Introducción: La Fe Por La Cual Vivo

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Con los ojos que tengo y la inteligencia que me fue dada me detengo a mirar la naturaleza en sus más diversas manifestaciones y quedo maravillado por el orden, la unidad, el sentido de propósito y la belleza que la caracterizan.

Me basta mirar mi propia mano para quedarme mudo de asombro al ver la manera como está constituida y como acciona. No necesito ir al confín del universo para darme cuenta de que soy parte de una entidad increíblemente grande, compleja y perfecta que llamamos Naturaleza.

Pero hay cosas que mi mente limitada no logra entender por sí sola. ¿Por qué, en medio de tanta perfección, existen enfermedades y muerte? ¿Por qué, en medio de tanta maravilla hay odio y guerra? Luego veo los tulipanes que florecen cada primavera, las aves migratorias que regresan y la fiereza de la hierba que brota verde y pujante apenas pasan los fríos del invierno y pienso que tiene que haber algo poderoso que de continuo renueva la vida después de los tiempos malos. 

Estoy de pie sobre la tierra. Extiendo mis ojos a lo que me rodea y puedo ver cosas hasta cierta distancia. La línea del horizonte me impide ver más allá. Levanto mis ojos al cielo y mi vista se detiene en unas nubes blancas que adornan el cielo por encima de mí. No puedo ver lo que está más allá de las nubes. Entonces digo: hasta el horizonte y las nubes puedo ver, pero no puedo ver lo que está más allá. Hasta allí llega mi alcance humano y mi razón.

Sé que hay cosas más allá del horizonte y de las nubes. Siento que esas cosas afectan mi vida diaria, mi pensamiento y mi sentir. Surgen preguntas en mi corazón que me inquietan para las cuales no hallo respuesta.

Frente a esto me quedan sólo dos salidas posibles: elevarme más allá de las nubes para ver cosas lejanas que desde abajo no puedo ver. O sentarme a imaginar lo invisible como una extensión de lo visible.

Todo lo que puedo lograr subiendo a lo alto es mover el horizonte un poco más allá, o ver una inmensa bóveda azul por sobre mí. Pero siempre quedarán un horizonte lejano por delante y un universo infinito por encima de mí. 

El imaginar se basa en la asunción gratuita de que lo que no se ve funciona como lo que se ve y que las cosas siempre ocurrieron y ocurrirán como ocurren ahora. 

De esta manera surgen las mitologías, las religiones y las escuelas filosóficas. No hay dos personas que imaginen de la misma manera. Cada uno se inventa su propia cosmología.

Lo cierto es que el hombre, sin una mitología, sin alguna religión o sin alguna filosofía no puede vivir. “En algo hay que creer”, dice. Y fabrica toda clase de fábulas con que saciar su sed. Paga grandes sumas por mentiras que tranquilicen su espíritu y alivien sus temores. La fabricación de falacias embriagantes es una de las más poderosas industrias del mundo.

Nunca llegaremos a saber por nosotros mismos qué hay más allá del límite de nuestros alcances humanos. Necesitamos que alguien venga a nosotros desde el otro lado y nos lo diga.

Alguno dirá: “¡Imposible, no hay nadie del otro lado!” Yo le pregunto: ¿Cómo lo sabes? ¿Has recorrido el universo entero buscándolo y no lo has podido encontrar? ¿Cómo puedes saber si algo existe o no en un lugar que nunca has visto y al cual no puedes llegar?

Con estas dudas afligía yo mi alma en mi juventud, hasta que un día Uno que venía del otro lado me buscó y me encontró. Sus credenciales claramente lo señalaban como alguien que no era de este mundo, si bien era semejante a nosotros. El poder de su Palabra trascendía los límites del alcance humano. Hablaba nuestra lengua, pero su sabiduría estaba muy por encima de la de los más grandes sabios de este mundo.

Hace más de medio siglo una Biblia llegó a mis manos. Hurgando en sus páginas encontré la siguiente declaración escrita por el apóstol San Juan al comienzo mismo de su evangelio.

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.

“Este era en el principio con Dios.

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.

“En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”. (Juan 1:1-4)

Y leí más adelante:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad”. (Vers. 14).

“A Dios nadie le vio jamás; el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre, él le ha dado a conocer”. (Vers. 18).

Este ser que venía del otro lado, no era un extraño personaje como en las películas de ciencia ficción, no era un ángel, no era un habitante de otro mundo, sino el mismo Dios Eterno, Creador de todas las cosas y la Luz de los hombres. 

Su nombre  era Jesús. Se lo recuerda como “El Gran Maestro”. Muchos lo siguieron porque creyeron en él. Pregunto: ¿Por qué creyeron en él?

Jesús nunca se esforzó por demostrar que la verdad era verdad. Sencillamente presentó la verdad y dejó a sus oyentes en libertad para creer o no. La persona de Jesús se me presentó como la encarnación misma de la verdad.

La verdad es lo supremo. No existe ningún código que esté por encima de la verdad que nos permita juzgarla. La verdad conlleva su propia evidencia. La verdad no puede demostrarse, sólo puede aceptarse o rechazarse.

Muchos creyeron en él:

Juan 2:23

“Estando en Jerusalén en la fiesta de la pascua, muchos creyeron en su nombre, viendo las señales que hacía”.

Juan 7:31

“Y muchos de la multitud creyeron en él, y decían: El Cristo, cuando venga, ¿hará más señales que las que éste hace?”

Juan 8:30

“Hablando él estas cosas, muchos creyeron en él”.

Juan 3:2, 3

“Había un hombre de los fariseos que se llamaba Nicodemo, un principal entre los judíos.

“Este vino a Jesús de noche, y le dijo: Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro; porque nadie puede hacer estas señales que tú haces, si no está Dios con él”.

Muchos creyeron en él porque vieron sus obras y oyeron sus palabras.

No pude tener una conversación personal con él. La Biblia dice que ascendió a los cielos y está sentado a la diestra de Dios.

Pero tengo su Palabra. En ella lo conocí por primera vez y mediante ella aprendo acerca de él cada día por más de cincuenta años. La Biblia llegó a ser para mí un libro viviente, un manantial inagotable. No puedo demostrar su existencia en los cielos ni afirmar científicamente el cumplimiento de sus profecías y promesas. Pero creo en todas estas cosas porque su Palabra me da más evidencias que las que necesito para creer. Y la evidencia más grande es el cambio que hizo en mi vida. Yo era un buscador ansioso, ahora soy un poseedor dichoso. Yo estaba perdido, pero he sido hallado. Gemía en el frío de la noche, sin esperanza y sin Dios en el mundo, pero ahora me veo perfectamente abrigado y seguro en las manos de Dios y unido a las otras ovejas de su redil.

Quisiera que tú también tengas el gozo que anima mi corazón. Pero no tengo argumentos científicos ni filosóficos para ayudarte. Sólo puedo invitarte a que leas la Palabra del Señor como yo lo hice en el pasado, que vengas en contacto con él. Si lo haces percibirás el poder irresistible que brota de su Palabra, verás la luz y el amor que emanan de su persona.

Si lo dejas entrar en tu corazón, él cambiará tu vida. Te llenará de amor, gozo y esperanza. Si lo rechazas, tu luz se volverá tinieblas y tus pies, ahora vacilantes, se extraviarán por los senderos del error.

Déjame decirte con el Apóstol Pedro: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy; en el nombre de Jesucristo de Nazaret, levántate y anda”. (Hechos 3:6).

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