Un Conocimiento Necesario

Son las dos después de medianoche. Mi esposa y yo dormimos profundamente después de un día de ardua labor. Suena el teléfono. . .

-¡Papi, el teléfono, debe ser Isabel!

Tratando de despertarme tomo el teléfono:

-¡Hello! Pastor Perrone speaking. . .

(Una voz de mujer, oscura y desesperada dice:)

-Quiero morir. . .

(Largo silencio.)

-Hermana Isabel, aquí estoy para servirle. (Respondo en tono cálido y sereno.)

(Largo silencio.)

-Quiero ver mi sangre. . .

(Silencio. . .)

-Aquí estoy, hermana, para oírle.

(Largo silencio. . .)

-Tengo un cuchillo en mi mano para cortarme las venas. . .

-Un cuchillo. . . (repito como haciendo eco a sus palabras.)

(Silencio prolongado.)

-Sí, quiero morir. . .

(Isabel padece de un serio problema mental desde su juventud. Su vida está llena de desastres de todo tipo. Fue forzada sexualmente cuando era una adolescente. Sus padres no entendían su problema. La policía y los servicios de emergencia la conocen. Cada poco tiempo tienen que ir por ella a causa de sus frecuentes brotes psicóticos y sus intentos de suicidio. Vive sola en un pequeño apartamento.)

Llegó a la Iglesia Adventista mediante un programa radial local. Llamadas telefónicas nocturnas como la que describo eran frecuentes al comienzo. Podían durar hasta dos horas.

Su voz sonaba ronca y pesada y trasuntaba desesperación. Yo hablaba muy poco. Sólo respondía como haciendo eco de sus palabras. Las pausas eran largas y penosas, pero yo nunca trataba de llenarlas con palabras mías. Me mantenía en actitud de oír. Cuando el silencio se extendía mucho le decía algo como: “aquí estoy hermana, diga usted.” Dejaba que ella “oyera” su propio silencio mediante mi silencio y sus propias palabras a través del eco que yo hacía de ellas.

Después de un largo tiempo en esta condición yo podía notar que la tensión de su voz disminuía. Al percibir que alguien la escuchaba con amor cristiano, su desesperación iba cediendo y se iba encendiendo una luz en su corazón ensombrecido.

De pronto efectuaba un vuelco total y repentino:

-¡Hola pastor! ¿Cómo está usted? ¿Cómo está Ana María?

(Luego continuaba:)

-Pastor, ¿usted me llamó a mí o yo lo llamé a usted?

-Usted me llamó a mí. ¿Que tiene de bueno para contarme, mi hermana?

(La conversación tomaba ahora un ritmo más normal. Se la notaba feliz de a ratos y a la vez dolorida por el horrible momento que había tenido que pasar.)

-¿Le gustaría que le cantemos a Jesús? (Le preguntaba.)

-¡Sí, claro!

(Generalmente yo comenzaba a cantar “Mi Dios me Ama” y ella trataba de seguirme. Luego teníamos una oración y de vuelta a dormir. . . después de dos horas. . .)

El caso de Isabel fue una dura prueba para mi ministerio. Yo nunca había estudiado psicología ni mucho menos psiquiatría. De buena gana hubiera derivado ese caso a un especialista. Pero ella ya estaba bajo atención psiquiátrica, su caso era conocido en los centros médicos de la ciudad. Ella me buscaba a mí porque al oír mi voz en la emisora de radio local le había nacido una esperanza.

Por tratarse de una dama, tomé el caso junto con mi esposa. De hecho, jamás la visitaba sin ella y la mantenía al tanto de todo. Fue una experiencia dura tanto para mi esposa como para mí, llena de frustraciones. Pero dio sus frutos.

Notando el amor sincero de nuestro trato, Isabel se sintió de pronto en un mundo totalmente nuevo que no conocía. Por vía del amor cristiano logramos persuadirla de que debía tomar sus medicamentos. Y así lo hacía. Experimentó un cambio que sorprendió a los médicos. Se abocó al estudio de las Escrituras y pronto tuvo un conocimiento admirable de las cosas del Señor.

Con todo, de tanto en tanto tenía otro brote psicótico o estado de depresión agudo y volvía a llamarnos a las dos de la madrugada, cuando su desesperación, al no poder dormir, llegaba a su clímax.

Quiso bautizarse. Aquel fue un gran día para ella.

Pero era evidente que, sin un control médico estricto su caso iba a ser imposible. Ella descuidaba su medicación después de un tiempo y volvía por el camino viejo. Finalmente fue alojada en una casa para enfermos mentales controlables. Tiene libertad para entrar y salir. Tiene su propio cuarto y nada le falta, pero tiene también personal médico que la tiene en continua observación y no le permite que deje de tomar sus medicamentos.

Creo que fue el Señor el que puso a esta pobre alma atribulada en mis manos para que yo la ayudara. De alguna manera, nuestro Dios me fue mostrando el camino por el cual yo debía andar. Al parecer, mi obra consistió en llevarle esperanza mediante la cruz de Cristo a una persona que había perdido toda esperanza. Y por esa esperanza ella fue aceptando algunas reglas y condiciones tendientes a mejorar su estado mental, que antes rechazaba con energía.

Dice la Escritura que Jesús pidió a Pedro que le permitiera subir a la barca y que la alejara un poco de la orilla “Porque había sanado a muchos; de manera que por tocarle, cuantos tenían plagas caían sobre él.” (Marcos 3:10)

Así sucede también con los ministros. Algunos son compasivos y tratan de hacer algo. Otros se espantan, como los discípulos ante el endemoniado gadareno y huyen. Otros, aún, ven en esto un estorbo para sus planes y la consecución de sus metas humanas y dan oídos sordos.

El hecho es que estos casos de almas desesperadas abundan y abundarán cada día más a medida que nos acerquemos al fin de los tiempos. Todo pastor que lo sea de corazón no huirá espantado ni se apartará con frialdad, sino que tratará de ayudar.

La pregunta que surge ahora es ¿Cómo ayudar? ¿Qué deberíamos hacer en un caso así? Recuerdo a un viejo colega que me decía: “Lo que tienes que hacer es darle una serie de estudios bíblicos.” Mi pobre colega no sabía lo que decía. Es imposible seguir un proceso ordenado con una mente que está continuamente saltando de un lugar a otro y con estados de ánimo diametralmente opuestos de un momento a otros. Todo lo que yo podía hacer con Isabel era dar respuesta bíblica breve, pero llena de esperanza, a las inquietudes quemantes de su corazón en el momento en que éstas aparecían y su corazón estaba abierto para recibir.

El conocimiento de la mente humana es la ciencia más elevada del universo. “La mente da para todo” solía decirme una psicóloga amiga años atrás. En “El Ministerio de Curación”(*) hay muchas páginas dedicadas al conocimiento de la mente humana y a las Escrituras como fuente principal de tal conocimiento.

¿No crees que, como pastores, deberíamos abundar más en esto? ¿Tienes experiencias propias para compartir? ¿Qué opinión te merece mi forma de actuar con Isabel?

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“El Ministerio de Curación” es una colección de citas de artículos y libros escritos por la escritora adventista Elena White. En la sección “NOTAS Y ARTÍCULOS” puedes leer el capítulo “La Cura Mental” de dicho libro, en el que la autora señala a las Escrituras como fuente primaria del conocimiento de la mente y como poderoso instrumento en sí misma para elevar y sanar la mente enferma. Presiona sobre el siguiente vínculo: http://pastorcarlosperrone.com/notas-y-articulos/la-cura-mental/

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