La Depresión Vista por un Depresivo

La depresión no es tan grave como los juicios crueles de los que es hecho objeto el depresivo y los remedios “espirituales” y “naturales” con que algunos cristianos tratan de ayudarlo.

Conozco la depresión por experiencia. Esta enfermedad ensombreció gran parte de mi niñez, mi juventud y mi edad adulta. No soy médico ni psiquiatra, de modo que no hablaré con la autoridad de un profesional en la materia. Pero sí me referiré a hechos concretos, testimonios personales y muchos padecimientos innecesarios que tuve que sufrir hasta dar con la mentalidad correcta frente al problema y con los remedios modernos que tanto me ayudaron a superar aquella tan difícil situación.

Tengo ya 67 años y estoy retirado del servicio activo como pastor de iglesia. Sufrí de estados depresivos periódicos desde mi niñez hasta pasados los 50 años. Esta condición hizo que mi lucha por la vida, por servir en mi ministerio y por criar una familia de cuatro hijos fuera mucho más dura de lo normal. Probé toda clase de consejos. Algunos me ayudaron y otros no. Adopté toda clase de actitudes espirituales personales frente al problema. Unas me ayudaron, y otras me hundieron más en la depresión.

Lo que expreso a continuación es una combinación de lo que oí con lo que experimenté en mi propia vida y que probó ser cierto. Un resumen del conocimiento que verdaderamente me sacó del problema.

¿Qué es la Depresión?

La depresión es una condición desfavorable de la mente que afecta a la persona entera: mental y físicamente. Se presenta como un aletargamiento del pensamiento, la incapacidad de resolver problemas, una marcada falta de voluntad, una pérdida de energía mental y física, la impresión de que la vida se le fuera escurriendo a uno como el agua de un cántaro rajado, un marcado pesimismo. Esto se traduce en angustia, al ver uno que se va quedando atrás en la carrera de la vida y que sus sueños se van perdiendo en la distancia sin poder apresurar el paso para alcanzarlos. La persona afectada comienza a descuidar su aspecto personal, su higiene, su alimentación, sus compromisos. Toda la persona es como un edificio que se está viniendo abajo y no hay manera de tenerlo en pie. El enfermo va perdiendo su estima propia al verse más inútil cada día.

Origen de la Depresión

La depresión se origina a partir de dos tipos de factores fundamentales: los factores internos y los factores externos.

Los factores internos pueden ser muchos y requeriríamos la ayuda de un hombre de ciencia para detallarlos. En lo que toca a nuestro propósito en este artículo, diremos sencillamente que hay personas que son más propensas que otras a la depresión. Esta condición es hereditaria y puede agravarse cuando aparecen otras condiciones patológicas en el cuerpo. Estos factores internos crean en la persona una condición de fragilidad, de baja resistencia frente a los problemas propios de la vida. La energía mental y emocional se consume prematuramente y la persona cae en estados como el que he descripto anteriormente. La depresión no debe confundirse con la tristeza, el dolor, el sufrimiento intenso provocado por alguna grave pérdida. Una persona puede estar sufriendo mucho sin por eso estar deprimida. El tiempo pasa, la persona halla consuelo de su pérdida, y todo el problema desaparece. El depresivo puede estar en el fondo del pozo depresivo sin haber tenido una pérdida grave que le produzca intenso sufrimiento.

En mi caso personal pude notar estos factores internos con claridad como independientes de lo que ocurre afuera. Se me presentaban en forma cíclica, sin que hubiera alguna razón especial que justificara su acción. Algo dentro de mi ser iba y venía, como un péndulo, llevándome de un estado de bienestar y energía a otro de depresión sin que mediara algún hecho fuera de lo común que justificara tales cambios en mi ánimo.

Los factores externos, son los acontecimientos del diario vivir. El exceso de estrés, debido al ritmo acelerado de la vida, la coincidencia de eventos graves que producen gran dolor, el temor de un futuro amenazador que origina ansiedad sostenida día tras día, son factores externos que, al actuar sobre una mente predispuesta por factores internos desfavorables conducen seguramente a la depresión.

Es diferente para cada persona

La depresión se produce cuando los factores externos han sobrecargado de tal manera la mente frágil de la persona predispuesta, que las aguas han desbordado el cántaro de su mente y le han hecho perder el control de sus emociones y pensamientos.

Muchas personas se curan de la depresión con sólo cambiar de trabajo, o abandonar una carrera de estudios o mudarse al campo, o cualquier cambio que signifique una reducción de la carga emocional, de modo que ésta se mantenga dentro de los límites que la persona puede sobrellevar.

Si fuera posible que cada persona buscara una manera de vida que entre dentro de sus posibilidades, quizá no habría depresivos, o serían muy pocos. Dicho de otra manera, la depresión viene porque se obliga a la mente a llevar una carga emocional más grande que la que puede soportar.

Lamentablemente esta opción no es fácil en todos los casos. Es fácil para mí ahora, cuando estoy jubilado; no tengo jefes a los que responder; tarjetas que marcar al entrar y salir del trabajo; que puedo quedarme una hora más en cama de mañana si lo deseo y que no tengo una familia que mantener, ya que todos mis hijos están casados y ellos se procuran su propio sustento.

Pero cuando era joven la cosa era muy diferente. Tenía cuatro niños delante de mí que necesitaban comida, vestido, calzado, educación. . . Y no me era fácil cambiar de trabajo. Las tensiones y trabajos de la vida desbordaban mi capacidad y me deprimía, pero, de alguna manera, tenía que sacar fuerzas de flaqueza, poner en juego toda la poca voluntad que tenía y salir a pelear un día más. Aquellos fueron días muy difíciles. Era común que, a fines de año, tuviera dificultades para caminar debido a los fuertes dolores musculares en mis piernas debido al exceso de tensión durante el año y unas jaquecas que no se aliviaban con nada.

