Hacer el bien

Permitidme una pregunta:

¿Qué es hacer el bien?

Personalmente no recuerdo haber tomado materia alguna en el seminario que llevara por nombre: “Cómo hacer el bien.” Se sobreentendía en todas las materias teológicas que la vida del cristiano consiste en hacer el bien. Todos tratábamos de hacer el bien. Sabíamos diferenciar el bien del mal. Los diez mandamientos son en general negativos, nos dicen lo que NO tenemos que hacer, excepto dos: Honrarás a tus padres y descansarás el sábado. Claro, nos imaginamos que hacer el bien es amar al prójimo. ¡Bravo! Pero, ¿qué es amar al prójimo? Ponte a pensar.

¡No, no, no! ¡Nada de respuestas teológicas! Es posible que un gran teólogo te dé un largo discurso acerca de lo que es hacer el bien, y que él mismo no le haga bien a nadie. No me refiero a la teoría, sino a la práctica. ¿Qué es hacer el bien?

Pablo quería hacer el bien, pero no le salía. Puedo verlo cuando quiero tocar algo en mi guitarra. Me siento y pongo mi pie izquierdo sobre un banquillo. Apoyo suavemente el instrumento sobre la pierna izquierda. Llevo la mano izquierda al mástil y apoyo mis dedos sobre las cuerdas. Mi mano derecha se acerca a las cuerdas entre la boca y el puente, tomando forma como de araña. Mis uñas están cuidadosamente limadas para que las notas suenen dulces. Ahora que estoy en posición levanto mis ojos al atril y veo allí una partitura: “Asturias”, de Isaac Albéniz transcripta para guitarra por Francisco de Tárrega. Mis ojos tratan de ver lo que esta allí, mi cerebro no entiende, mi mano izquierda trata de tomar algunas notas sobre el diapasón. No sale nada. Pero ¿qué sucede? ¿cómo que no puedo tocarla? ¿Acaso Andrés Segovia, Naciso Yepes, John Williams, Andrés Llobet, Abel Carlevaro, Julian Brean,Carlos Bonell, Ana Vidovic y otros no la tocan hasta dormidos? ¿No tengo una excelente guitarra? ¿No tengo, acaso, la postura correcta? ¿No está la partitura sobre el atril?

Sí, todo está perfecto, pero falta una cosa: “PRACTICA.”

Para tocar Asturias, de Albéniz en guitarra, se necesitan años de estudio y centenares de horas de práctica. Y yo no paso de ser un aficionado y un principiante.

Así sucede con hacer el bien. Nadie nace sabiendo hacer el bien. Me refiero a hacer el bien en el sentido en que un discípulo de Cristo debe hacerlo. Muchos piensan por allí que hacen el bien, pero están lejos de eso.

¿Cómo se aprende a hacer el bien? Muy sencillo: aprendiendo de un Maestro y practicando, practicando, practicando todos los días, así como el guitarrista debe tocar su guitarra todos los días bajo la dirección de un maestro, en forma constante y sin desanimarse.

¿Pensáis que a Cristo le fue fácil hacer el bien?

Para Jesús, hacer el bien no era otra cosa que hacer la voluntad de su Padre segundo a segundo y día tras día.

Un enemigo trataba de impedírselo con sin igual porfía.

Su naturaleza, semejante a la nuestra, se cansaba, sentía dolor y llegaba a abrumarse a veces por las muchas preocupaciones.

La Palabra nos dice que Jesús “anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos del diablo.” Pero mientras hacía el verdadero bien, una espada afilada pendía sobre su cabeza. La muerte lo seguía ávida a todas partes. Un pequeño error, una palabra mal dicha, un juicio apresurado. . . hubieran bastado para echar por tierra su propósito de salvarnos.

El siguiente pasaje, tomado de Hebreos 5, me dice que no fue fácil para Jesús el hacer el bien. Tuvo que aprenderlo con dolor.

7 “Y Cristo, en los días de su vida terrena, ofreció ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que lo podía librar de la muerte, y fue oído a causa de su temor reverente.

8 Y, aunque era Hijo, a través del sufrimiento aprendió lo que es la obediencia;

9 y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que lo obedecen,”

¿Quieres hacer el bien? ¡Que bien!

Sabe, pues, que hacer el bien significa desarrollar el plan que Dios tiene para tu vida. Para ello necesitas aprender la obediencia a través de mucho sufrimiento y lágrimas.

¿Dices que exagero? No, querido, para nada. Tan pronto quieras hacer el bien descubrirás que sólo haces el mal. Tienes las mejores intenciones, pero la cosa no sale como querías. Pablo dice, en Romanos 7 que, queriendo hacer el bien descubría que el mal, esto es el pecado, moraba en él.

Es por lejos mucho más fácil aparentar que se hace el bien. Hacer un favor aquí, dar unos pesos allá, poner buenos diezmos en la iglesia y hablar con la “voz santa” de los sábados al encontrarse uno con un hermano en la calle. Esto hacían los fariseos. De ellos Jesús dijo de todo un poco, menos que eran bonitos.

La voluntad del Señor para nosotros es que mantengamos un ferviente espíritu de sevicio a flor de piel todo el tiempo.

Supongamos que estás en una reunión donde nadie es cristiano y te vas quedando callado y relegado porque no sabes qué decir y comienzas a pensar que los demás te ven como un tonto y que haces el ridículo.

¿Qué te está sucediendo, realmente? Has perdido de vista tu misión allí. Dios te puso allí para servir, para ser luz del mundo, y tú te cierras en tí mismo y piensas que eres un tonto.

Cuando vuelva a sucederte algo así, no te arrincones. Comienza a poner atención en lo que se dice y ora con fervor por cada alma que llega a tu encuentro. ¿Tienen necesidades esas personas? ¿Tienen penas? Deja obrar al Espíritu. El Señor abrirá las puertas para ti y cuando menos lo pienses estarás sirviendo a algún alma en el nombre de Jesús.

Yo así lo hago, y me da resultado. Vivo mi vida como cualquier jubilado de pocos recursos. Pero de pronto me veo orando por un comerciante en su negocio, con un paciente en el hospital, con algún desconocido en plena calle. Esto ha llegado a ser para mí una aventura de todos los días. No hay cosa más bella que servir a otros en el nombre de Jesús.

Busquemos a nuestro Maestro, sigamos sus instrucciones, y pongámolas en práctica. Sin duda nos tocará llorar alguna vez. Pero veremos los milagros del Señor y él nos compartirá Su gozo.

Dios te bendiga.

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