Qué hacer con una iglesia muerta

Mi esposa y yo viajamos mucho por el sur de la provincia de Ontario, Canadá, donde vivimos. En nuestros viajes pasamos a menudo por pueblitos antiguos y pintorescos. Y en todos vemos siempre algo muy singular: un pequeño cementerio junto a una iglesia. Así se hacía en otros tiempos. Las iglesias tenían sus propios cementerios donde enterraban a sus miembros fallecidos.

Suelo hacerle este comentario a mi esposa: “Mira madrecita qué gente tan pacífica la que está allí. Quizá cuando vivían andaban como perros y gatos dentro de la iglesia. ¡Pero ahora están tan tranquilos! Ninguno critica al pastor, nadie se fija en cómo viste o se peina la hermana Tal, nadie se queja de cuán majaderos son los hijos del hermano Cual. Y no hay como ellos para estar a tiempo en la iglesia. Están allí antes que ninguno, antes que el diácono y antes que el pastor. ¡Una hermandad ejemplar!

El sabio Salomón dice que “los que viven saben que han de morir, pero los muertos nada saben. . . su envidia y su odio fenecieron ya y no tienen más parte en lo que se hace debajo del sol.” Es decir, están en completa paz.

Cuando los miembros de una iglesia están muy, muy tranquilos, y no tienen problemas, pero no hay ganancia de almas ni crecimiento de iglesia, es seguro que todos están “muertos en sus delitos y pecados” y necesitan que la misericordia del Señor les dé una nueva vida en Cristo. ¡Viven cada día debajo de una lápida y no se dan cuenta!

He sido pastor de iglesias así. Todo parece estar muy bien, pero nada está bien. Puede haber orden y organización. Las finanzas pueden andar de lo mejor. Pero falta la presencia de Dios, sin la cual todo eso que parece bueno no vale nada. No pasa de ser hueco formalismo.

Ahora bien, ¿Qué se puede hacer por una iglesia así? La respuesta de la Palabra de Dios y de la experiencia práctica es: “Nada;” absolutamente nada desde el punto de vista humano.

Tú puedes lastimar tus pies yendo de una casa a otra explicando la Palabra y. . . nada. Puedes darles cursillos de estudios bíblicos para afirmar los puntos fundamentales de la fe. Te oirán con mucho agrado, pero. . . nada. Puedes hacer campañas de evangelismo con los mejores temas y los mejores materiales, y así y todo. . . nada. Luchas, trabajas, llegas agotado a dormir, te desvelas, te levantas temprano en la mañana, vas dejando tu sangre a cada paso y al llegar el fin de año te encuentras con. . . nada.

Si tuvieras en tu iglesia al menos uno o dos miembros fieles y amantes del Señor, tendrías esperanza. Ellos serían tus ayudadores. Con ellos orarías y trabajarías y verías el fruto de tu labor. Pero si estás totalmente solo frente a la fríamente amable y políticamente correcta actitud de hermanos muertos, o fósiles, todo lo que puedes esperar de tu trabajo es: nada.

Si te afanas por traer nuevos miembros a la iglesia y los visitas en sus casas estudiando con ellos acerca del amor de Dios y luego los traes a la iglesia, es probable que el choque de su fe inocente con esa fría y endurecida formalidad farisaica los confunda muy hondamente y ya no quieran regresar. He sufrido de este mal muchas veces. Les sucede lo mismo que al paralítico de Capernaúm que vino a ver a Jesús, imposibilitado de caminar y cargado por cuatro: los mismos “miembros de iglesia” no le dejaban llegar al Señor. Felizmente los cuatro que lo cargaban tenían fe, y por esa fe abrieron un agujero en el techo de la casa de Pedro y lo pusieron en la presencia misma del Señor.

¿Qué hacer con una iglesia así? Veamos algunas cosas que se hacen por allí:

¿Reprender duramente a los miembros desde el púlpito? No niego que en algún caso esto pueda ayudar. Quizá logres que se compunjan de corazón y traten de hacer algunos cambios momentáneos. Pero pronto se les olvida todo y vuelven a su rutina. La muerte espiritual no se cura con una aspirina. Lo que tomó años en destruirse no puede ser arreglado con un sermón. Si te impacientas con ellos perderás su aprecio y cerrarás la puerta de su corazón a tu mensaje. Ninguna flor se abre bajo la violencia del huracán, sino al calor amoroso de los rayos del sol. Es muy posible que muchos, antes que tú, hayan intentado lo mismo. Y que ellos hayan ensordecido sus oídos y ya no hay mensaje duro que los conmueva.