Recuerdo que cada mes de enero, en Argentina, tenía un mes de vacaciones. Las esperaba como el sediento espera el agua. La primera semana de vacaciones pasaba durmiendo casi todo el día, con fuertes dolores en las piernas y una jaqueca continua. Volvía renovado de las vacaciones y comenzaba con entusiasmo mi trabajo. Pero llegando junio ya la depresión me echaba sus garras las que apretaba más y más hasta las próximas vacaciones. Vivía de vacación en vacación. De no haber sido por ese descanso providencial, mi caso hubiera sido muy grave.

Buenos hallazgos

Ahora bien, veamos lo que fui hallando a lo largo del camino que fue de ayuda para mí y también lo que obró en mi perjicio.

Conocí al Señor en 1964 a la edad de 21 años. La fe en el Señor me trajo paz, al saber que mis pecados eran perdonados y que había para mí una esperanza celestial. La fe, sin duda alguna, fue un alivio enorme de la carga externa. El aprender a dejar mis problemas en las manos de un Dios misericordioso y sabio me trajo paz mental, redujo drásticamente el afán de mi vida. Puedo decir, por experiencia, que la fe fue para mí un factor positivo en alto grado.

También aprendí a vivir saludablemente. Dejé de comer carnes que la Biblia señala como inmundas y a poner en práctica muchos buenos consejos que encontré en los libros de Elena White. Todo esto fue bueno, redundó en mejor salud y una propensión menor a la depresión.

Cuando sentí muy dentro de mí el llamado de Dios al servicio, sin titubear dejé mi trabajo en una fábrica de tractores, como dibujante proyectista, abandoné mis estudios de ingeniería y me fui al seminario a estudiar teología. Por cierto yo no sabía lo que me esperaba. El ambiente del seminario, con sus reglas y programas y sus cursos que envolvían muchas horas de lectura, me golpeó muy duramente. No estaba habituado a un ambiente así. A esto se sumó el colportage, una actividad que demanda muchísimo de la fuerza emocional del que la ejerce. Debía colportar (esto es, vender libros cristianos y Biblias de casa en casa.) cada verano para pagarme los estudios y como parte de mi formación como ministro. No tenía mucho para elegir.

La depresión volvió a echarme las garras. Pronto me di cuenta de que me había metido en algo que no era para mí. Pensé en regresar a casa, pero había algo dentro de mí que no me dejaba dar marcha atrás. Debía seguir adelante. Felizmente me casé y tuve mi hogar. La calma e intimidad del hogar, la venida de mi primer hijo, Daniel y de mi primera hija, Lucy, trajeron alegría a mi corazón. Ya no estaba en el internado lleno de ruido de chiquillos, timbres y horarios. Tuve la dicha de casarme con una excelente cocinera vegetariana que cuidó de mi salud hasta el día de hoy, por más de 41 años, y a quien le debo, por ese hecho, el estar vivo todavía.

Mis años en el ministerio fueron duros. Debía llevar una carga emocional muy superior a mis fuerzas reales. Tuve que avanzar por fe, con mucha oración y quejas y suspiros a cada paso. Mi producción como pastor, en términos de campañas evangelizadoras y número de personas bautizadas por año era bajo. Llegué a ser “preocupación” para algunos dirigentes. Me vi en situaciones penosísimas cuyo solo recuerdo me hace doler el corazón.

En medio de todas estas vicisitudes me aferré a Dios y vencí obstáculos formidables por la fe en El. Profesionales han dicho, respecto de esto, que es admirable que haya llegado a la edad que tengo, en buena salud, sin haber perdido la razón o haber muerto de un ataque cardíaco. A través de todas estas pruebas aprendí a confiar en el Señor, a amarle muy profundamente, a comprender más que muchos otros el significado de la vida y la pasión de Nuestro Señor. Aprendí también a amar a la gente a pesar de todo.

La fe me ayudó a sobrellevar la depresión, me dio las fuerzas para soportar con esperanza esos estados, pero no me los quitó totalmente. Lo mismo puedo decir de la alimentación privilegiada que comí durante años y de la ayuda eventual de vitaminas y minerales. En cierta ocasión me hizo mucho bien tomar jalea real mezclada con polen de abejas y jugo de naranja. En aquel momento obró como un poderoso revitalizante.

Todos estos recursos espirituales y alimentarios fueron buenos. El seguir un tipo de vida de comunión con Dios y con la naturaleza fue de gran valor para mí. Pero la depresión estaba siempre allí. Más controlada, más sobrellevable, pero todavía dándome malos ratos.

Por aquel entonces, hace algo más de 10 años, comenté este asunto con mi médico de familia. Me prescribió una medicina antidepresiva que debía tomar cada mañana. El efecto de esa medicina fue maravilloso, me sentí animado y dispuesto como nunca antes en mi vida. Esta condición perduró por unos tres o cuatro años. Lamentablemente podía notar que el efecto benéfico del medicamento iba disminuyendo con el tiempo.

Ya siendo pastor en otra ciudad, y a raíz de condiciones externas desfavorables, aquel medicamento demostró no tener ya efecto. Visité a un psiquiatra del lugar quien me ayudó psicológicamente y me prescribió otro medicamento más moderno y efectivo. El resultado fue una mejora instantánea que se reflejó en una mayor capacidad de trabajo y un ánimo más optimista.

