Acerca de la Música en la Iglesia.

Leo y oigo discusiones acerca de la música apropiada para la iglesia que me dejan perplejo y no logro entender mucho de lo que se dice. Desde hace algunos años soy testigo de la aparición de diversas tendencias musicales en la Iglesia Adventista y del conflicto de opiniones y sentimientos que tales cambios originan entre la hermandad.

No soy extraño a la música. La cultivo desde mi juventud. Cuando era aún un adolescente me sentí fuertemente atraído por la música llamada clásica. Compré una famosa serie de discos de vinilo de larga duración de la revista Reader’s Digest, llamada “28 Joyas  Musicales.” Luego otra de la misma editorial llamada “Ligeros de los Clásicos.” Pero la primera colección fue siempre mi preferida. Esto fue en los años ’50.

Cuando conocí al Señor, en el ’64 mi gusto por la música culta era ya muy elevado. Los himnos de la iglesia me resultaron un deleite y por medio de la iglesia y la cultura cristiana llegué a conocer mucha música de la calidad más sublime.

El rock n’ roll me fue odioso desde los tiempos de Elvis Presley. Lo consideraba como la “anti-música,” es decir, lo opuesto a la música. Mi esposa tiene los mismos gustos que yo, y mis cuatro hijos jamás gustaron del rock.

Digo esto para dar a entender cuál es el trasfondo de mi mente y de mi corazón en relación con la música.

Ahora bien, aun así, hay piezas populares que me gustan en casi todos los géneros. Algunas son verdaderas obras de arte musical. Otras son manifestaciones genuinas de uno u otro entorno cultural en el que se exponen emociones y sentimientos muy legítimos del corazón humano. Esas canciones no tienen letras religiosas, pero expresan un clamor del alma, o un sentimiento de gratitud, o exaltan la belleza de la naturaleza o del amor. Tales canciones no me hacen mal, sino, por el contrario, me ayudan a entender mejor el espíritu humano en sus luchas y el dolor de los que aún no conocen al Señor.

Encuentro tales expresiones en el tango rioplatense, en el folclore de mi país, en la música de toda la América Hispana. En el flamenco andaluz he hallado expresiones muy bellas y auténticas. En la música italiana también: me gusta cantar: “O Sole Mío” (dialecto napolitano,) “Santa Lucia” (italiano), “Il Mazzolin dei Fiori” (piamontés, canción reputada como de ebrios, pero con una bellísima letra de amor.) “Mamma” (italiano. Canción del hijo emigrante que retorna a su madre cuando ésta es ya anciana.)

 

Dentro de cada género hay canciones que por su legitimidad y buen gusto han llegado a ser “clásicos” de la música “popular.”

Algunas tienen bella música pero la letra encierra ciertas alusiones picarescas que no las hace recomendables para un cristiano. A lo menos en mi apreciación personal. Félix Mendelsshon incluye en su “Sinfonía Italiana” la melodía de una canción popular tradicional italiana: “Bella Ragazza della Treccia Bionda” (Bella muchacha de la trenza rubia.) La letra tiene un tinte “non sancto.” Pero Mendelsshon sólo rescata la bella melodía y se desentiende de la letra.

Yendo a la música de la iglesia: Por cierto me gustan mucho los himnos tradicionales. Son los “clásicos” del canto congregacional, que han soportado la prueba de los años. Algunos de ellos son verdaderas gemas del arte musical cristiano. Pero no dejo de apreciar las expresiones genuinas en otros géneros de música cristiana. Hace unos doce años asistí a un concilio ministerial en Oakwood College, Alabama. Una hermana morena cantó una alabanza en un estilo de “Negro Spiritual” sin diluir ni azucarar. Era una auténtica expresión del pueblo afro-americano cristiano, que no había sido suavizada ni rebautizada al gusto de los blancos. En medio de los requiebros de su voz pude percibir la profunda unción del corazón de la cantante. Se trataba de una expresión genuina de su espíritu y de su amor a Dios. Con todo, el género de su arte podría sonar como Blues o Jazz para nuestros oídos hispanos.

En otra ocasión escuché a una joven cantante en Esperanza TV cuyo espíritu me pareció muy genuino. La seguí en una red social y en su sitio personal y noté que su estilo era de “Pop Rock.” Este tipo de rock es más suave y melódico que el tradicional. En algunos casos toma la forma de baladas lentas. Por cierto, el tipo de música que usaba no era el de mi preferencia. Pero no podía ignorar el hecho de que su expresión era auténtica. En uno de sus vídeos podía ver detrás de ella una banda formada por teclado electrónico, guitarra eléctrica, bajo eléctrico y batería. Por momentos ella misma tocaba el teclado y cantaba al mismo tiempo.Parecía estar cantando en un lugar interdenominacional. Un auditorio joven la seguía con entusiasmo visible. En verdad su música no me sonaba como el rock pesado o ruidoso que me destroza los nervios, sino como una explosión de entusiasmo juvenil en el acto de alabar a Dios. A pesar del género en que se expresaba, que en general no me gusta, no podía dejar de ver un espíritu genuino en lo que hacía. También la oí cantar himnos tradicionales, pero no era lo mismo. Su fuerte era el “Pop rock.” Finalmente terminé escribiendo la letra de una canción de alabanza y se la envié, para que ella le agregue la música según su sentir.

