Ocaso y Amanecer en las Páginas del Apocalipsis

Por Humberto R. Treiyer

 

Apreciados amigos: Nuevamente con ustedes para avanzar un poquito más en nuestro estudio del maravilloso libro de  “la revelación de Jesucristo”, el Apocalipsis.. Para mi saludo, en esta ocasión he escogido las promesas de seguridad y certeza contenidas en los primeros 5 versos del Salmo  20: “Jehová te oiga en el día de conflicto; El nombre del Dios de Jacob te defienda. Te envíe ayuda desde el santuario, y desde Sión te sostenga. . . . Te dé conforme al deseo de tu corazón, cumpla todo tu consejo. Nosotros nos alegraremos en tu salvación, y alzaremos pendón en el nombre de nuestro Dios; conceda Jehová todas tus peticiones.” Este es mi deseo, de veras,  para  todos y cada uno de ustedes, mis queridos oyentes.

 

A la manera de un brevísimo repaso quisiera hacer mención y subrayar los tres puntos más destacados de nuestro tema anterior. Primero, los destinatarios de los mensajes de Jesús a las siete iglesias, además de los pastores respectivos de las mismas, además de los miembros de cada una de aquellas congregaciones, son también todos los que están dispuestos a oír, y dejarse guiar por estos mensajes del amor divino, como lo declara la frase culminante repetida en cada mensaje: “El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias.” SegundoDesde muy temprano en la historia del Cristianismo se comprendió

que estos mensajes, si bien aplicables a situaciones concretas y objetivas que vivía en el siglo I la Iglesia respectiva, en mucho las trascendían en el tiempo y en el espacio: Así el mensaje dirigido a la iglesia de Ëfeso reflejaba la condición espiritual de esa iglesia a fines del siglo I; y, al mismo tiempo, de todas las iglesias de la provincia romana de Asia durante todo el transcurso del siglo  apostólico; en la misma forma, el mensaje a la Iglesia de Esmirna, aplicable primeramente

a la Iglesia individual del mismo nombre en el siglo I, y también a todo el pueblo de Dios  esparcido por todo el mundo

entre los años 100 y 313. El mensaje  correspondiente a la Iglesia de Pérgamo, aplicable como lo fue a esa Iglesia  específica del siglo I, también alcanzó a la Iglesia de Jesucristo existente en el mundo entre los años 313 y 538, período histórico de la Iglesia del mismo nombre. ¿Lo vamos entendiendo, amigos? En el caso de Tiatira, el salto histórico habría de ser mayor–538 a 1517, desde las circunstancias literales experimentadas en el siglo I por la iglesia del mismo nombre,  hasta las que habrían de experimentar todas las iglesias genuinamente cristianas durante los 979 años extendidos entre los años 538 y 1517. Y en el caso de Laodicea, la última de las Siete Iglesias, pasando por alto a Sardis y Filadelfia, lo que experimentó esta Iglesia en el siglo I, habría de servir de antecedente simbólico histórico de la condición espiritual del verdadero pueblo de Dios entre los años 1856 y el regreso de Cristo en gloria y majestad.

 

        Tercero, el descubrimiento de esta estrecha correlación entre aquellas siete iglesias literales del siglo I, de la provincia romana de Asia, como antecedentes simbólicos de siete períodos que habrían de cubrir todo el transcurso  de la historia de la Iglesia Cristiana, no fue resultado de las cavilaciones de algún trasnochado, sino fruto de cuidadosos estudios de la Biblia y de la Historia por parte de decenas y decenas de hombres conducidos por el Espíritu Santo, de los cuales en nuestro estudio anterior repasamos los aportes de apenas una docena–todos ellos progresivamente coincidentes.

 

Estamos ahora en condiciones de dar comienzo al estudio de los mensajes de Jesús a las siete iglesias, iniciándolo con el dirigido a Éfeso, la primera de ellas, la iglesia más cercana a Patmos, 80 km  mar de por medio, equivalente a un día de navegación ,  y punto inicial de la ruta de Éfeso a Laodicea, pasando en el orden de mención por todas las siete iglesias. Leo en Apocalipsis 2:1-7: el mensaje que Jesús dirigió a la Iglesia de Éfeso “Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto: Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos;  y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado. Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido. Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco. El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios.”

 

¡Cuántas cosas excelentes; más extraordinarias!  Sí, Jesús la alaba por nada menos que  10 notables cualidades y hechos. Seguramente nada para reprochar en una iglesia así ¿verdad? .¿Qué ministro no querría ser el pastor de una iglesia tal? Pero había algo, solamente una cosa, que pesaba en la balanza más que las otras 10; algo que tornaba incompleto, deficiente e ineficaz todo el accionar de esa iglesia. ¿Qué podría de ese algo? Lo veremos una vez que hayamos echado un vistazo al contexto geográfico, histórico, religioso y cultural en el que la iglesia debía  cumplir su testificación. Veamos entonces cómo eran las cosas en Éfeso cuando la Iglesia recibió la carta enviada por Jesús.