Sigo por cierto confiando en el Señor y viviendo en armonía con su Creación. Pero también sigo tomando aquel medicamento. Desde entonces hasta ahora la dosis ha ido disminuyendo. Con todo queda una dosis mínima de la cual no puedo bajar. Todos los intentos que he hecho de reducir la dosis me fueron llevando de regreso por el camino viejo y tuve que volver a esa dosis mínima.

Los depresivos no son todos iguales, ni un medicamento tiene el mismo efecto en todos. Por esta razón prefiero no decir el nombre del medicamento. El prescribirlo es tarea de un profesional y yo no quiero opinar sobre esa materia.

Hace sólo unos cuatro años, un estudio sobre mi modo de dormir de noche reveló un problema serio que nunca había sido visto antes. Al caer en sueño profundo se me cierran las vías respiratorias impidiéndome respirar. En inglés llaman a este mal “Sleep Apnea”, o sea falta de aire al dormir. Esto provoca una señal de alarma en el cuerpo que me despierta parcialmente para que respire impidiéndome el sueño profundo continuo con dos lamentables consecuencias: falta de oxígeno en el cerebro y falta de un apropiado descanso. Comencé a usar durante las noches una máquinita que me ayuda a respirar. La diferencia en mi disposición y ánimo durante el día fue notable. Este problema de respiración nocturna es un ejemplo de cómo otras disfunciones del cuerpo, fuera del cerebro, pueden agravar el problema de la depresión. La máquina no cura mi problema, pero ayuda a mi naturaleza a funcionar mejor.

Conclusión: La depresión es el resultado de muchos factores, unos internos, otros externos. No dudo de la capacidad de Dios de hacer milagros y de resucitar muertos, si esa es su voluntad. Pero el Señor quiere que aprendamos lecciones de nuestras debilidades. No es su voluntad sanar milagrosamente a todo el mundo. El apóstol Pablo fue instrumento de sanidad para muchos, pero él mismo nunca fue sanado del problema que lo afligía, si bien había rogado a Dios con gran anhelo e insistencia.

Conforme a la manera común de actuar de la Providencia, la fe es una gran ayuda contra la depresión. De hecho, algunos casos leves sanan sólo por la fe en el poder de Dios. Pero cuando existen factores internos fuertes, los recursos espirituales, por fervorosos y sinceros que sean, no son suficientes. Para estos casos, el mismo Dios que nos ha dado los recursos espirituales, nos ha dado también las medicinas, que son de gran ayuda. Para recurrir a esto hay que seguir los consejos de un profesional acreditado. Tanto la fe como la medicina provienen de un mismo Dios y son canales de su Gracia.

Malos consejeros

¡Cuidado con los malos consejeros! Siempre andan por allí unos buenos hermanos, tan bien intencionados como ignorantes, que te dirán: ¡Deja ya esas drogas, eso es veneno, sólo confía en la Gracia de Cristo y se te pasará todo! Pobres hermanos, ellos creen que están exaltando a Cristo y no saben que están matando a su hermano. He visto mucho daño ocasionado por estos hermanos. Sus palabras son más venenosas de lo que pudieran ser las drogas. He visto a muchos sinceros cristianos que sufren depresión caer en este engaño seductor y verse en condiciones miserables—cuando no fatales, hasta que vuelven al médico y retornan a sus medicamentos.

Lo triste del caso es que este mismo argumento de la Gracia se oye en boca de pastores y de evangelistas de fama mundial y aun de algunos médicos. ¡Si supieran el daño que hacen arrojando de ese modo a esas pobres almas sufridas al pozo de la desesperación!

Otros vienen al depresivo con el tema del PECADO. Dicen: “Hermano, hermano, deje sus MALOS CAMINOS y entréguese al Señor. Sin duda usted tiene sentimientos de culpa que lo atormentan.” Otros, que no tienen el valor de ir y decírselo de frente al enfermo, lo chismean por detrás: “Lo que pasa es que este hermano tiene PECADOS OCULTOS.” Y así echan a rodar una bola que tarde o temprano llega al pobre hermano enfermo y lo hunde más en su problema.

Suele aparecer por allí también aquel bien intencionado hermano de iglesia, o anciano, o pastor que cree que debe estudiar la Biblia con el hermano deprimido y viene a visitarlo con un estudio bíblico muy bien planeado y dispuesto a orar largamente con el enfermo. Piensa que la Palabra de Dios tiene poder, y que, leída con oración, será el mejor remedio. Los triste del caso es que las cosas no son así. El enfermo tiene su mente sobrecargada y debilitada por una lucha interior que no le da tregua ni por un segundo, y no tiene la capacidad de entender lo que se lee, ni aún la energía para poner atención. Su esfuerzo por atender a la Palabra de Dios consumirá las pocas fuerzas que tiene y, al irse su “ayudador” quedará en una condición más miserable que antes de recibir su visita. Hay otro peligro adicional, y muy frecuente: que entienda mal la Palabra de Dios y se sienta más condenado y perdido que antes. Es triste decirlo, pero algunas veces estas buenas intenciones del “ayudador” terminan con el suicidio del paciente.

Lo mismo puede decirse de los consejeros demasiado positivos. Llegan al deprimido con expresiones tales como: “¡Vamos hombre, arriba ese ánimo. Ven, levántate y salgamos a pasear y a charlar con los amigos, verás cómo te sentirás mejor!” Sí, es posible que parezca sentirse mejor al salir y charlar con otros. Pero, una vez más, sus escasas energías se consumirán en el intento y al regreso del paseo caerá en un pozo aún más hondo de depresión. Y las consecuencias de esta caída pueden ser fatales.

