Dolor y Música

Amo la música desde mi más tierna edad. Y mi amor a la música estuvo siempre unido a la guitarra. Después de cientos y cientos de horas de escuchar música, de estudiar música y hasta de ejecutar alguna música sencilla en mi guitarra, siento que la música ha llegado a formar parte inseparable de mi vida. Me gusta la música renacentista, la barroca en especial y la clásica. Me gusta también el tango y el folclore de mi tierra y la música nativa de una diversidad de pueblos alrededor del mundo. Escucho con agrado aun la música de la India a pesar de estar compuesta en una escala tan diferente de la nuestra. La música es bella. Es un don de Dios.

Y he hallado que la música es triste, y con todo me ayuda a serenar el espíritu y a sobreponerme al estrés. También he visto que la música que llega al corazón y permanece en el tiempo es la que nace de la evocación, por parte del compositor, de algún período triste de su vida, de algún desgarrón de su alma sensible que llegó y pasó. Componer música y ejecutarla es una manera de compartir nuestro doloy el consuelo que viene luego. J. S. Bach compuso música bellísima. Pero a menudo su música evoca emociones muy tristes de su propia vida de humilde organista de iglesia y maestro de órgano y clave. Según algunos historiadores compuso la Chacona de la Partita para violín solo N° 2 BWV1004 al tiempo que se consolaba de la pérdida de su primera esposa María Bach. Escucho con frecuencia la Chacona en violín solo y en arreglo para guitarra. Cada uno de estos instrumentos le confiere diferentes matices. Hasta me he atrevido a tocar unos compases del comienzo en mi guitarra. El dramatismo es tan intenso por momentos que uno teme que algo vaya a estallar en el próximo compás. Pero el efecto final de esta obra es paz y consuelo.

Música bellísima, elevadora y al mismo tiempo intensamente triste. Hay música alegre, o que al menos se la considera así. Suele decirse que la música de Mozart es bella, alegre y un tanto frívola. He leído esta idea por allí más de una vez. Pero yo escucho a Mozart y percibo tras el alegre cascabeleo de las campanillas de su caballo, el rechinar de los ejes faltos de grasa y el duro golpe de las ruedas contra los adoquines del pavimento. Alguno dirá que no entiendo a Mozart. Con todo, puedo percibir en sus obras más vivaces y alegres las angustias de su alma a través de éxitos y derrotas, su postrera pobreza y su muerte temprana. La penúltima de sus sinfonias, la N° 40, en Sol menor está llena de dramatismo. De las 41 sinfonías que escribió, sólo ésta y la número 25 están en tono menor. Se nota en ella, con una intensidad especial, el mismo dramatismo presente también en sus obras menos dramáticas y que no todos perciben.

Imagínate que miras dos pinturas:En una aparece una familia feliz frente a una mesa cubierta de alimento. En la otra, un rico aburrido frente a una mesa regalada con todo tipo de manjares delicados. El rico, harto de todo, no se alegra cuando va a comer. Es un asunto que da por sentado. Ha llegado la hora de comer y hay que comer. Y come bastante. Se te hace evidente cuando ves su barriga de canónigo. Pero es cierto, no tiene nada que festejar ante una mesa bien provista. Se muestra ansioso y come para aliviar el estrés. Pero el pobre que ha venido pasando hambre por días y de pronto se ve ante una mesa servida no puede reprimir su alegría. Y entendemos mejor su gozo cuando vemos sus carnes enjutas: su mujer avejentada y sus hijos, que son más ojos y huesos que otra cosa. El contraste de las evidencias de un hambre ya sufrida con la posibilidad de comer bien otra vez es lo que te ayuda a entender la alegría del pobre y te alegras con él. Ya ves, en toda escena de regocijo hay una tristeza anterior donde el nuevo gozo se apoya.

Todos venimos a este mundo con una tristeza esencial, hereditaria y universal. Esto es lo que algunos llaman “angustia existencial” y que a mí me gusta más llamar “la nostalgia del edén perdido”. Esta angustia, esta nostalgia es parte de nuestro bagaje humano y estará con nosotros mientras vivamos. No hay manera de librarnos de ella en esta vida. Hombres y mujeres de fe sencilla hallan alivio confiando en la Misericordia de Dios. Pero la nostalgia de algo que nos falta estará irremediablemente allí hasta que volvamos a reunirnos con Dios. En la presencia del Señor no habrá ni angustia ni nostalgia. Todas estas cosas habrán pasado. En las cantatas de Bach hay belleza y gozo. El gozo del pródigo que es recibido por su padre con beso y abrazo cuando él mismo está vestido de harapos y oliendo a puerco. Pero luego viene la fiesta; los invitados y la música. Y el pródigo está ahora vestido de gala, con calzado en sus pies y un anillo de oro en su mano. El dolor pasó.

¡Oh, cuánto anhela mi alma oír aquellos cánticos de puro gozo! En esta tierra nos hemos acostumbrado tanto a cantar sollozando que no podemos imaginar lo que será cantar de pura alegría. Por cierto, el gozo intenso de la redención se apoyará en el dolor pasado en esta vida. Al pasar siglos y siglos en aquella ciudad celestial que se nos promete, el recuerdo del dolor pasado irá desvaneciéndose en el corazón de los redimidos. Pero las cicatrices de los clavos y la lanza no se borrarán jamás de las manos, los pies y el costado de Jesús. El recuerdo de los sufrimientos del Salvador en la cruz nos mantendrá en una continua actitud de gratitud, alabanza y alegría. Pero ya las penas no volverán y no habrá nuevos motivos para llorar.

El dolor es parte de nuestra vida. En esto coincidimos todos. Pero diferimos en la manera como tratamos con este dolor. En lo que a la música se refiere hay quienes procuran ignorar su tristeza tapándola con ruido y aturdimiento, con el que tratan de engañar sus propias almas e imaginar que todo está bien. Pero no engañan al alma entendida, que percibe detrás de ella el terror de un mundo siniestro envuelto en tinieblas. Estas expresiones musicales sólo estimulan la violencia, las pasiones bajas del corazón humano e inducen al crimen.

Pero la música que perdura es de otra clase. El autor no la compone en medio de la angustia desgarradora de una pérdida irreparable. Lucha con su dolor hasta que su alma se serena y halla paz. Y una vez superada aquella gran emergencia mira hacia atrás y evoca el dolor que una vez sufrió. No está en medio del dolor mismo, sino que lo contempla desde un alto mirador y ve la mano del Altísimo guiándolo en medio de aquel valle de sombras y de muerte. Su música, entonces, será un mensaje de consuelo para los que sufren. Si tratara de componer en medio de un gran dolor no superado todavía, estaría haciendo como aquel que se ve sorprendido por una tormenta en alta mar sobre un frágil bajel. Su mente sólo podría copiar los aullidos del viento, el rugir de las olas y sus propios gritos de terror y en poco se diferenciaría de la música alocada que se oye por allí. Pasada la tormenta, al abrigo de su casa, su visión clarificada y fortalecida por la experiencia encuentra imágenes sonoras que parecen evocar aquel conflicto, ahora lejano y superado. Desarrolla esas ideas usando de sus conocimientos y de su arte y el resultado es una obra maestra.

La música rebelde no nos hará ningún bien; en todo caso enfermará y arruinará nuestra mente y espíritu. Pero la música que procede de un corazón luchador y victorioso será un canto de triunfo, nos elevará espiritualmente y ensanchará nuestro sano entendimiento.

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