “A fin de que . . . sea dado a conocer a las
potestades y a las autoridades en las regiones celestiales, la
multiforme sabiduría de Dios, de conformidad con el propósito eterno que
se había propuesto en Cristo Jesús, Señor nuestro.” *
Por medio de la obra redentora de Cristo, el gobierno de Dios queda
justificado. El Omnipotente es dado a conocer como el Dios de amor. Las
acusaciones de Satanás quedan refutadas y su carácter desenmascarado. La
rebelión no podrá nunca volverse a levantar. El pecado no podrá nunca
volver a entrar en el universo. A través de las edades eternas, todos
estarán seguros contra la apostasía. Por el sacrificio abnegado del
amor, los habitantes de la tierra y del cielo quedarán ligados a su
Creador con vínculos de unión indisoluble.

La obra de la redención estará completa. Donde el pecado abundó,
sobreabundó la gracia de Dios. La tierra misma, el campo que Satanás
reclama como suyo, ha de quedar no sólo redimida sino exaltada. Nuestro
pequeño mundo, que es bajo la maldición del pecado la única mancha
obscura de su gloriosa creación, será honrado por encima de todos los
demás mundos en el universo de Dios. Aquí, donde el Hijo de Dios habitó
en forma humana; donde el Rey de gloria vivió, sufrió y murió; aquí,
cuando renueve todas las cosas, estará el tabernáculo de Dios con los
hombres, “morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios
será su Dios con ellos.” Y a través de las edades sin fin, mientras los
redimidos anden en la luz del Señor, le alabarán por su Don inefable:
Emmanuel; “Dios con nosotros.”

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