Simplificar, recortar, reorientar.

Una de las tareas que el Señor nos señala como ministros es la de simplificar la labor. Creo que en nuestro afán de progresar y brindar nuevos medios y formas de distribuir el mensaje hemos creado una maquinaria demasiado complicada, que demanda mucha atención de nuestra parte y nos roba el tiempo y el silencio necesarios para oír la voz de Dios.

No se me entienda mal. No quiero decir que no debamos utilizar la tecnología moderna para esparcir el mensaje. Internet, televisión, imprenta, son cosas que dan alas al mensaje de salvación.

Lo que quiero decir es que no debemos dejarnos envolver tanto con esos buenos elementos que luego no tengamos tiempo ni energía para hacer la obra que debemos hacer.

No tratemos de inventar la máquina automática de ganar almas. Esa máquina nunca ha existido ni existirá y cualquier cosa que se invente con ese fin fracasará. Las almas se ganan una por una mediante el contacto personal, interesándonos en sus necesidades, orando por ellos y mostrándoles que el amor de Cristo es real porque mora en nosotros y ellos lo pueden ver.

Recuerdo que en mis años de pastor de iglesia me veía muchas veces abrumado con informes, reportes, presupuestos, reuniones de junta directiva, trámites diversos, la preparación de programas especiales y muchas cosas más que tendían fuertemente a quitarme el tiempo para visitar interesados o acompañar laicos a dar sus estudios bíblicos, o simplemente para orar y estudiar la Palabra. He podido ver que algunos colegas trabajan más como administradores que como pastores.

Antes de entrar en el ministerio en Canadá, pasé dos años traduciendo libros para una de nuestras editoras hispanas. Uno de ellos fue “Enséñales a Amar”, escrito en inglés por la Hna. Donna Habenicht (habla perfecto español.) Durante esos dos años yo era dueño total de mi tiempo, de modo que dedicaba tres horas al Señor todos los días por la mañana. Durante la primera hora caminaba por la costa de río Detroit meditando en la maravillosa creación de Dios. En la segunda hora, ya de regreso a casa, leía la Biblia en orden correlativo. La tercera hora, los 60 minutos, los dedicaba a la oración.

Durante el día y especialmente los sábados coleccionaba pedidos de oración y luego oraba por todos ellos. Muchas veces no termianaba la lista y debía continuarla al día siguiente desde el punto donde había dejado. Paralelamente era pastor voluntario con estipendio del grupo hispano de Windsor, frente a Detroit. Aquellos fueron días tan felices como efímeros. Pronto me llamaron al ministerio de tiempo completo y tuve que reducir mis tres horas de devoción diaria a unos breves minutos por la mañana, y luego. . . a correr hasta la noche con dos grupos hispanos separados 300 km el uno del otro.

No veo que los apóstoles llevaran un ritmo tan alocado como los pastores adventistas. Podéis ver a Pedro y a Juan yendo calmadamente a orar al templo a las dos o tres de la tarde. Por cierto que trabajaban duramente, pero sin alocamiento ni aturdimiento y dándose el tiempo para estar en comunión con Dios. Y el Señor los bendecía en esos momentos. Recordad el sanamiento del paralítico en la puerta La Hermosa. Los miembros de iglesia “comían juntos con alegría y sencillez de corazón.” Y “el Señor añadía cada día a la iglesia a los que habían de ser salvos.”

Me ocurría a veces que el estrés pesaba mucho sobre mí y ya no hallaba como seguir adelante. Entonces tomaba mi carro y me iba al campo abierto, bajo la sombra de un árbol y allí pasaba todo el día, hasta la noche, solamente orando y leyendo la Palabra.

Hubo un tiempo cuando la llegada de las computadoras con toda su maravilla tecnológica y las posibilidades de tener presentaciones bellamente ilustradas me hizo caer en la tentación, por cierto muy común, de querer probar esto y aquello y dedicaba excesivo tiempo a las presentaciones PowerPoint, robando ese tiempo al estudio de la Palabra y la oración que demanda la preparación de un buen sermón. El resultado era un sermón pobre muy bien ilustrado.

Permitidme que os hable con el corazón en la mano. En muchos casos la computadora no es más que una trampa usada por Satanás para arruinar tu ministerio.

Decidí acabar con todo eso, poner orden y disciplina en el uso de mi computadora y usarla, no tanto para elaborar sofisticadas y elaboradas presentaciones, sino para estudiar, buscar información, comunicarme con la gente y preparar mis sermones y artículos para nuestras revistas. He quedado con la impresión de que presentaciones muy elaboradas y llamativas tendían más bien a distraer al público y a quitar su atención de lo que yo les estaba diciendo. Uso muy pocas presentaciones hoy. En todo caso uso vistas sin imágenes ni adornos tan sólo para poner en pantalla los textos bíblicos que estoy considerando. Me resulta útil esta forma para el estudio de las epístolas. Ví, con claridad, que hay más sabiduría en recortar que en añadir.

Cuando me jubilé creí que había llegado el tiempo para hacer todo lo que siempre había soñado y que no había podido hacer. Tenía la cabeza llena de planes fantásticos. La sabia providencia de Dios quiso que al mes y medio de haberme jubilado, se me fracturara la cuarta vertebra (lumbar) y quedara postrado en una cama por casi un año. El diagnóstico fue: Osteoporosis. Sanada la vértebra, me dio un resfrío muy fuerte que se complicó con una infección bronquial y un estado fuerte de depresión anímica que me quitó el gusto por la vida. Podéis imaginaros a dónde fueron a dar todos aquellos planes fantásticos.

Después de esa experiencia entendí que muchos de mis sueños no se cumplirían jamás y que debía concentrarme en lo importante: La Palabra de Dios, mi matrimonio (mis cuatro hijos ya tienen sus hogares desde hace años), mi ministerio y mi salud. Nada de correr alocadamente. Un día a la vez. Lo primero, primero. A la hora de dormir hay que ir a la cama. Y por sobre todo: tomar el tiempo para estar en total unión con el Señor Jesús.

Creo que, como ya lo he dicho en una nota anterior, el reavivamiento debe comenzar con los ministros. Es lo que enseña el Espíritu de Profecía. Para que ese reavivamiento comience con los pastores, estos deben simplificar su ministerio y su vida. Deben recortar de su programa muchas cosas buenas en sí, pero que toman demasiado tiempo. Un millonario judío de Toronto, llamado Honest Edd solía decir a los que se complicaban la vida sin necesidad: “Keep it simple, stupid!” Su regla de la simplicidad lo hizo multimillonario. ¡Que pena que muchas veces los hijos de este mundo sean más sagaces que los hijos de luz!

Terminemos yendo al centro del asunto: ¿Dedicas tiempo para el estudio calmado y fervoroso de la Palabra? ¿O comienzas a correr tan pronto pones tus pies en el suelo por la mañana? ¿Cuánto tiempo dedicas cada día a tu oración privada? ¿Piensas que no tienes tiempo para orar? Si no tienes tiempo para orar ni para estar a solas con tu Dios, entonces eres el hombre más digno de lástima de toda la tierra. ¿Quién te ata de esa manera? ¿Pasas tiempo en oración con tu esposa, o das su experiencia espiritual por sentada por ser esposa de pastor? ¿Qué de los hijos que has traído al mundo? Piénsalo.

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