 

La ciudad de Éfeso fue fundada en el siglo XI a.C. por Androcles , aunque no con este nombre, ya que se la conoció sucesivamente como Samorna, Trecheia, Ortigia y Ptelea;    y subsistió por 24 siglos, hasta   su decllnación, que comenzó  con el saqueo del que la hicieron objeto  los godos en el siglo III; y su destrucción un par de siglos más tarde, en el año 1400, por ese gran conquistador que fue Tamerlán, el último de los grandes conquistadores nómadas del Asia Central, y también el último gran representante del poder nómada,  fallecido en 1405, mientras iba  en camino a la conquista de China. De paso ¿quién fue este Tamerlán? Un noble musulmán de origen turco y mongol, tremendo guerrero,  quien derrotando a  Chagatai, segundo hijo del gran  Gengis Kan, en poco más de dos décadas extendió su dominio sobre    ocho millones de kilómetros cuadrados de Europa y Asia.  [Si recordamos que toda la superficie de Europa es de 10 millones de km2, podemos darnos una idea de la magnitud  territorial de su efímero imperio–utilizo el adjetivo “efímero” porque su poderío no subsistió a su muerte, a los 45 años de edad.]

   

            Volviendo ahora a Éfeso, la ciudad fue levantada sobre la costa occidental del Asia Menor , en una locación extraordinariamente favorable, en el área en la que tres ríos drenan esa porción de la meseta de Anatolia, desembocando en el Mar Egeo–los ríos Meander, Caistro, y Hermes. Éfeso se levantaba en las orillas del río del medio, el Caistro, pero había valles que la comunicaban también con los otros dos ríos. Adicionalmente, y con el paso del  tiempo,  los ingenieros efesios construyeron un puerto excelente sobre el mar Egeo, llamado Panormo, al cual llegaban naves de todo el mar Mediterráneo, dando origen a un activo comercio. Nada queda hoy de ese magnífico puerto, destruido por los frecuentes terremotos y los aluviones de los ríos, sino tan sólo un gran pantano, a bastante distancia de la costa del Egeo. En síntesis, una ciudad no solamente hermosa del punto de vista edilicio, y por el atractivo paisaje de su situación geográfica,  sino también por su posición estratégica muy favorable para el comercio.  De todas las famosas 12 ciudades Jónicas, Éfeso se destacaba sobre todas las demás.

 

En los tiempos del Nuevo Testamento Ëfeso era una “ciudad libre”, en la terminología gubernamental romana,  privilegio que le permitía elegir sus autoridades, y manejar sus propios asuntos. Su clima favorable, las tierras fértiles que la rodeaban, la abundancia de alimento , el flujo constante de oro y de plata producido por el “turismo religioso”–es que de todo el mundo venían por millares los adoradores de Artemisa o Diana, a rendirle culto en su colosal templo, una de las Siete Maravillas del Mundo, y el más enorme  de la antigüedad, con sus 127 columnas de 20 m de altura, de las que, de paso, hoy tan sólo sobrevive una–   y las grandes riquezas que le producía el comercio, fueron ventajas que la transformaron en una ciudad de excelencia sin par, pero las que también  transformaron a los efesios, antes trabajadores muy activos esforzados e industriosos, en indolentes y perezosos. Con todo este trasfondo  no resulta difícil comprender por qué los efesios no tenían mucha inclinación a la modestia, como lo revelan las inscripciones en algunas de sus monedas antiguas, tales como “La primera entre las más grandes”.

 

Durante su agitada historia Ëfeso sufrió numerosas invasiones: por mencionar algunas, las  de los libios y los persas en el siglo VI a.C.; liberados de los persas  por Alejando Magno, en el siglo IV a.C., cayeron poco después bajo de los romanos, y en el siglo III d..C. también bajo los godos.  Durante los siglos VII y VIII, Éfeso estuvo permanentemente hostigada por los árabes, y en el siglo XI por los turcos selyúcidas. Y como ya lo vimos, a fines del siglo XIII acabó desapareciendo bajo el embate de Tamerlán (1400). [Un hecho notable es que a pesar de su aspecto ruinoso, en Éfeso sesionó, el 22 de junio del año 431, el así llamado tercer Concilio Ecuménico o Concilio de Éfeso, convocado por el emperador Teodosio II e impulsado por el patriarca Cirilo de Alejandría, para discutir el problema representado por el nestorianismo, que enseñaba que en Cristo había dos naturalezas y dos personas.]

 

¿Qué es lo que encontraríamos si hoy visitáramos Éfeso? Una de las zonas arqueológicas más grandes del mundo–un gigantesco museo al aire libre–dada la gran cantidad de obras antiguas exhibidas en su lugar original. La Biblioteca de Celso, la biblioteca más antigua del mundo, de la cual queda en pie su majestuosa fachada. El Gran Anfiteatro de Éfeso, el mayor de su época, con capacidad para 24.500 espectadores, que también  se empleaba  para espectáculos circenses. El Templo de Artemisa o Diana, , “la Señora de Éfeso”, una divinidad representada con  múltiples pechos. Ese Templo era considerado una de las Siete Maravillas del Mundo antiguo y el mayor de la antigüedad, dedicado a la diosa de la fertilidad, la caza y la guerra, en la mitología griega. Hija de Zeus y hermana gemela de Apolo, Artemisa o Diana era una de las doce grandes divinidades olímpicas.

 

Ya con connotación cristiana, nos encontraríamos con la Casita de María, donde se cree que  vivió y murió la madre de Jesús, pero es de construcción tardía, del siglo VII.Y la Iglesia de San Juan, donde supuestamente habría escrito su evangelio, pero en realidad es del siglo VI, y fue construida por el emperador  Justiniano I.

 

¿Cómo pudo Dios desear una iglesia en ese formidable bastión del paganismo, y cómo fue que logró establecerla allí, en esa imponente fortaleza de la idolatría mundial?  Mis amigos, contestaremos estas fascinantes preguntas en nuestro próximo estudio. ¡No se lo pierdan! Entre tanto, ¡muchas bendiciones y un afectuoso abrazo. cristiano!

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