¿Limpiar la iglesia de toda cizaña? Te reúnes con la junta directiva decidido a borrar de la lista de miembros a todos lo que tienen mal testimonio y a censurar a los que andan mal, pero no tanto. ¡Hay que limpiar la casa del Señor! Y te sientes todo un Nehemías. ¡Cuidado! Nunca procedas así sin el debido consejo de la Palabra de Dios y de siervos de Dios de experiencia. ¿Qué lograrías actuando apresuradamente? Crear un tremendo conflicto entre los hermanos al poner a unos como jueces de otros. Además, no quitarías la cizaña, sino que la fortalecerías. El resultado sería que pobres almas atribuladas, caídas en pecado y con mal testimonio, pero que en lo profundo del corazón buscan a Dios (como el publicano de la parábola del Señor) fueran alejadas de su Salvador y que los fariseos de siempre (que ayunan dos veces por semana y dan diezmos de todo lo que ganan) quedaran a la cabeza como piedras de tropiezo a todos los que el Señor está llamando de las tinieblas a su luz admirable.

Una iglesia de esta naturaleza, desprovista del poder y de la sabiduría de Dios, no está preparada para administrar disciplina. Esta es una tarea exclusiva del Señor que él realiza a través de sus siervos escogidos y probados. Dios tuvo que esperar que toda la generación pecadora que cruzó el mar rojo muriera y que se suscitara una nueva generación educada en el desierto de la prueba y la aflicción para ejecutar los juicios sobre los pueblos absolutamente corrompidos de Canaán. Una iglesia muerta nunca debería administrar disciplina porque haría mucho daño al usar instrumentos carnales en lugar de los espirituales. Recuerda el caso de la mujer sorprendida en adulterio, y la actitud de Jesús hacia los que querían apedrearla. Ninguno de esos celosos jueces fue hallado digno de juzgar a la mujer. Finalmente, el Señor de la Misericordia tampoco la condenó–pudiendo hacerlo–porque vio en ella una candidata para el reino de los cielos.

¿Elaborar planes interesantes para poner la iglesia en movimiento? No pierdas el tiempo tratando de convencer a un grupo de esqueletos secos acerca de la mejor manera de caminar. Nunca lo lograrán. Necesitan músculos, tendones, corazón y sangre espirituales. No entenderán tus planes mejor que los que duermen bajo las lápidas, allá afuera. Te lo digo por experiencia. Los planes presuponen un pueblo dispuesto. No funcionan con huesos secos.

¿Qué hacer, entonces?

1.- Reconocer que la obra es de Dios y no tuya. ¿Estarías tú, por ventura, más interesado que el Señor mismo en la salvación de esos hermanos muertos y en el crecimiento de esa iglesia estancada? ¿Tendrías tú mejores planes de acción que el que creó el universo? ¿Llegaste al ministerio por fe en ti mismo o por fe en Dios? ¿Dónde está esa fe cuando tu corazón se turba y piensas que todo está perdido y que tú eres un fracaso?

Tu primer paso debes darlo dentro de ti mismo: Confía en Dios. Ten fe en que él tiene el poder y la sabiduría para hacer la obra. Reconoce ante el Señor tu total ineficiencia, tu absoluta incapacidad para resucitar una iglesia muerta. Cae de rodillas ante el Todopoderoso y reclama sus promesas con agonía de alma, como lo hacía Moisés. La chispa del reavivamiento debe encenderse primero en tu corazón, antes de que pueda encender a otros.

Tan pronto como tu corazón se haya vaciado de todo egoísmo y de toda gloria humana, entonces ocurrirán milagros. “Cosas que ojo no vio ni oído oyó. . . son las que Dios ha preparado para aquellos que le aman.”

2.- Procura llegar al corazón de los hermanos. Si no logras unirte a ellos corazón con corazón, el cambio que anhelas realizar por el poder de Dios jamás se producirá. El amor de Dios necesita hallar un canal en tu propia alma para llegar a tus miembros de iglesia.

Lo primero que debes hacer es orar por ellos, por cada uno, para que puedan ser bendecidos con la presencia de Dios. Ruega al Señor que te dé amor sincero y profundo hacia cada uno, no importa cuán secos estén sus huesos ni cuán repulsiva sea su apariencia. Sencillamente ámalos con el amor de Cristo. No pienses que te deben algo, que debieran hacer esto o aquello. Ámalos como lo que son: huesos secos, sepulcros blanqueados, higueras estériles. Ámalos.

