Orar por otros

“Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros. Siempre en todas mis oraciones ruego con gozo por todos vosotros, por vuestra comunión en el evangelio desde el primer día hasta ahora,  estando persuadido de esto, que el que comenzó en vosotros la buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo. Y es justo que yo sienta esto de todos vosotros, porque os tengo en el corazón; y en mis prisiones, y en la defensa y confirmación del evangelio, todos vosotros sois participantes conmigo de la gracia. Dios me es testigo de cómo os amo a todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo.” (Filipenses 1: 3-8.)

Pablo amaba entrañablemente a sus hermanos filipenses. Los filipenses retribuían su amor como hijos agradecidos. Años atrás, Pablo había puesto en grave riesgo su vida y sufrido cárcel y castigos en Filipos, por dales la salvación en Cristo. Ellos se apenaban ahora por su prisión en Roma y procuraban hacer todo lo posible por el anciano apóstol desde su distante Macedonia. Para ello habían enviado a Epafrodito con una carga de suministros para Pablo, junto con el calor de su amor incansable.
Pablo lo había dado todo por ellos en lo pasado. Ahora, ya viejo, en cadenas y confinado a prisión domiciliaria, poco podía hacer por ellos como no fuera orar. Pero oraba con regocijo, en la seguridad de que Dios es poderoso para completar la bendita obra que había comenzado en ellos mediante su ministerio.
El experimentado apóstol confiaba plenamente en el poder de sus oraciones. Sabía por cierto que el Señor haría que sus buenos deseos se cumplieran en la vida de sus hijos amados en Cristo. Creía realmente que sus ruegos moverían el brazo del Omnipotente en respuesta.
La oración es un mito para la mente incrédula. Nada podría verse tan insustancial e inoperante, nada tan ilusorio y ridículo como hablar a solas en un cuarto y esperar que ocurran cosas afuera. Es también una contradicción para muchos que filosofan acerca de Dios. Se preguntan: ¿No hace Dios lo que es mejor en todos los casos? ¿Que puede añadir o quitar una oración? ¿Está el hombre en autoridad y poder para mejorar lo que hace Dios?
Para los creyentes la oración es un misterio santo: “Pero tú, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará en público.” (Mateo 6:5-7)
Dios hace lo mejor en todos los casos. Pero la oración de sus hijos fieles le abre caminos para hacer un bien mayor. ¿Cómo puede explicarse eso?
Pablo nos da una idea en el capítulo 4 versículos 13 y 14 de esta misma epístola: “(13) Todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (14) Sin embargo, bien hicisteis en participar conmigo en mi tribulación.” El podía soportar cualquier prueba o infortunio en el nombre del Señor, pero la participación de los hermanos en sus tribulaciones significaba para él una bendición extra de parte  de Dios  a través de ellos. Bendición esta que representaba para él un fortísimo consuelo.
En Efesios leemos: “Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.” Efesios 4: 8. La oración es uno de estos dones maravillosos. Podemos pedir a Dios, y él responderá conforme a su amor y sabiduría. Así como los Filipenses podían compartir con Pablo bienes materiales, que ellos mismos habían recibido de Dios, y esto había sido de bendición para el apóstol, también podían orar por él: “Porque sé que por vuestra oración y la suministración del Espíritu de Jesucristo, esto resultará en mi liberación.”  Todos podemos compartir, mediante la oración, dones espirituales que Dios ha repartido entre sus hijos. Ciertamente Dios ha puesto en las manos de cada uno de nosotros bendiciones especiales para que con ellas bendigamos a otros mediante el vehículo de la oración de fe.
La oración ha sido siempre, y lo será, un misterio santo; un misterio de fe. Nadie podrá jamás explicar el mecanismo de la oración. Pero el alma humilde cosechará sus frutos. Dios hace lo mejor en cada caso, pero nuestras oraciones pueden completar aquella perfección enriqueciéndola con los dones que él repartió de antemano entre sus hijos para esto mismo. Si dejamos de orar, muchas de tales bendiciones se perderán. Estaremos negando a nuestro hermano la bendición que Dios tiene para él a través de nosotros. Pero si oramos con fervor y constancia, vendremos a ser colaboradores de Dios en la obra de bendecir a otros, con los medios que él nos da de continuo.

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