Mediocridad Inoperante Activa

(Lo que sigue es un relato que presenté en un círculo pastoral de correo electrónico. Pueden leerse luego las respuestas del Dr. Mario Pereyra, sicólogo.)

Pedrito Boanerges estaba comenzando su carrera ministerial. Creía que tenía que ser eficiente y que la eficiencia consistía en hacer muchas cosas que pudieran reportarse en el informe mensual.

Era un derroche de energía. Corría como una ardilla de aquí para allá. Subía y bajaba. Los sábados durante la hora de la Escuela Sabática andaba de un miembro de iglesia a otro con un bolígrafo y un papelito donde anotaba cosas y tachaba cosas. Durante las reuniones sociales, mientras conversaba con un hermano recorría con la vista a todos los asistentes. Tan pronto daba con algún rostro especial, cortaba abruptamente la conversación con el Hno. A para correr al Hno. B. Y así hacía durante toda la reunión y también en las reuniones de obreros. Parecía muy interesado en convencer a todos los demás, que era un hombre muy ocupado.

Lo invitaron a tener unas palabras de despedida en ocasión de la sepultura de un buen hermano recién fallecido. Salió tan rápidamente y con tantas cosas que hacer “en la pasada” que se le olvidó llevar la dirección del cementerio. Pero, un hombre como él no volvería atrás. No tenía tiempo que perder. Usaría de su memoria prodigiosa y de su ingenio veloz y llegaría de todos modos.

Salió de la ruta principal hacia un camino rural. El cementerio estaba en el campo. Torció a la derecha, luego volteó a la izquierda. . . “Sí, sí–se dijo—por aquí es.” El cementerio no aparecía. Subió por aquí, bajó por allá, giró a la izquierda, a la derecha. . . De pronto vio a la distancia a unos hombres cavando una fosa. “Allí es”—se dijo con satisfacción. Se puso a un extremo de la fosa, sacó su Biblia y se puso a predicar. La gente que estaba por allí cerca se fue arrimando y formaron un grupo como de unas 20 personas. Pedrito Boanerges predicó y predicó. Finalmente hizo un llamado al que algunos respondieron con la sorpresa pintada en el rostro.

Saltó sobre su automóvil y desapareció del lugar envuelto en una nube de polvo. La gente no atinaba a decir palabra. Finalmente, uno de los hombres allí reunidos tragó saliva y dijo: “Hace veinte años que trabajo en obras sanitarias y nunca he visto cosa semejante.”

¿Algo le faltaba a Pedrito, no te parece? Si se te ofreciera la oportunidad de ayudarlo, ¿qué consejo le darías?

(Respuesta del Dr. Mario Pereyra.)

A Pedrito no hay que darle ningún consejo, porque las personas como él
no piden consejos (están muy ocupados como para ir a un consejero,
además de que no consideran que necesitan ir a un consejero) y un
consejo dado a quien no lo pide es como tirarle perlas a los cerdos.
Si hipotéticamente pidiera un consejo, tampoco sería conveniente
dárselo, porque no lo llevaría a la práctica. El cambio de la
personalidad no se logra con un consejo, por más que pueda llegar a
apreciarlo. Pedrito necesitaría una terapia, probablemente prolongada,
con un terapeuta de mucha experiencia. Aún así tengo dudas del éxito
de la terapia. Entonces, ¿Pedrito jamás podría cambiar? Es posible que
eso ocurra, si se diese un cambio, Pedrito tendría que sufrir algunas
experiencias desagradables, como el caso del hijo pródigo, que cuando
tocó fondo, entonces “volvió en sí” y partir de allí el cambio fue
posible.

Mario Pereyra

(A continuación mi respuesta a la carta del Dr. Pereyra.)

Muchas gracias, Mario, por tus observaciones tan precisas y al punto.
Me duele el corazón sólo de pensar que en nuestra obra hay algunos Pedritos Boanerges. Me ha tocado sufrir mucho de ellos por mi condición lenta y muchas veces carente de energía. Además he visto con mis ojos cómo estos Pedritos hacían la vida miserable a santos varones de Dios, sólo porque ellos no podían marchar al compás de su tamborcito.

También me da pena la cortedad de vista de hermanos y pastores que ven a estos Pedritos como maravillas del poder de Dios y los elevan a cargos directivos, desde donde pueden amargar la vida de muchos hombres que valen mucho más que ellos.