Otros vienen con el tema de la dieta natural: “Hermana, usted come mal, por eso le suceden estas cosas, siga una dieta natural (vegetariana, vegan, crudívora, naturista, etc. etc.), deje de comer carne (y huevos y leche) y luego me dirá si hay diferencia o no. Estos consejos suenan muy bien, y parecieran estar en un todo de acuerdo con las enseñanzas de nuestra iglesia en esa materia. Pero adolecen de un defecto fatal. Hacen de la dieta natural una panacea, cuando no lo es. La dieta natural es muy buena. Si yo vivo hasta hoy, es por la dieta natural que mi esposa presentó delante de mí por más de cuarenta años. No dudo de los beneficios de la dieta natural. Pero ninguna dieta natural puede restaurar por completo lo que es una falla de la naturaleza.

Recuerdo los bebés que nacían sin brazos o sin piernas por los efectos de una droga llamada Talidomida que solía prescribirse a las mujeres embarazadas. Pregunto: ¿Podría alguna dieta natural restaurar como nueva una pierna o un brazo faltante? Por cierto que no. Eso escapa a los alcances de cualquier dieta. Así también, muchos depresivos hemos nacido con fallas semejantes a las provocadas por la Talidomida, sólo que, por ser de naturaleza cerebral, microscópica y por estar encerradas en la caja craneana no pueden notarse a simple vista como se notaría la falta de un brazo. Pero la falla es tan real como la falta de un miembro, sólo que no se ve.

Alguno dirá: “Los medicamentos tampoco podrían darle una pierna al que nació sin ella.” Por cierto que no. Pero la medicina ha inventado ayudas muy buenas con el correr de los siglos. Esto es: los bastones; las muletas; los andadores; las sillas de ruedas; las piernas y brazos ortopédicos y muchas ayudas más. Estas ayudas no “curan” el problema, pero permiten a la persona impedida moverse de uno a otro lugar y realizar muchas tareas y alcanzar objetivos que serían imposibles sin tales invenciones.

Así también los medicamentos no curan ni reparan los fallos de la naturaleza en el cerebro dañado. De hecho, su efecto desaparece si el paciente deja de tomarlos. Pero actúan como “muletas” y “bastones” para ciertos sistemas cerebrales que sin ellos estarían postrados, pero que con su ayuda pueden caminar. Así como las muletas no transforman a un cojo en un hombre con sus dos piernas, pero le ayudan a andar, también los medicamentos no curan al depresivo, pero le ayudan a funcionar de una manera aceptable. El cojo será siempre cojo y nunca podrá hacer algunas cosas que hacen los que tienen buenas piernas, pero su vida será mucho más útil y feliz con la ayuda de las muletas. Así también el que tiene una tendencia hereditaria o congénita a la depresión, siempre será una persona propensa a deprimirse. Las drogas no le resolverán el problema hereditario o congénito que padece. Pero tendrán un notable efecto sobre los síntomas indeseables de su problema poniendo su mente en condiciones mucho mejores para desempeñarse. Así como el cojo siempre tendrá limitaciones, aun usando muletas, el depresivo por fallos internos siempre tendrá también limitaciones. Se sentirá mucho mejor, tendrá mejor ánimo, pero deberá recordar que su naturaleza mental tiene un punto frágil. Habrá cosas que nunca podrá hacer por caer más allá de sus limitaciones. Pero ciertamente podrá llenar su vida de actividades e iniciativas, dentro de sus límites, que darán sentido a su existencia y abundante gozo.

El depresivo severo

Lo primero que hay que brindarle al que está en un ESTADO DE DEPRESION SEVERO es un cuarto oscuro, fresco y silencioso donde pueda estar acostado o reclinado dejando que su mente sobrecargada encuentre un poco de reposo. Nada de ruidos ni de luz. La televisión deberá apagarse. No habrá música en la radio ni en el pasadiscos. Si los niños hacen mucho ruido con sus juegos habrá que llevarlos a otro lugar. Nadie estará entrando y saliendo del cuarto a cada momento. La conversación de los adultos deberá suprimirse celosamente. Ninguna visita será recibida en la casa, y mucho menos en el cuarto del paciente. No hay que llevarle problemas ni exigirle respuestas. Sólo hay que dejarlo tranquilo. No habrá que dejar a su alcance armas de ningún tipo, ni cuchillos, ni objeto alguno con el que el enfermo pudiera intentar suicidarse. Si hay asuntos importantes y urgentes que requieren su atención, habrá que ponerlos en lista de espera sin tomar en cuenta las consecuencias. Que reviente por allí lo que tenga que reventar. Lo más importante en este caso es rescatar al depresivo severo de lo que podría tener un desenlace fatal.

Y junto con esto debe darse al enfermo la seguridad de que se lo ama, de que hay siempre alguien velando por él, que no está solo en su padecimiento, aun cuando no se habla con él ni una palabra más de lo estrictamente necesario y todo se mantiene en silencio. La presencia silenciosa de un ser amado: esposa, esposo, madre, que sea capaz de pasarse dos o tres horas sentado a cierta distancia del paciente, pero sin hablar, podría ser de gran ayuda. Esta actitud de amor silencioso y profundo será la mejor presentación que se le pueda hacer de la Palabra de Dios y una ayuda de valor inestimable. Entretanto hay que correr a conseguir una cita de urgencia con un profesional competente. No hay tiempo que perder. En estos casos la prontitud y la diligencia pueden salvar una vida.

Esperanza para los depresivos

La única esperanza que tenemos los que hemos nacido con factores internos que nos hacen vulnerables a la depresión es buscar lo mejor en los tres factores fundamentales: Fe en Dios, el Dios de la Biblia; Dieta y estilo de vida naturales y un medicamento apropiado prescripto por un especialista competente.

