La Proposición del Sermón.

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Capítulo IV

La proposición de un sermón es un elemento de suma importancia. Es un concepto simple, pero a veces difícil de entender. Yo pasé trabajo para captar la idea. He conocido predicadores que nunca entendieron qué es la proposición. Asistieron a un seminario. Aprobaron la materia Homilética. Se graduaron. En su ministerio predicaron centenares de sermones. Pero nunca llegaron a captar este importante punto. Se acostumbraron a predicar de un modo “casero”; a su manera. Y les parece que todo está bien.

Lo puedo notar en sus prédicas. A veces, cuando una fuerte impresión los domina, cuando una verdad resplandece en su mente en forma notable, por naturaleza tienen una clara idea central a cuenta de esa fuerte impresión. Estos sermones resultan poderosos, claros, bendecidos.

Pero cuando tienen que predicar sobre un tema que les resulta un tanto lejano, sólo porque está en el calendario, y no tienen una idea clara del mismo, no logran ir más allá de un oscuro divagar por textos bíblicos de aquí y de allá sin llegar a una conclusión sólida, convincente, efectiva. El sermón pasará al olvido sin pena ni gloria, y el predicador se preguntará por qué.

Si queremos predicar con sentido de propósito, conforme a la necesidad real de la congregación y no según nuestra preferencia personal, debemos saber que de tanto en tanto nos tocará predicar sobre asuntos acerca de los cuales no estamos muy familiarizados. Para lograr esto con éxito, es necesario que tengamos un método seguro de trabajo y parámetros claros para evaluar nuestra labor; como también la disposición a trabajar duro, empleando esfuerzo y tiempo adicionales.

La Homilética es el arte y la ciencia de la preparación de sermones. Su contenido se ha ido formando a través de los siglos mediante la observación de los sermones eficaces. El estudio comparativo de centenares y miles de sermones de generación en generación ha demostrado que la presencia de una clara idea central, es el pilar fundamental que soporta y reúne todas las otras partes del mensaje.

Si tan sólo te queda en claro qué es la proposición de un sermón, cómo lograrla y cómo usarla, me sentiré más que satisfecho de haber invertido tiempo y esfuerzo en escribir este breve tratado.

En nuestro ejercicio práctico, no hemos todavía definido la proposición de nuestro sermón. Sólo hemos expresado una idea general a fin de orientar nuestra búsqueda de un texto bíblico. Ya tenemos el texto bíblico. Ahora debemos estudiarlo a fondo y ver las innumerables ideas que brotan naturalmente de ese pasaje.

Finalmente, de todas las ideas que surgen del pasaje, elegiremos una que tomaremos como el centro de nuestra predicación. Con esta idea que habremos elegido, construiremos nuestra proposición.

Importante: Un sermón, para ser eficaz, no necesita ser exhaustivo. No trates de meter en él todas las ideas que emergen del texto. Elige sólo una, como idea central, y menciona algunas otras sólo en la medida en que te sirvan para aclarar tu idea central. Es mucho mejor dejar una sola idea bien clara en los oyentes, que un montón de ideas mal explicadas y confusas.

Ahora vamos al corazón de nuestra tarea: el estudio de nuestro texto. Para ello usaremos una vez más nuestro recurso de la tabla de dos columnas. Puedes hacer esto en tu computadora o, a falta de ella, en una hoja de papel.

Sugerencia: Si trabajas en tu computadora, abre una tabla a dos columnas y unas diez filas para comenzar. Copia todo tu texto en la última fila, de modo de tenerlo completo y a mano desde el principio. Luego, al hacer los comentarios, corta el primer versículo solamente de tu última fila, y pégalo en la primera fila. Del mismo modo toma el segundo y pégalo en la segunda y así con el resto, añadiendo filas cuando sea necesario.

Luego, en la columna de la derecha escribe tus comentarios. Puedes usar otro color de texto, como en el ejemplo dado.

