La ordenación de la mujer al ministerio

Sí, el hombre es cabeza del hogar y cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia. Eso está más que claro en las Escrituras. Pero veo que este punto no está claro en la mente de muchos creyentes.
Recuerda que, como bien lo explica Elena de White, en la creación las cosas no eran exactamente así. La entrada del pecado trajo algunos cambios. La mujer no fue en el origen tomada de un hueso de la cabeza de Adán para reinar sobre él, ni de los pies para ser pisoteada por él, sino del costado, de una costilla, para ser su igual, su segundo yo, su ayuda idónea. En el Edén no había pecado, pero había un tentador, por eso, según Elena, Dios mandó a la mujer que no se separara de Adán para no enfrentarse sola al tentador. Ella no obedeció puntualmente el consejo de Dios y se fue separando de él y así fue engañada por la serpiente.
Habiendo caído en el pecado tanto ella como Adán, sus mentes cambiaron. Tuvieron miedo, se sintieron desnudos, se escondieron. Dios vino y profetizó acerca de lo que ocurriría: la mujer daría a luz con dolor sus hijos, sus embarazos se multiplicarían y quedaría sometida a la voluntad del hombre quien, usando de su mayor fuerza, la sometería por las buenas o por las malas.
En ese estado de pecado el hombre fue señalado por Dios como guardián y protector de su mujer y ella debería estarle sumisa por su propia seguridad. Este es un reajuste de las normas de su relación mutua que los ayudaría a enfrentar las adversidades de la vida. Esta autoridad del hombre dada para bien de la mujer, fue pervertida para mal de ella entre los paganos al punto de tratarla como un objeto que pude comprarse y venderse o que puede destruirse a voluntad de su amo. Hoy se trata a la mujer como un mero objeto de placer, un adorno o un motivo de atracción con fines publicitarios.
Los hijos de Dios, a lo largo de las edades se mantuvieron alejados de tales prácticas impías, si bien algunos adoptaron la poligamia iniciada por Lamec, sexto desde Caín. Dios tuvo paciencia con esta práctica denigrante por siglos hasta que llegara el tiempo de reformar las cosas.
Al pueblo de Israel Dios le dio leyes que limitaban los abusos de los hombres hacia las mujeres. Esta ley los distinguía de los pueblos paganos. No combatió de frente la poligamia pero le puso límites claros que tendían a desanimar su práctica. La sabiduría de sus consejos fue avanzando con el correr de las generaciones. Hacia los días de Jesús, los judíos ya casi habían abandonado del todo esta costumbre y se casaban con una sola mujer.
Al venir Jesús la luz se derramó por completo. Su venida marcó el tiempo de reformar las cosas. El apostol Pablo, en Efesios, restaura el principio original del Edén al mandar a los hombres que amen a sus mujeres así como Cristo amó a la iglesia. Notemos cómo se expresa (Valera Contemporánea):
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21 “Cultiven entre ustedes la mutua sumisión, en el temor de Dios. 22 Ustedes, las casadas, honren a sus propios esposos, como honran al Señor; 23 porque el esposo es cabeza de la mujer, así como Cristo es cabeza de la iglesia, la cual es su cuerpo, y él es su Salvador. 24 Así como la iglesia honra a Cristo, así también las casadas deben honrar a sus esposos en todo.” 
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25 “Esposos, amen a sus esposas, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, 26 para santificarla. Él la purificó en el lavamiento del agua por la palabra, 27 a fin de presentársela a sí mismo como una iglesia gloriosa, santa e intachable, sin mancha ni arruga ni nada semejante. 28 Así también los esposos deben amar a sus esposas como a su propio cuerpo. El que ama a su esposa, se ama a sí mismo. 29 Nadie ha odiado jamás a su propio cuerpo, sino que lo sustenta y lo cuida, como lo hace Cristo con la iglesia.”
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Esta enseñanza del apóstol era una enseñanza nueva aún para los judíos. Va más allá de las leyes dadas mediante Moisés quince siglos antes en el Sinaí. Podría contarse con las enseñanzas de Jesús cuando decía: “Oísteis que fue dicho. . . Mas yo os digo. . .” Con la presencia de Jesús, la luz de su presencia y su demostración de un amor infinito en la cruz del Calvario, Pablo tenía elementos poderosos para llevar a los cristianos un paso más adelante en la compresión de la relación matrimonial.