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9 pensamientos en “La Depresión Vista por un Depresivo

  1. Gracias por escribir esto, a mis 24 años, me e sentido de esa misma manera muchas veces, y aunque en ocasiones desaparecen no hay mes que no reaparezca, lo peor de todo es que no me había dado cuenta que la tenía hasta que me pasaron cosas aún mas terribles que terminaron por hacer darme cuenta de mi realidad tras un dolor terriblemente intenso que hasta hoy pega en mi pecho cada ves que lo recuerdo (la disolución de lo que una vez fue la familia que había formado).
    Hoy no se exactamente que es lo que me pasa, solo se que tengo mucho miedo de muchas cosas, y una profunda decepción conmigo misma de no saber que quiero o que es mejor para mi, estos últimos días he llegado a confirmarme de que en realidad no se de lo que soy capaz, o es que realmente no soy capaz de lograr nunca nada, porque por todo lo que me esfuerzo nunca, enserio 😥 nunca me sale bien, que decepción conmigo misma, porque después de decidir, de intentarlo, de animarme a hacer aquello que pienso que me hará bien, no pasa nada y dejo de intentarlo y me siento culpable. Llegando ya a no querer intentar nada de lo que yo quisiera, y eso me pone triste, es como que no debería soñar, porque nada se hará realidad. Lo siento.
    Su articulo igual me hizo ver algo que no me había dado cuenta, de la “sobrecarga” que ud. menciona, ya había escuchado decir que yo tenía mucho peso, pero nunca lo tome de esa manera, solo en cuanto a que era mamá soltera, dueña de casa, estudiante universitaria, tener el orgullo de toda mi familia sobre mi, y yo, yo sintiéndome por dentro culpable por no poder aprovechar a mi hija como debería, aveces he pensado en dejar la U y trabajar para no perder tiempo estudiando al llegar a casa (que por cierto tampoco rindo por como me siento) pero como le dije tengo mucho miedo y no se que es lo mejor para mi, estoy agotada y cansada de mi, si no es el tiempo que me falta por las tantas cosas que tengo que hacer, son mis pensamientos, miedos y el sentirme mal, que me consumen el tiempo que tengo para aprovecharlo. En definitiva, siento que por más que quiero gozar felizmente la vida junto a mi hija, no puedo por alguna u otra razón, en donde yo misma soy obstáculo, y que aveces tan solo aveces tengo de esas pequeñas probadas de sensación de alegría pasajera.

    Espero que algún día todo esto acabe y saber lo que quiero para lograr estar feliz y en paz la mayor parte del tiempo, y no sentirme sin razón de estar aquí.

    Una vez más agradezco mucho su artículo, en especial eso de los “Malos consejeros”, me ayudará mucho en esto, en lo que una vez más comenzaré con mi recuperación como debe ser.
    Que tenga un lindo día, mis saludos.

  2. Me siento muy identificada con este articulo,y lo mas acertado y sincero de lo que escucho todo los dias.Para colmo siento que tambien dia a dia pierdo y ahora en gran proporcion la fe que tenia.Tengo una hija de ocho años y dos varones adolescentes,y mi esposo que vive desesperado siempre por mi situacion,y a raiz de esto me lleva a todos lados buscando que me hagan liberacion.Tambien hago muchos trabajos en la iglesia en donde me congrego,pero me siento obligada a poner mis pocas energias alli,por que sino me dicen que si dejo todo me va a ir peor y yo cada dia me siento mas mal tambien por esto.En fin soy patricia y tengo 48 años de los cual los ultimos 20 años tengo esta depresion que para mi se hizo cronica,por que no le encuentro sentido a la vida y siento que soy un estorbo para los que me rodean y soy muy poco util. Perdon por tanto pesimismo,pero es asi como me siento la mayor parte del tiempo.Gracias a dios que usted encontro la salida correcta,ojala mi esposo buscara informacion y viera este articulo,por lo pronto tratare de retener y trabajar en su teoria de los tres factores fundamentales.Dios lo bendiga por usarlo a usted con este articulo!!!

    • Muy estimada Patricia:

      Puedo simpatizar con tu pesar y tu permanente tribulación. Es muy duro, lo sé. Y no puedes esperar que los otros te comprendan si no han sufrido lo que tú sufres.

      Me alegra saber que has entendido y aceptado el triple fundamento de la salud.

      Hoy quiero referirme a la parte física. Mente y cuerpo son una misma cosa. Las malfunciones del cuerpo afectan la mente y las malfunciones de la mente afecta el cuerpo. Esto lo sé por experiencia.

      Muchas veces padecemos males que ignoramos. Ni los doctores se dan cuenta de ellos por cuanto pueden ser males poco frecuentes y no están familiarizados con ellos.

      Como ejemplo de estos males escondidos te mencionaré dos: La anoxia nocturna (no sé cómo se dice en español. En inglés se dice “Sleep Apnea”, es decir, falta de oxígeno durante el sueño). Y el otro mal es la alergia al trigo en sus diversos grados: Intolerancia al trigo, Intolerancia al gluten del trigo, el centeno y la cebada y la celiaquía que es una intolerancia grave al gluten.

      Yo padecí depresión y falta de energía por años y años desde mi niñez. Hace unos ocho o nueve años mi hija Lucy, notó que la respiración se me cortaba al dormir recostado en el sillón de la sala. Me sugirió que viera a un especialista en trastornos del sueño. Tuve que ir a una clínica a dormir una noche con una cantidad de cables conectados por todo el cuerpo. Y se determinó que yo tenía anoxia nocturna (o como se llame). Me prescribieron una maquinita que ayuda a respirar, es decir, por medio de una máscara produce una leve presión en los pulmones que impide que las vías respiratorias colapsen y se cierren, lo cual es la causa del ronquido de la anoxia. Tan pronto comencé a usar esa maquinita al ir a dormir, me sentí diferente. Me levantaba descansado y fresco por la mañana. Era para mí como el comienzo de una nueva vida. Tenía más energía para el trabajo y una disposición de ánimo mucho mejor.