Mientras oras por ellos sin cesar deja que el Señor te vaya mostrando sus necesidades. Pon interés en su bienestar espiritual y su salvación. No necesitas investigar sus vidas ni hacerles preguntas acerca de sus asuntos personales y privados. Ellos mismos percibirán que los amas y tienes interés en hacerles bien y vendrán a ti con sus problemas. Escúchalos. Quédate con lo que ellos te dicen. No trates de escarbar ni de mezclar tus propias impresiones con las palabras de ellos. Sólo escúchalos con atención y verdadero interés. Puedes pedirles que clarifiquen alguna idea. Esto podría abrir cámaras oscuras de su alma que han estado cerradas por años, aun para ellos mismos. Déjalos que se descarguen. Dales un oportunidad de conocerse a sí mismos por las palabras que salen de sus propias bocas. Luego ora con ellos por el problema que ellos han manifestado. Si tienes un buen consejo para ayudarles, exprésate con sencillez. Si puedes darles una mano para salir de su pozo en que han caído, extiéndesela. Continúa orando por ellos y conforme parezca prudente, al volver a verlos pregúntales cómo les va. Puedes llamarlos por teléfono.

Toda vez que te encuentres con ellos, muéstrate feliz de verlos: “¡Mi querido hermano, cuánto me alegra verlo, el Señor lo bendiga! Y no te olvides de mostrar aprecio por algo que el hermano es o por algo que tiene. Este aprecio tiene que salir de tu corazón amante. Todo lo que sale del corazón, llega al corazón.

3.- Predica la Palabra. En el idioma inglés suele usarse un dicho interesante: “Habla dulcemente y carga un palo grande.” El palo, en nuestro caso, es  la poderosa Palabra de Dios. El gritar como un loco en el púlpito no ayuda a nadie a tener más fe. Más bien es posible que los gritos del predicador le provoquen dolor de cabeza a más de un oyente. Pero el predicador que ha estado sobre sus rodillas ante el Señor ha dejado allí todos sus temores. No tiene ansiedades ni está desesperado ni impaciente por nada. No tiene motivos para gritar. Habla dulce y calmadamente y el Espíritu Santo añade poder irresistible a su prédica. Pero no habla en debilidad, sino en absoluta confianza, porque es fuerte en Dios, y la Palabra del Altísimo obra en su mano como poderosa espada de dos filos, que penetra hasta partir las coyunturas y los tuétanos y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

Pon a un lado los dichos de los hombres y busca los dichos de Dios. Enfréntate a la Palabra, estúdiala. Busca el significado espiritual de cada pasaje, esto es, la intención salvadora de Dios en ese mensaje. Luego preséntala a los hermanos con corazón humilde, dejando que Dios haga su obra por medio de ti.

No te afanes ni te desveles. Sólo ora, ama y predica la Palabra. Así debe comenzar todo. Completa esta obra manteniéndote en contacto con los miembros y posibles miembros de tu iglesia. Visítalos, llámalos por teléfono, y por sobre todas las cosas muéstrate feliz. Estás trabajando en sociedad con Dios y estás seguro del éxito de tu labor. Por lo demás, espera, aprende a esperar, hasta que los primeros brotes de tu siembra comiencen a aparecer.

Si alguno viene a ti con quejas acerca del Hno. Fulano, no recojas la crítica o el chisme como si fuera algo de valor. Más bien responde: “Siento pena por el Hno. Fulano, oremos ahora mismo por él.” Y sin más cae sobre tus rodillas e invita al quejoso a hacer lo mismo. Ora fervientemente por Fulano, pide para él toda bendicion celestial. Luego dile a Quejoso: “Gracias Hno. por hacerme saber acerca de mi querido Hno. Fulano, seguiré orando por él.”

Esta actitud tuya frustrará a Quejoso. El vino a ti buscando maldición para Fulano y tú sólo tuviste bendición para él. A más de eso le habrás enseñado una lección de amor cristiano. Si Quejoso es sincero percibirá el mensaje. Si no lo es, ya no vendrá a ti con cuentos y chismes por temor de sentirse incómodo otra vez. De esa manera higienizarás el ambiente que te rodea y te ganarás la reputación de ser un pastor que no se lleva de cuentos.

Mientras esperas los primeros brotes de tu siembra, no te apresures a cantar victoria viendo algo que parece bueno. Así como los hijos de Zebedeo, siempre están en la iglesia los que quieren ser los primeros en el reino. Ellos vendrán a ti con toda clase de adulaciones, regalos, invitaciones a comer en sus casas. No te aman a ti, sino a tu posición. No sirven al Señor sino a sí mismos. Tratarán de adelantarse a otros para asegurarse un lugar junto a ti. Pretenderán tener un gran celo por la iglesia y por la salvación de las almas. No te quedes sólo con lo que dicen. Trata de ver los frutos de la fe en sus vidas, más allá de su grandilocuencia y sus aspavientos. Ellos tratarán de adelantarse a ganar tu corazón y tu confianza antes que tú llegues a saber de sus pecados e inconsecuencias. En lo posible, no aceptes invitaciones demasiado amigables hasta que hayas llegado a tener un conocimiento claro de la condición de la congregación. Por cierto que es tu deber el ser amable con los hermanos. Pero al comienzo de tu ministerio en una iglesia sé cauto, mantén una medida de reserva. No te acerques tanto que luego te sea embarazoso retroceder. No prometas más de la cuenta.

