Amor y Conocimiento

Nos dice Pablo en Filipenses 1:9-11: “Y esto pido en oración, que vuestro amor abunde aun más y más en ciencia y en todo conocimiento, para que aprobéis lo mejor, a fin de que seáis sinceros e irreprensibles para el día de Cristo, llenos de frutos de justicia que son por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios.”

 La ignorancia es un mal grande. El que no sabe es como el que no ve. El mejor beneficio que puede hacerse al prójimo es ayudarle a adquirir conocimiento. La mejor herencia que podemos dejar a un hijo o hija es el conocimiento de Dios y la preparación en todo conocimiento útil de la vida. El amor, para ser auténtico y fuerte, debe estar relacionado íntimamente con el dar y recibir conocimiento. El amor sin conocimiento tiene poco valor. No pasa de ser mero sentimentalismo.

Dios es el dueño y hacedor de todo. También es amor. Pero no nos colma de riquezas materiales. Al contrario, muchas veces no nos provee riquezas materiales sino necesidad y pobreza. Dios sabe que necesitamos sustento y abrigo, y nos provee de lo necesario para sostener la vida. Y sabe también que “no sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.”

Nuestro Padre Celestial es demasiado sabio como para simplemente complacer nuestros sentidos desviados en perjuicio de nuestra esperanza eterna. “La vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee,” dijo Jesús. Un rico ignorante es un pobre rico. Un pobre sabio es un rico pobre en bienes de este mundo, pero que posee los tesoros de la sabiduría y la paz que vienen del Cielo.

Veo a menudo con tristeza la manera como algunos se glorían de su ignorancia. Desprecian la ciencia y el conocimiento al par que creen saber más que los sabios. Estos son ignorantes voluntarios. Piensan que no necesitan aprender porque lo saben todo y mejor que otros. Su propia ignorancia los vuelve arrogantes. Son superficiales y vanos y terminan cocinándose en su propio jugo.

Pero en Cristo tenemos el privilegio de crecer amor, y por ende, en sabiduría de Dios, en ciencia y en todo conocimiento. No hay límite para el crecimiento. Sea cual fuera nuestro oficio o profesión dentro de lo útil y verdadero, estamos siempre llamados a ser expertos. El que crece en el amor de Dios crece en toda sabiduría y ciencia. Si es un artesano, sus manos y su ingenio crecerán hasta altos niveles de excelencia. Si es supervisor, sus colaboradores conocerán el beneficio de su buen juicio y se gozarán en la abundancia de sus recursos humanos. Si es comerciante, sus negocios estarán señalados por la más sólida prosperidad unida a la más estricta honestidad. Si es artista, sus obras reflejarán una gloria que está más allá de toda inspiración humana y que arrobará y conquistará los corazones.

Todo lo que hace un hijo de Dios está lleno del amor y la sabiduría de Dios. Sus obras tenderán a traer solución a los problemas, consuelo al corazón, una visión más clara y luminosa de la vida. Su presencia animará el crecimiento y el desarrollo en otros. Así como el paso de Abraham por Canaán quedaba señalado por sus altares y su testimonio, también el paso de un hijo de Dios dejará por doquiera una estela luminosa y fragante de amor y buenas obras.

En este pasaje de Filipenses Pablo señala en forma sucinta los beneficios de la ciencia y el conocimiento:

-Que aprobemos lo mejor:  Un hijo de Dios no busca lujos ni halagos. Pero en todo lo que hace trata de usar los mejores materiales.

Nunca olvidaré el testimonio de un hombre muy pobre. Hachero en el monte, no tenía medios para construirse una casa de ladrillos. Vivía a la vera de un río en su rancho de barro y paja. Conocí a su esposa y a sus niñas. Tanto él como ellas vestían ropas gastadas, pero limpias y bien compuestas. No tenía cosa tal como un cuarto de baño con ducha y agua caliente, sino sólo el agua del río. Pero se los veía limpios. El rancho estaba barrido y ordenado, prolijamente blanqueado a la cal y adornado.

Se interesó en la Biblia y el libro de primeros auxilios que yo andaba vendiendo entre los trabajadores del monte. El no sabía leer, pero compró los libros para que sus niñas , que asistían a la escuela, pudieran aprender de ellos. Su amor, en medio de sus escasos recursos educativos, sabía aprobar lo mejor para su familia.

-Que seamos sinceros e irreprensibles para el día de Cristo. Conocer a Jesús es ponerse en contacto con la mente de Dios, en la que no hay engaño ni sombra de maldición. Tan pronto como Cristo es recibido en el alma con verdadera fe y amor, la vida del creyente se transforma.

Cuando de veras vivimos aquella fe que obra por el amor y purifica el alma, el pecado viene a sernos repulsivo y odioso. Hipocresía y fingimiento son alejados de nuestro corazón como manchas viles y aprendemos a vivir en sinceridad y amor, como hijos de Dios y discípulos de Cristo.

Todo cambia en nosotros. Nuestro rostro se ilumina y nace un brillo celestial en nuestros ojos. No hay amaneramiento ni afectación en nuestras maneras y conversaciones. Nuestra palabra es en todo natural y espontánea. Nos referimos a las cosas de la vida con llaneza y sencillez y maneras inocentes. Aprendemos a decir mucho con pocas palabras. Vamos al punto. No exageramos ni disimulamos.

Por la presencia del Espíritu de Dios en nuestro corazón somos capaces de decirlo todo con una sagrada hermosura que reviste de importancia eterna los hechos más comunes.  Vivimos y nos expresamos como si lo hiciéramos en la presencia misma de Dios.

-Que seamos llenos de frutos de justicia, por medio de Jesucristo, para gloria y alabanza de Dios. El amor sabio de Dios llena nuestro corazón. Ya no vivimos nosotros, sino que Cristo vive en nosotros. Y lo que ahora vivimos en esta carne humana, lo vivimos por la fe en el Hijo de Dios, el cual nos amó y a sí mismo se entregó por nosotros.

La Ley de los Diez Mandamientos nos habla de lo que no debemos hacer. Y el Espiritu de Dios nos llena de sabiduría y ciencia y todo conocimiento para que sepamos cuál es el bien que debemos hacer.

Cuando el Espíritu mora en nosotros seremos movidos por él a pensar en qué podemos hacer para bendecir a otros dondequiera que estemos. En cualquier lugar, en cualquier circunstancia y en cualquier tiempo, seremos para otros luz de mundo, sal de la tierra, olor grato, sabor de vida para vida.

Nunca el amor de Dios se manifestó con mayor claridad y profundidad como cuando el Hijo Amado derramaba su vida en la cruz para salvación de muchos. Así también nuestra vida de servicio será ofrenda fragante, aceptada por Dios.

Y toda obra que hagamos en amor de Jesucristo dará gloria a Dios y nuestros corazones se llenarán de un gozo inexpresable.

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