      Con el paso de los años volví a sentirme mal. Como que la anoxia no era todo. Aún quedaba algo por resolver. Dos de mis hijas: Lucy y Ely sufrían de severa intolerancia al gluten. Mi hija menor, Cecilia, es dietóloga y me dijo que muy bien yo podría tener el mismo mal de ellas, que es hereditario. De modo que un buen día, por mí y ante mí decidí dejar de comer trigo, centeno y cebada. Se produjo en mí un cambio increíble. De la noche a la mañana comencé a sentirme mejor y mejor cada día y, a pesar de mi edad (72 años) la energía se me ha aumentado notablemente y mi ánimo se ha tornado optimista, vivaz y activo. Estoy en medio de ese milagro en este tiempo. Le doy gracias a Dios por haber guiado las cosas de manera tan asombrosa.

      Soy un panadero de alma. Lo puedes ver en mi otro sitio pannaturalysaludable.com . Hago panes que admiran a cuantos los ven y los prueban, pero no puedo comerlos más, porque era justamente la abundante ingesta de pan lo que me enfermaba y deprimía.

      Te he mencionado estos dos males por cuanto los conozco por experiencia propia. Imagino que habrá otras disfunciones físicas que tienen efecto semejante sobre la depresión.

      Pero estos dos males míos son los más comunes. Y no necesitas ir al médico para saber si los tienes o no. Pide a tu esposo que te observe cuando duermes. Si parece que se te corta la respiración y de pronto inhalas una gran bocanada de aire, y al rato otra vez, puede ser que sufras de anoxia nocturna. Entonces ve al médico y pídele que te prescriba un estudio de la respiración durante el sueño.

      Prueba de no comer nada que contenga trigo, centeno y cebada por dos semana o tres para ver qué pasa. Si notas que te sientes mejor y tienes más energía y la mente más diáfana, puede ser que tengas intolerancia al trigo o al gluten o eres celíaca. Por cierto, existen otras intolerancias: al maní; al huevo; a los lácteos; a ciertas frutas o vegetales; etc. Si no hay cambios al dejar el trigo, el centeno y la cebada, prueba dejar temporariamente otros alimentos habituales por dos o tres semanas. Deja uno por vez. Luego vuelve a comerlo y deja otro, y así, hasta que descubras qué es lo que te está envenenando. Existen hoy en día sistemas de diagnóstico muy perfeccionados que por medio de un análisis de tu sangre pueden darte una larga lista de alimentos detallando los que toleras y los que no toleras. Mi hija Cecilia es experta en eso. Ahora bien: Cecilia vive en Canadá donde el tratamiento tiene un costo que podría se muy alto al cambio con el dinero argentino. Con todo pienso que ella podría orientarte un poco si tú así lo deseas. Si éste fuera el caso, por favor, házmelo saber.

      El trabajar en la iglesia puede ayudarte a salir un poco de ti misma y respirar aire nuevo. Y esto es bueno siempre que no acabe con tus pocas energías y quedes peor al final.

      El Señor te ayude. No tengas pena por escribirme. Estoy aquí para extenderte una mano por Gracia de Dios.

      Muchas bendiciones para los tuyos.

  3. Lei su articulo y si bien es cierto no sufro de este mal. Mi hermana mayor lo padece pero no en forma continua. Sus crisis de depresión son distantes. Ahora desde principios de enero esta en una crisis que es de las mas severas que ha sufrido
    Esta en tratamiento con neurólogo pero no ha tenido éxito. Sigue igual. Como hermana no se que mas puedo hacer. La lleve donde un homeópata tambien como alternativa pero sin que deje su tratamiento. Los médicos le aconsejan hacer actividad pero ella no quiere
    No puede dormir toma pastillas y no le hacen efecto. Ella esta concentrada en su problema y no hay otra cosa que le interese o de que hablar
    Con su experiencia podría aconsejarme algo?
    Gracias

    • Muy estimada Natalia:

      He leído con atención tu carta. Puedo comprender tu pena. Yo mismo tengo familiares muy cercanos que han padecido de este mal. El sentimiento de impotencia del que quiere ayudar y la frecuente falta de colaboración del que necesita ayuda acaban por desesperarlo a uno.

      En la respuesta que hace un par de semanas le envié a Patricia, la que aparece un poco más abajo, me refiero a algunos problemas fisiológicos que pueden ser causa de depresión al quitarle al paciente gran parte de su energía física y mental. Si no lo has hecho, te ruego leas esa respuesta que muy bien podría ayudarte.

      No puedo hablar con la autoridad de un médico por cuanto no lo soy, sólo puedo contarte mi experiencia y lo que vi en otras personas en mi tarea pastoral diaria y en mi vida familiar.

      Las intoxicaciones y las intolerancias alimentarias están a la orden del día. Recuerdo el caso de una dama depresiva que había llegado a perder todo interés en la vida y se veía muy cercana a la muerte. Algún alma de Dios notó que ella consumía una gran cantidad de cierta bebida “diet” endulzada con Aspartame y le hizo notar la barbaridad que estaba haciendo y la instó vivamente a dejar de tomar tal bebida. La mujer que se moría revivió y volvió a una total normalidad, entusiasta y llena de vida.