Los verdaderos brotes demorarán en aparecer como los de la semilla que fue sembrada en buena tierra. Pero cuando vengan tendrán buena raíz y se harán fuertes para soportar vientos y tormentas. Dejarán ver una chispa de vida por aquí, una llamita por allá. Da la bienvenida a tales manifestaciones de la renaciente fe. Pero no te apresures a ponerles cargas. No pueden llevarlas todavía.

Esa fe naciente necesita fortalecerse y crecer. Como los niños pequeños, necesitan de la leche espiritual no adulterada. Estudia la Biblia con ellos. Llévalos contigo a visitar a una persona interesada en la verdad. Reúnete con ellos para orar. Poco a poco irás introduciendo el alimento sólido y ellos serán capaces de llevar pequeñas cargas. Quizá se trate de un hermano que es el anciano de la iglesia por los pasados veinte años. Es probable que domine todo el manejo administrativo de la iglesia a la perfección. Pero es un niño en lo que se refiere a caminar con Dios por fe.

Cuando tengas dos o tres miembros así, trata de formar con ellos un grupo pequeño. Reúnete con ellos en una casa una o dos veces por semana y anímalos a invitar a sus parientes y amigos. Abundan las series de estudios que puedes usar como guía. Toma en serio esta tarea y pon toda tu fe y tu alma en ella. Ese pequeño grupo no es, nada más ni nada menos que el comienzo de una nueva iglesia en Cristo. No te apresures a invitar a los nuevos a la iglesia madre. Espera el momento oportuno cuando estén preparados para el chasco que inevitablemente recibirán.

En cuanto a la iglesia, será necesario que mantengas el programa semanal caminando. Rneúnete con la junta directiva. Ten una lista de predicadores. Mantén vivas las reuniones habituales. No te afanes en presentar novedades en la planificación o en sugerir cambios. Los miembros de junta ya tienen su rutina rancia y calcificada que han seguido por años, piensan que lo saben todo y no quieren ser llevados a cosas nuevas por el temor no confesado de perder ascendiente y autoridad frente a la hermandad. No es tiempo para cambios. Más bien déjalos tranquilos y contentos en su rutina y trabaja duro en tus grupos pequeños.

Con el tiempo, los frutos de los grupos pequeños se habrán hecho fuertes y comenzarán a llegar a la iglesia. La fe floreciente de estos hermanos, debidamente adoctrinada y aconsejada, será de inspiración para muchos que duermen bajo sus lápidas espirituales. Hermanos tímidos y apocados, que veían el mal de la iglesia pero que no se atrevían a enfrentarse a los “grandes” y que callaban “por temor de ser expulsados de la sinagoga” se sumarán a los grupos pequeños. Cobrarán valor y comenzarán a expresarse.

En cuanto a ti, trabaja con los que trabajan, y deja tranquilos a los otros. Toma tiempo para instruir a los nuevos y a los que reviven en temas básicos de la fe y la práctica cristiana. Enséñales a dirigir reuniones y a predicar, según el talento de cada uno. Los grupos pequeños se prestan muy bien para esto. Pronto los viejos y adustos “Principes de Israel” caerán en la cuenta de que su prestigio está en peligro y de que sólo les queda un camino para conservarlo: unirse de corazón a la nueva corriente o ser relegados al olvido.

Puede suscitarse un conflicto entre nuevos y viejos. No te atemorices por lo que pueda ocurrir ni tomes parte en combate alguno. Deja obrar al Señor. Todo lo que sucede indica que Dios está haciendo su obra separando la cizaña del trigo. Lo cojo pronto se saldrá del camino por su propia cojera. La iglesia conocerá entonces mejores tiempos y la obra crecerá.

(Carlos Perrone)

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12 pensamientos en “Qué hacer con una iglesia muerta

  1. Muchas gracias Dios lios siga usando esta era la respuesta que yo necesitaba me gustaria mas estar en contacto con ustedes hay un llamado de Dios ami corazon por mi iglesia necesitaba ideas claras, gracias porcompartirlo ..

  2. Wesley en Colombia, mil gracias por estos consejos, son oportunos
    porque así sucede en la congregación que llegamos a dirigir. Asi que pondré
    en practica estas gemas de su Experiencia

    • Muchas gracias, Brenda. Parece que tu comentario se me quedó olvidado, pero es mejor tarde que nunca. Me deseas la bendición de Dios. ¡Qué maravilloso deseo! No hay otra cosa en la vida que me interese más.

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