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A la mujer le dice que respete a su esposo y se someta a él así como al Señor.
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Al hombre le dice que ame a su mujer como Cristo amó a la iglesia. . . Preguntémonos: ¿Cómo amó Cristo a la iglesia? ¿Enseñoreándose de ella? ¿Reclamando de ella obediencia? ¿Tratándola como un objeto de placer? ¿Situándola en un plano inferior, sólo por ser mujer? No, sino procurando todo bien para ella al punto de dar su vida por ella. Esta autoridad nacida del amor, cumple la premisa con la que el apóstol inicia su presentación:
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21 “Cultiven entre ustedes la mutua sumisión, en el temor de Dios.”
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En la práctica, la mujer cristiana busca seguridad y protección en su esposo. El es para ella su castillo fuerte, la ciudad de refugio adonde puede correr cuando la tribulación la persigue, el pecho amoroso donde llorar sus frustraciones.
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El esposo busca descanso y consuelo en su esposa. Las caricias de ella sanan las heridas de su lucha diaria. Ella es para él su mayor orgullo y el gozo más grande de su corazón. Por ella es capaz de afrontar cualquier riesgo. No le importan los sacrificios si tan sólo puede hacer feliz a su mujer y ayudarla en la crianza de sus hijos.
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También el hombre es responsable ante Dios de lo que suceda con su familia así como Cristo tomó bajo su responsabilidad todo lo que sucede en su iglesia. Si el hombre falla en ser el guía de la familia y deja la carga sobre la mujer, ella no es condenada por hacer el oficio del hombre, sino por el contrario, es alabada por el Señor, pero el hombre negligente tiene una cuenta grande que rendir ante Dios.
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¿Por qué Dios eligió hombres para el sacerdocio? ¿Por qué en las edades pasadas no mandó que se ordenaran sacerdotisas ni pastoras?Pues por la misma razón por la que en su ley puso límite a los abusos contra la mujer. El Señor ama a la mujer, la culminación de su obra de creación, y no quiere verla maltratada por hombres embrutecidos por el pecado. Por eso la recluye en el hogar y al cuidado de sus niños. Dios honra grandemente el ministerio de la mujer en su hogar, en la educación de sus hijos y en ayudar idóneamente a su marido. Pero esa reclusión no es una regla de Media y Persia, sino un intento de proteger a la mujer y ubicarla donde puede realizar la mayor suma de bien. No porque sea inferior al hombre, porque Dios los creó iguales. Sino, como dice Pedro, para honrarla porque ella “como mujer, es más delicada.” Veo que algunos confunden estas reglas de prudencia generales con un “principio” eterno como lo es un mandamiento del decálogo. El único principio que está involucrado aquí es el amor a la mujer: no exponerla al maltrato de la sociedad y especialmente de los hombres.
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Poner una mujer en el ministerio pude ser aprobado por Dios si al hacerlo no se quebranta el verdadero principio del amor. Pero si se la expone innecesariamente al vituperio y al maltrato de los ignorantes y corruptos y ella, por ser más delicada, no puede soportar la carga sino que se enferma; Dios lo verá con gran disgusto. Tal acto no puede ser aprobado por Dios por cuanto se le pide a una mujer que haga el trabajo que El señaló claramente para el hombre y con ello se atenta contra su vida.
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Yo nunca vi en mis iglesias la necesidad de ordenar ancianas. Pero algunas iglesias no tienen quien ocupe el lugar de ellas. Es de todos conocido el hecho de que en promedio, hay más mujeres asistiendo a las iglesia que hombres. Tampoco conozco la razón por la que algunos campos insisten tanto en ordenar mujeres. Pero si la ordenación no implica una tarea que la mujer no puede llevar a causa de su condición más delicada, y ella está feliz con lo que hace y se siente llamada por Dios al ministerio y ello no implica el abandono de su ministerio de madre y esposa, no veo ninguna objeción bíblica para ello.
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Es más, la historia del cristianismo nos muestra a las claras que muchas mujeres han hecho grandes cosas para Dios y han sido bendición para muchísimas almas.
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