Hombres como este no dependen de Dios sino de sí mismos. Tienen un yo muy grande. Su obra tiene el efecto de rebajar la norma de la piedad y reducir la obra del Dios Eterno al miserable nivel de las ambiciones humanas. El ministerio de ellos, si acaso puede llamarse ministerio, hace que lo santo y divino sea manejado como un objeto común, que la reverencia se pierda y se desvanezca todo sentido de la presencia de Dios.

No es posible combatirlos con armas humanas. Son muy hábiles en el manejo de las influencias humanas y maestros de intrigas. Sólo una cosa resta por hacer: buscar al Señor de todo corazón y dejar que El se encargue de estos casos. Así como Judas salió del aposento alto en un momento de íntima comunión entre Jesús y sus discípulos, y salió para traicionar a Jesús, así saldrán estos.

Busquemos más a Jesús. Los Judas no podrán soportar la autoridad de Uno que dio su vida para salvarnos y saldrán para ser nuestros enemigos. Así mostrarán sus verdaderos colores.

(Respuesta del Dr. Pereyra.)

Me parece que usted está describiendo lo que se conoce como “Síndrome
MIA”, Mediocridad Inoperante Activa. Es un trastorno de carácter que
afecta a ciertos individuos, que ha sido descripto muy bien por el
autor español González de Rivera.

El individuo afecto de MIA desarrolla fácilmente una gran actividad,
inoperante, por supuesto, acompañada de un gran deseo de notoriedad y
de control e influencia sobre los demás, que puede revestir de tintes
casi mesiánicos. El MIA tiende a infiltrar organizaciones complejas,
particularmente aquéllas que ya están afectadas por algunas de las
formas menores del síndrome. Fácilmente puede llegar a encapsularse en
pequeños grupos o comités que no producen nada, pero que se asignan
funciones de ‘seguimiento y control’ que les permite entorpecer o
aniquilar el avance de individuos brillantes y realmente creativos. El
MIA que tiene algún poder en puestos burocráticos tiende a generar
grandes cantidades de trabajo innecesario, que activamente impone a
los demás, destruyendo así su tiempo, o bien intenta introducir todo
tipo de regulaciones y obstáculos destinados a dificultar las
actividades realmente creativas. Por otra parte, el Mediocre
Inoperante Activo es particularmente proclive a la envidia, y sufre
ante el bien y el progreso ajenos. Mientras que las formas menores de
este síndrome presentan simplemente incapacidad para valorar la
excelencia, el MIA procura además destruirla por todos los medios a su
alcance, desarrollando sofisticados sistemas de persecución y
entorpecimiento. Nunca reconocerá, por ejemplo, los méritos que un
individuo brillante realmente reúne para lograr un premio o posición,
sino que atribuirá todo éxito ajeno a relaciones con personas
influyentes o injusticias del sistema. De la misma manera, fácilmente
callará cualquier información que permita valoraciones positivas sobre
otros, mientras que amplificará y esparcirá todo rumor o dato equívoco
que invite a la desvaloración y desprestigio de esas mismas personas.

Ciertamente son personas perjudiciales para las organizaciones y, por
supuesto, en mayor medida a la organización y misión de la Iglesia.
Dios nos libre de tales patologías.

Un abrazo. Muchas bendiciones.

Mario Pereyra

(Mi respuesta)

Tenía algunos Pedritos en mente al escribir esa descripción. Unos ya murieron, otros están jubilados y otros fueron despedidos de la obra. Sé muy poco de los Pedritos de esta nueva generación. En mi país se los solía llamar “la línea dura.” Pero puedo libremente imaginar que tal como ayer, hoy también debe haber más de uno por allí, en las organizaciones de la iglesia. Yo sufrí mucho de gente de ese tipo por mis condiciones limitadas. Pero hombres de gran valor y energía, llenos de amor, verdaderos siervos de Dios, han tenido que derramar lágrimas amargas–los he visto–por causa de estos caballeros.

La descripción que haces de este síndrome no podría ser más coincidente con lo que he visto y sufrido. Qué pena me da ver que este síndrome patológico sea tenido por algunos indoctos y superficiales como una virtud digna de ser imitada. Que esta pseudo virtud se la enseñe en algunas asambleas de obreros como la inspiración y el método a seguir. Que se diga de Pedrito: “El muchacho se mueve.”

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