La Razón y la Fe

Frecuentemente me encuentro con personas que quieren negar la fe por medio de la razón. No se dan cuenta de que están tratando de establecer relaciones entre dos cosas que no se corresponden.
La razón humana tiene un límite más allá de cual no puede ir.
La fe nace allí donde la razón termina.
El problema no está en la fe, sino en el mal uso de la razón.
La razón, para ser razonable tiene que entender dos puntos fundamentales:
1.- Que el alcance de la razón es limitado. No va más allá de lo que puede verse o palparse o de alguna manera percibirse.
2. Que más allá de su alcance hay cosas que no puede advertir ni definir y cuya existencia no puede negar ni afirmar.
 
Nadie puede probar la existencia de Dios ni tampoco negarla. 
Lo que se ve nos hace pensar que existe alguien o algo más allá que ha puesto en el universo el orden que existe.
Los hombres pueden ver cabalmente que la razón de todo lo que existe no está al alcance de su mano.
Afirmar la existencia de Dios no es ciencia, por cuanto la ciencia se basa en la observación de fenómenos o realidades visibles; palpables y repetibles y a Dios nadie lo puede poner en un tubo de ensayo ni pesarlo ni medirlo.
Tampoco es ciencia negar la existencia de Dios, porque nadie puede trascender los límites de la razón humana para ver qué hay más allá y descubrir que Dios no está por ninguna parte.
Ante la cuestión de la existencia o no de Dios la ciencia y la razón humanas son totalmente impotentes y por lo tanto deben callar.
 
La Fe
A Dios se lo recibe únicamente por la fe, por cuanto su existencia trasciende el alcance de la mente humana.
La fe es de naturaleza absolutamente trascendente y va más allá de los límites del hombre.
No conozco definición de la fe más completa y acertada que la que da San Pablo en la carta a los Hebreos 11.1
“Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”.
 
Certeza de lo que se espera: Doy por cierto que lo que Dios anuncia se cumplirá aunque se trate de algo que jamás ha sucedido hasta aquí.
Convicción de lo que no se ve: Estoy convencido de la existencia de algo que por estar más allá de mis sentidos naturales., no puedo ver,
 
Contenido de la fe 
¿Cómo puedo estar cierto y convencido de algo que aún no ocurrió o que está más allá del alcance de mis sentidos humanos?
¿En qué debo tener fe? ¿Cómo sé que no estoy creyendo en una mentira?
La respuesta es: La verdad conlleva su propia evidencia.  Es como un axioma: algo tan evidente que no necesita prueba. No es necesario demostrar que la verdad es verdad. Cristo jamás se tomó ese trabajo. El presentaba la verdad sin titubeos y la gente le creía.
Desgraciadamente las religiones de este mundo no están basadas en la verdad. No son más que extrapolaciones de la razón que trata de ir más allá de sus límites, yendo de lo visible a lo invisible y termina formando dioses a la semejanza humana: monstruos que no son más que proyecciones de las pasiones degradadas de los hombres.
 
El Dios que se Revela a sí Mismo
Pregunto: ¿Es correcta la idea de que existe un Dios creador del universo, que está más allá del alcance humano y que desea revelarse a los hombres?
Llamamos a esto la “Revelación Divina”. ¿Podemos negar la posibilidad de que Dios se comunique con los seres humanos? ¿Qué argumentos habría para negarla? ¿Qué argumentos habría para afirmarla?
No existen argumentos de la razón ni de la ciencia para negarla o para afirmarla.
Pero si esa revelación existe debe llevar su propia evidencia para que creamos.
La Biblia nos dice claramente que Dios se reveló a los hombres en la persona de Jesucristo:
San Juan 1:18  “A Dios nadie lo ha visto jamás;
el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre,
él lo ha dado a conocer”.
Y así llegamos al punto clave de la fe. La revelación de Dios no es una filosofía ni una doctrina, no es una estatua ni un libro, sino una persona: Jesús.
Jesús, el Hijo Único de Dios ha venido a este mundo como hombre para mostrarnos a Dios de una manera en que podamos percibirlo.
La justicia y el amor de Dios revelados en Cristo son verdades tan obvias que no pueden negarse. No hay ser humano que, al llegar ante la presencia de Cristo, no sienta en su corazón el toque de un poder más que humano y la evidencia de una justicia y un amor inefables.
Frente a esto quedan sólo dos caminos: creer en El o no creer en El. Aceptarlo o rechazarlo.
El que lo acepta irá viendo evidencia tras evidencia en afirmación de la verdad en la que ha creído.
El que lo rechaza irá fabricando y acumulando argumento tras argumento para negarlo.
¿Por qué unos aceptan y otros rechazan?
Por medio de Cristo la Palabra de Dios llega a todos los corazones:
Hebreos 4:12  “La palabra de Dios es viva, eficaz y más cortante que toda espada de dos filos: penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón”.
La espada de la verdad llega al corazón de todos, buenos y malos.
Discierne los pensamientos y las intenciones íntimas.
Al verse como Dios lo ve, el pecador sincero reconoce su rebelión y su culpa y se acerca a Dios en busca de perdón y restauración.
Penosamente, algunos (la mayoría) se ofenden al verse desnudados por la Palabra de Dios y puestos en vergonzosa evidencia ante sí mismos y se rebelan. Aman sus vicios y sus pecados más que la verdad y no quieren dejarlos. Se apartan de Jesús y no quieren oír más de él. Luego procuran ahogar la convicción provocada por la Palabra de Dios y para ello se valen de toda clase de argumentos supuestamente científicos y lógicos para autoengañarse y adormecer así sus conciencias.
Benditos los que reciben la Palabra de Dios en la persona de Jesús y se humillan ante el Todopoderoso.