      Añadiré a lo que escribí a Patricia, que en estos tiempos de alimentos químicos y granos modificados genéticamente, las intolerancias alimentarias –algunas muy graves, como ocurre con algunos casos de intolerancia al maní o cacahuete, que llegan a ser mortales– están de gran moda en los estudios de los investigadores, pero son ignoradas por muchos profesionales de la medicina actual que no se toman el tiempo para ponerse al día. Yo he sido intolerante al trigo desde mi niñez, pero nunca llegué a saberlo hasta cumplir mis setenta y dos años. Dos de mis hijas fueran diagnosticadas con ese mal hereditario. De allí surgió la idea de que yo podría padecer de lo mismo. Un bien día dije: “No como más trigo ni gluten”, sin que mediara para esto médico alguno y “Voilá” de la noche a la mañana mi vida cambió de una manera tan dramática que apenas lo puedo creer.

      En general los hábitos en el comer y beber tienen una fuerte influencia en los estados depresivos. Lo que más se recomienda en una alimentación equilibrada basada en vegetales y libre de todo tipo de grasas y productos animales. Con todo, hay personas que son altamente intolerantes a alimentos reputados como sanos y beneficiosos para la salud.

      Existen recursos modernos que indican con gran precisión el grado de tolerancia de cada persona a una lista de como 150 diferentes productos alimenticios. Estos análisis suelen ser muy caros, según el país donde vives y puede ser que te veas impedida de acceder a ellos. Pero todavía queda el recurso de ir suprimiendo alimentos uno a la vez por espacio de unas dos o tres semanas. Si nada cambia con la supresión de cierto alimento, se lo reintegra a la dieta y se prueba con otro. Y así con el pasar del tiempo. Comoquiera es mucho mejor hacer el intento que no hacerlo en absoluto. Algunos son sensibles a los huevos, o a los tomates, o aún al colorante azul o rojo de ciertos alimentos.

      Toma una libreta y anota los alimentos que vas suprimiendo y el tiempo de la supresión juntamente con cualquier circunstancia que piensas que puede tener importancia. Si tienes acceso a un dietista calificado consúltalo. Procura leer publicaciones autorizadas al respecto. Hay mucho en Internet acerca de esto.

      Hay también factores emocionales que pueden ser la causa oculta de muchos estados depresivos. Viejos problemas que nunca se resolvieron; resentimientos y rencores que quizá no se ven a simple vista pero que están en lo profundo del ser haciendo su obra destructiva.

      Cada día se escriben más libros acerca del enorme valor terapéutico del perdón. Un tema de primera plana en nuestros días entre los psicólogos de mayor autoridad. En estos casos es necesaria la ayuda de un profesional acreditado que ayude a la persona a encontrar aquel viejo punto infectado y darle solución mediante el perdón y el olvido de la ofensa. La fe en el Evangelio de Nuestro Señor puede traer a una persona la energía y la decisión de perdonar viejos agravios y aun a perdonarse a sí misma por errores del pasado y llegar a tener paz en el alma. Esta paz es el principio de la verdadera sanidad.

      Una persona que tiene la mente clavada en un idea fija y no puede salir de allí necesita la ayuda de un profesional capacitado. Suele ocurrir que la idea fija no es el problema en sí, sino una manera astuta que usa la mente para enmascarar su verdadero problema y de tratar de sepultarlo en las profundidades de su subconsciente.

      En casos así, perdemos el tiempo tratando de ayudar a la persona así afectada a resolver su supuesto “problema”. El tal problema no existe en la realidad. Puede tratar de apoyarse en algún hecho corriente que puede verse, pero que es totalmente deformado por el paciente. Si tratas de hacérselo ver es muy posible que el paciente, al ver que se le quita el disfraz, se desespere y haga su mentira más grande.

      Una joven recién casada comenzó a tener serios problemas con su flamante marido respecto de las relaciones íntimas de la pareja. Trataba de justificar su actitud frígida culpando al esposo o a las circunstancias. Fueron a ver a un psicólogo de gran experiencia.

      Aquel viejo profesional le rogó que le hablara de su vida, su niñez, su hogar materno, sus preferencias personales, etc. La joven comenzó a contar alegremente toda su vida; habló de sus padres; de sus hermanos y hermanas, de su escuela, y muchas cosas más. El profesional invirtió horas en sucesivas entrevistas escuchándola y tomando nota de sus palabras.

      Revisando sus notas el psicólogo notó que la joven le había hablado con entusiasmo de todos los aspectos importantes de su vida y de todos sus seres amados. . . Es decir, de casi todos. Faltaba el abuelo materno, que raramente aparecía en sus relatos.

      Como quien no quiere la cosa le preguntó a la joven por ese abuelo ausente en sus relatos. Notó que ella perdía su tono alegre y se ponía nerviosa. Consistentemente ella trataba de esquivar el tema y salirse por la tangente. Como el consejero insistiera amablemente en que le hablara de ese abuelo, viendo que no podía escapar del tema aquella joven rompió a llorar con muy amarga angustia, al punto de no poder dominar su llanto.

      Finalmente ella sacó de su desván mental un viejo recuerdo que la atormentaba: Su “abuelito” solía sentarla sobre sus piernas y deslizaba un dedo dentro de su vagina de niña. Y esto era cosa de todos los días.

      La joven hablaba con amargo aborrecimiento de su abuelo y se veía a sí misma culpable por haber consentido con ello. Aquel psicólogo cristiano le presentó a Cristo, el que por amor a nosotros fue a la cruz a fin de poder perdonar nuestros pecados. Apelando a la fe de ella le dijo que, por amor a Cristo, ella debía perdonar a su abuelo y recibir el perdón que Jesús tenía preparado para ella misma por pura gracia.