Finalmente tu tabla se verá como sigue:

1 Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado para que pasara de este mundo al Padre, como había amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el fin. Consciente de su terrible y próximo fin, Jesús no dejó se amar a sus discípulos.Su pasaje de este mundo al Padre implicaría indecible sufrimiento al cargar sobre sí la culpa de la humanidad perdida.
2 Y cuando cenaban, como el diablo ya había puesto en el corazón de Judas Iscariote hijo de Simón que lo entregara, Jesús sabía de la traición de Judas.
3 sabiendo Jesús que el Padre le había dado todas las cosas en las manos, y que había salido de Dios y a Dios iba, También sabía que el Padre había puesto toda responsabilidad en sus manos en estos momentos decisivos.De Jesús dependía la suerte de la humanidad y la paz del universo entero. El carácter de Dios debía ser vindicado en los Cielos y en la tierra.Sabía que había salido de Dios y que iba a Dios. Todo poder reposaba en sus manos.
4 se levantó de la cena, se quitó su manto y, tomando una toalla, se la ciñó. Siendo el Señor de todo, se hizo siervo de todos a fin de darnos ejemplo de amor y servicio.
5 Luego puso agua en una vasija y comenzó a lavar los pies de los discípulos y a secarlos con la toalla con que estaba ceñido. Una tarea simple, pero necesaria no había sido hecha. Nadie tenía lavados los pies. La costumbre imponía que ninguno se lavara sus propios pies, sino que dejara esa tarea para el siervo de la casa. Rechazar este servicio de parte del siervo era como rechazar la amable bienvenida del dueño de casa.No había siervo entre ellos, de modo que todos estaban allí, rodeando la mesa con los pies empolvados de la calle.Ninguno de ellos quiso hacer la parte del siervo.

Jesús dejó pasar unos minutos par ver qué harían, entonces comenzó a hacer esa tarea que ellos rehusaban, con la mayor naturalidad. El había venido a este mundo para ser siervo de siervos.

6 Cuando llegó a Simón Pedro, este le dijo:–Señor, ¿tú me lavarás los pies? Pedro se indignó y avergonzó al mismo tiempo.No quería ver a su Maestro cumplir esa tarea de siervos.
7 Respondió Jesús y le dijo:–Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora, pero lo entenderás después. Pedro no entendía la profundidad del amor de su Señor. Al rechazar su servicio estaba rechazando la amable bienvenida del Señor de todas las cosas.A través del dolor y la prueba llegaría a entenderlo después.
8 Pedro le dijo:–No me lavarás los pies jamás.Jesús le respondió:

–Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.

Se negó firmemente a recibir tal servicio de amor de su Señor.Necesitas que Yo te lave los pies, le dijo el Señor. Si no lo hago, serás quitado de mi lado.Dicho de otra manera, necesitas lavar algo en tu corazón. Yo soy el Único que puede hacerlo por ti. Si no aceptas mi servicio de amor te perderás. Esto es algo que tú no puedes hacer por ti mismo.
9 Le dijo Simón Pedro:–Señor, no solo mis pies, sino también las manos y la cabeza. Si esto es así, Señor, lávame todo, no quiero perderme.
10 Jesús le dijo:–El que está lavado no necesita sino lavarse los pies, pues está todo limpio; y vosotros limpios estáis, aunque no todos. ¡Tranquilo, Pedro! Tú ya te has bañado para venir aquí. Tu cuerpo está limpio. Sólo es necesario que te laves los pies empolvados del camino.En términos espirituales: Tú has creído en mí, vives una vida nueva por fe. Sólo que tu corazón da cabida a ciertos sentimientos de orgullo que deben ser lavados.Estáis limpios, aunque no todos.
11 Él sabía quién lo iba a entregar; por eso dijo: «No estáis limpios todos». Jesús sabía de la traición de Judas. Estaba intentando lo imposible para hacerlo reaccionar.Las palabras “No estáis limpios todos” no podían ser entendidas por ninguno de los discípulos, excepto Judas mismo.
12 Así que, después que les lavó los pies, tomó su manto, volvió a la mesa y les dijo:–¿Sabéis lo que os he hecho? Volvió a la mesa después de haberles lavado los pies a todos, incluyendo a Judas.Los discípulos no entendían por qué su Señor y Maestro se humillaba de tal manera.
13 Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy. Ellos lo reconocían como Señor y Maestro, y no se equivocaban.
14 Pues si yo, el Señor y el Maestro, he lavado vuestros pies, vosotros también debéis lavaros los pies los unos a los otros, Si El, el Señor y Maestro, y por ende nuestro ejemplo y modelo supremo ha hecho así, también nosotros debemos hacer como él y lavarnos unos a otros.
15 porque ejemplo os he dado para que, como yo os he hecho, vosotros también hagáis. El es nuestro ejemplo digno de imitar.
16 De cierto, de cierto os digo: El siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que lo envió. Ninguno de nosotros es mayor que el Señor.No debemos juzgar sus hechos, sino aprender de ellos.
17 Si sabéis estas cosas, bienaventurados sois si las hacéis. Sabiendo estas cosas, seremos bendecidos si las hacemos.