No soy un musicólogo, sino un simple aficionado a la música. Y como tal me atrevo a expresar mi opinión sencilla: No debemos juzgar la música por su género, ni por los instrumentos que se usan para ejecutarla. En todos los géneros –a excepción de unos pocos que son inaceptables– hay cosas buenas y cosas malas. Todos los instrumentos son buenos cuando se los ejecuta con el debido espíritu. Lo importante no es tanto la forma sino la autenticidad cristiana de una obra. O dicho de otra manera: la pureza y el amor con que se expresa la alabanza. 

En el género clásico no todo me gusta sólo porque lleve el rótulo de “Clásico.” Evito la música de Wagner, la de Franz Liszt, y de otros autores que no parecen conducirlo a uno a la luz, sino más bien a las tinieblas. Pero escucho con deleite todo lo que nos llega del Renacimiento y del Barroco. Juan Sebastián Bach pertenece al Barroco en la música. Del período clásico me gustan Mozart y Beethoven entre otros. Y de épocas más recientes puedo mencionar a Edvard Grieg, Johan Sibelius, Igor Stravinsky, Isaac Albéniz, Joaquín Rodrigo, Federico Moreno Torroba,  Mario Castelnuovo Tedesco, Francisco de Tárrega, Agustín Barrios, etc.

También escucho con interés y agrado expresiones de alabanza a Dios en géneros que no son de mi preferecia pero que son auténticas. Me gustan las alabanzas de José Ocampo, en su estilo mexicano. Pero me desagradan las expresiones faltas de autenticidad en cualquier género: alguien que está tratando de imitar a otro, o queriendo mostrarse parte de un género que no le pega ni con cola; o queriendo dar un mensaje que no siente ni vive o simplemente tratando de atraer la atención hacia su persona.

Con todo, debemos recordar que muchos hermanos hacen acepción de géneros y de instrumentos. Para algunos una guitarra eléctrica en la plataforma de la iglesia es pecado, como lo serían también los tambores, bombos y platillos. Mi sugerencia es que no se argumente con ellos, porque podríamos herir innecesariamente sus sentimientos. Ellos quieren darle a Dios lo mejor. Más bien, diría yo, que cada iglesia trate de ver la preferencia local, conforme a su cultura y establezca algunas normas que cuiden tanto de la autenticidad de una expresión de alabanza como de la sensibilidad de la congregación respecto de su género. Podría hacerse una diferencia entre la música de adoración del culto divino y la música de celebración y alegría de la Sociedad de Jóvenes. La música y el canto podrían tener un tinte diferente en un campamento o durante una caminata. Pero en cada caso el Señor debería ser glorificado.

En ciertos lugares y culturas podría haber instrumentos que evoquen pensamientos y sentimientos mundanos. En tal caso sería mejor no usarlos. No por causa del instrumento en sí. Sino por el efecto negativo que tales presentaciones podrían tener sobre hermanos que, a causa de su viejo estilo de vida, no pueden menos que relacionarlos con música profana. Pero, repito, el problema no está en el instrumento, sino en la mente del oyente.

Notemos algunas declaraciones de E. G. White:

“El uso de instrumentos musicales no es de ninguna manera objetable. Estos se utilizaron en el servicio religioso en la antigüedad. Los adoradores alababan a Dios por medio del arpa y el címbalo, y la música debería tener su lugar en nuestros cultos.”—El Evangelismo, 365 (1898). {EUD 76.2}

“Un plan bastante común en Suecia, pero nuevo para nosotros [esto fue escrito a fines del siglo XIX,] fue adoptado para suplir la falta de un órgano. Una dama que ocupaba un cuarto adjunto a la sala de reuniones, y quien tenía a su cargo el edificio, era una hábil guitarrista, y poseía una voz dulce y musical; en el servicio público ella acostumbraba a suplir el lugar del coro y del instrumento. A pedido nuestro ella tocó y cantó al comienzo de nuestras reuniones.”—Historical Sketches of the Foreign Missions of the Seventh Day Adventist, 195. {MPa 206.2}

En fin, me quedo con la impresión de que hay una lucha entre el fondo y la forma; entre el espíritu y la letra. Hay ciertas formas, o ritmos, que no parece que podrían alguna vez servir para la alabanza por cuanto fueron concebidos para expresiones sensuales y bajas. Esas formas, que no quiero nombrar, las descarto de plano. Pero no ocurre lo mismo con todas las formas populares. En muchas de ellas hay espacio para expresiones sanas y genuinas. El usar o no de ciertas formas es asunto de buscar el mejor consejo en la Palabra de Dios, en los escritos de EGW y en las opiniones de hermanos sabios de nuestra iglesia, y del mundo cristiano, que están en condiciones de aconsejar lo mejor.

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¡Muchas gracias!

 

2 pensamientos en “Acerca de la Música en la Iglesia.

  1. Veo un balance muy maduro y equilibrado en tus palabras. Me identifico plenamente con tus pensamientos. Gracias por tu sinceridad y por compartir tus pensamientos. Lo aprecio mucho.

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