      Ese fue el comienzo de un nuevo nacimiento para ella. Todo cambió en su mente y en su vida. Finalmente, llegó a ser la esposa amante y romántica que siempre había soñado ser.

      Muy estimada Natalia, espero de corazón que alguna de todas estas muchas palabras pueda ser de ayuda para ti en relación con el bienestar de tu querida hermana.

      No te desanimes. Confía en la ayuda de Dios. Ten paciencia. El Señor te dará la victoria y ella será librada de sus angustias.

  4. Hola Dios le bendiga, mi nombre es Carmen. He estado pasando por situaciones semejantes a las que describe en su testimonio, pero lo que ahorita embarga mi alma es encontrar una solución sé que Dios me ha sacado de muchas situaciones, pero que también nos provee de otras personas para salir adelante. Lo que aqueja es esa situación de querer llevar planes adelante y tener miedo para realizarlos, sentirme en ocasiones inútil, el ver que la alegría se ha borrado de mi rostro. Tengo 4 hijos (2 y 2), el más chico ya es de 17 años. Dios a sido bueno , el Dios de la Biblia me ha sostenido, pero creo que he llegado a un límite en dónde me faltan las fuerzas, quiero avanzar y como si estuviera sujeta a algo que no sé cómo superar.

    • Muy estimada Carmen:

      Puedo comprender lo que dices porque yo he pasado por lo mismo hasta no hace mucho. Me faltaban fuerzas y no tenía ánimo para hacer las cosas; mi mente estaba como nublada y aletargada, lenta. Recuerdo que cada día amanecía cansado como quien no ha dormido bien. Sólo pude salir adelante mediante una severa disciplina y un constante ir más allá de mis fuerzas.

      Habiendo pasado los sesenta años de edad, se encontró que sufría de Apnea nocturna. Esto es, cuando me dormía se me cerraban las vías respiratorias y no podía respirar. Me despertaba sobresaltado en busca de aire. Todo esto lo hacía medio dormido, de modo que a la mañana no recordaba nada. El médico me prescribió el uso de una maquinita con una máscara que me ayuda a respirar. Ahora podía dormir bien, sin sobresaltos, descansaba durante la noche y a la mañana me levantaba con ánimo y más energía.

      Unos pocos años después, descubrí que el comer pan y cereales con gluten no me sentaba bien. Se me hinchaba el vientre como a los que beben cerveza. Esto ocurrió sólo hace unos tres años. Al dejar de comer gluten mi mente se despejó notablemente, me llené de energía y buena disposición para hacer las tareas del día. Mi vida cambió como de la noche al día. Este año voy a cumplir 74 y me siento mejor que cuando era joven. Casi no lo puedo creer.

      Al leer tu carta puedo notar que eres una persona preparada e inteligente, al pan que creyente en Dios. Esto trabaja en tu favor. La fe te sostiene para seguir adelante sin desanimarte y promueve la salud de tu cuerpo y de tu mente. No dejes de buscar al Señor. En la fe está la base de todo.

      Permíteme añadir un par de cosas más que detallo en mi testimonio: Además de la fe, que es fundamental, debes asegurarte que cultivas hábido sanos de vida, tanto en el comer, como en el hacer ejercicios, en el control de tus pensamientos y en todo aspecto de la vida. La otra cosa es: consulta a tu médico por un lado y por otro lado infórmate acerca de enfermedades y malfunciones del organismo que podrían estar robándote la energía física y mental. Yo no puedo entender por qué las cosas fueron así en mi vida: pasar la mayor parte de mi existencia sufriendo y llorando sólo porque no sabía que padecía de Apnea Nocturna y de intolerancia al gluten. Si lo hubiera sabido en mi juventud mi vida habría sido otra en todo aspecto. Este es un misterio que dejo con Dios.

      Las tres bases fundamentales de la energía y la buena salud son: Fe en el poder divino; hábitos saludables de vida y control médico adecuado a find de identificar las falencias de nuestro organismo que nos llevan a tan penosa situación.

      No te desanimes. Cuando quieras puedes volver a escribirme.

      El Señor te bendiga.

  5. Estoy completamente identificado contigo, es una dura batalla que muchas veces siento que me vence.. también sufro de un mal dormir (apnea) y siento esa sensación de ansiedad me agota demasiado cada día, siempre estoy cansado, no me deja pensar y ver en que soy bueno relamente, de verdad uno siente que no sirve para nada. Hay veces que mi cuerpo y mente me exigen que debería dormir todo el día, pero no lo puedo hacer ya que no me entienden en casa. Hay muchas otras cosas que siento pero las reservare.
    Quiero deshacerme de este maldito sentimiento que no me deja vivir, no me deja sentir realmente porque todo lo apaga. Me gustaría escapar, pero lamentablemente no se puede. Lo intenté, pero aún sigo aquí.
    Solo sé que amo a mi familia y mi esposa e hijo son la luz…junto a mi madre padre y abuela y tia que me vieron crecer.
    Saludos a todos y espero Dios los pueda liberar y sean libres de mente, corazón y alma.

    • Muy estimado Arturo:

      Me alegra saber que no obstante lo que sufres tienes voluntad de luchar.
      Me dices que sufres de apnea, que no puedes respirar bien de noche. Eso lo agota a uno, no le permite descansar. Yo uso desde hace años una máquina que me ayuda a respirar de noche. Tengo que usarla siempre y llevarla conmigo donde vaya. Si tú no tienes una, ve a tu médico para que te prescriba una máquina y te haga los estudios necesarios. Es posible que la máquina te cueste mucho. Pero vale la pena hacer un sacrificio. La recompensa es grande. Es como si uno comenzara una vida nueva.

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