Hemos desplegado el texto a lo alto de la tabla poniendo un versículo por celda. Este procedimiento nos ayuda a mantener los comentarios cerca del texto correspondiente.

Al repasar el texto notamos que el relato es sencillo, directo y cargado de significado. En el evangelio de Juan no aparece una sola de las parábolas de Jesús, pero los relatos resultan ser parábolas en sí mismos.

Estos últimos momentos de la vida de Jesús tienen una profundidad y una intensidad de sentimiento que los hace sumamente apropiados para impresionar la mente y el corazón de tus oyentes y fijar en ellos la verdad divina acerca del amor fraternal.

En busca de la idea central: Recorreremos ahora las ideas de la columna de la izquierda. Hay numerosas ideas que sin duda, podrían dar origen a poderosos sermones. Pero de todas ellas debemos elegir una que ayude a la congregación a reanimar el amor fraternal.

La idea “nosotros debemos hacer como él y lavarnos unos a otros” parecería venir bien. A primera vista, se adapta perfectamente a nuestro propósito de reanimar el primer amor. Pero, permíteme una observación: esa idea tiene la forma de un mandamiento o de una orden. Podríamos estar intentando con ella forzar un proceder en los hermanos por una vía legalista poniendo el énfasis en lo que ellos deben hacer por sus hermanos, en lugar de fijar su atención en lo que Jesús quiere hacer por sus hermanos a través de ellos. La idea es buena, pero hay que saber usarla.

La idea “Necesitas que Yo te lave los pies, le dijo el Señor. Si no lo hago, serás quitado de mi lado.” Esta idea señala, no un deber legal, sino una necesidad y un grave peligro potencial. Es algo que no podemos hacer por nosotros mismos. Si el Señor no lo hace por nosotros, estaremos perdidos.

Esta idea pone delante del oyente su necesidad personal, crea alarma acerca de las consecuencias de no suplir esa necesidad y finalmente nos da la solución soberana: Cristo Jesús. Hay poder en esta declaración para transformar el corazón.

Esta idea está relacionada con el amor a los hermanos, porque de allí viene. Recordemos que los discípulos habían tenido una disputa sobre cuál de ellos sería el mayor. Este punto no se menciona específicamente en Juan sino en los evangelios sinópticos (es decir, los otros tres,) pero la actitud de Jesús de lavarles los pies está dirigida al corazón de esa disputa.

Ese polvo que Jesús quiere quitar de nuestros pies, cuando ya todo nuestro cuerpo está limpio, no es otra cosa que la miseria de los celos y la envidia conque Satanás trata continuamente de perturbar la paz entre los hijos de Dios. Nada sino Jesús sólo puede salvarnos de tal miseria.

Podríamos mejorar nuestra idea incluyendo esto último. Veamos: “Si no le permitimos a Jesús que nos lave los pies, y nos quite la miseria de los celos y la envidia, seremos apartados de él.” ¿Crees que esto funcionaría como idea central de nuestro sermón?

Escribámoslo con letras destacadas:

Proposición: “Si no le permitimos a Jesús que nos lave los pies, y nos quite la miseria de los celos y la envidia, seremos apartados de él.”

Mira bien esta frase. Es la idea que nos debe guiar a lo largo de la preparación de nuestro sermón. Y, a la hora de predicarlo, debe estar delante de nosotros todo el tiempo, de comienzo a fin, guiando nuestras palabras y nuestros énfasis. Al finalizar la prédica, haremos un llamado a permitir que el Señor Jesús nos lave los pies, y nos quite toda miseria de celos y envidia, porque queremos estar para siempre con el.

Llegamos así al fin de este capítulo referente a la proposición. En el próximo: “El Orden Didáctico del Sermón” veremos cómo dividir esta idea central en partes para poder explicarla con claridad.

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9 pensamientos en “La Proposición del Sermón.

  1. muy bien explicado…pude entender un poco mejor el tema ya que estoy estudiando la clase de homiletica y este punto se me había hecho difícil entenderlo. Muchas gracias

  2. Muchas gracias, he estudiado sobre la homilía, y siempre se me dificultaba comprar acerca de la proposición. Este artículo me ayudó.

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