La Naturaleza Humana de Jesús y la Nuestra

 

Por Carlos Perrone

 

Lucas 1:31, 32; 35

—María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. . .

—El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios. . .

La naturaleza humana de Nuestro Señor se gesta en el vientre de María, a partir de un aporte divino y uno humano.

El aporte divino es traído al vientre de María por obra del Espíritu Santo.

Dice la Escritura que Dios preparó un cuerpo humano para Jesús.

Hebreos 10:

5 “Por lo cual, entrando en el mundo dice:
   Sacrificio y ofrenda no quisiste;
   Mas me preparaste cuerpo.
6 Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.
7 Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
Como en el rollo del libro está escrito de mí”.

El aporte divino –creado por el Padre– era perfecto; sin tacha.

El aporte de María –aun cuando María era una santa mujer– traía el debilitamiento y la degradación que eran la herencia de milenios de pecado.

De una manera imposible de definir en lenguaje humano, Jesús reunía en su persona la perfección divina y la imperfección humana; la omnipotencia y la debilidad. De esta manera era Hijo de Dios, y al mismo tiempo Hijo del Hombre. Nadie puede explicar esto.

¿Hasta dónde podía llegar su perfección sin quitarle su semejanza con nosotros?

¿Hasta dónde podía llegar su imperfección humana sin comprometer su igualdad con Dios?

En la Palabra encontramos algunas vislumbres del milagro de la Encarnación.

Hebreos 4:15
Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado.

Tentado en todo según nuestra semejanza: Ciertamente NO era igual a nosotros. Nosotros venimos de padre y madre humanos. Jesús venía de su Padre Dios y de su madre humana María.

Su naturaleza humana debilitada lo exponía a la tentación. Fue tentado en todo como nosotros. Y fue tentado hasta el límite mismo de su resistencia. Veámoslo en el desierto de la tentación resistiendo al Diablo. Veámoslo en el Getsemaní sudando sangre en tanto la copa tiembla en su mano, en la Vía Dolorosa, en la Cruz. Nadie fue tentado tan severamente como lo fue Jesús.

Hebreos 5:7
“Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”.

Sin pecado: Jesús no cometía pecado, ni tenía tendencias a pecar:

Hebreos 7:26
“Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos”.

Dice Pablo que los hijos caídos de Adán tenemos pecado morando en nosotros: una ley que nos lleva al pecado y a la muerte:

Romanos 7:15-24

15 “Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.

16 Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena.

17 De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.

18 Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.

19 Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.

20 Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.

21 Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.

22 Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios;

23 pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.

24 !!Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”

Santiago llama a ese pecado interior concupiscencia:

Santiago 1:

13 Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie;

14 sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

15 Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte.

¿Tenía Jesús pecado morando en él o concupiscencia?

Ciertamente no. Era un ser santo. Si hubiera tenido pecado en su naturaleza no habría podido ser nuestro sustituto expiatorio. En ese caso él mismo habría estado también perdido.

El participó de carne y sangre. Es decir, tuvo un cuerpo como el nuestro.

Hebreos 2:14
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”.

Esto nos lleva a entender que Jesús no recibió ninguna mancha de corrupción de su madre María. Pero sí recibió una naturaleza debilitada por el pecado de la humanidad que lo ponía en desventaja frente a las tentaciones de Satanás.

Jesús no era tentado “desde adentro” por vicios o pasiones carnales. Era tentado “desde afuera” por un enemigo implacable que trataba, por todos los medios, aprovecharse de sus limitaciones humanas para hacerlo caer. Comoquiera las tentaciones de Satanás no fueron cosa fácil para él. Fue probado hasta el límite mismo de sus fuerzas y de su fe.

De su madre María recibió una naturaleza desgastada y arruinada por milenios de pecado. De su Padre Dios recibió una naturaleza perfecta, sin mancha, como la de un nuevo Adán.

Jesús recibió una naturaleza humana debilitada, pero no pecadora. Es como el joven que recibe de su madre un automóvil viejo. El vehículo se ve bien, pero está desgastado. Ya no es como cuando era nuevo. El automóvil es viejo, pero no tiene pecado. El pecado viene cuando el hijo se pone a manejarlo alocadamente y no le da el mantenimiento necesario sino que, por el contrario, hace con él todo lo que el manual del fabricante dice que no se debe hacer. El automóvil no tiene pecado sino que el pecado está en ese joven que obra contrariamente a las reglas establecidas por el fabricante del automóvil.

Nuestra naturaleza pecadora reside, no en el cuerpo, sino en la mente. Nuestra voluntad está enferma por causa de la desobediencia. Las doctrinas orientales señalan al cuerpo como “la cárcel del alma”. Como cristianos no lo vemos así. Para nosotros el cuerpo es “el templo del Espíritu Santo”. Pero por contraer malos habitos podemos destruir ese templo e introducir en él necesidades falsas, que de otra manera nunca habrían estado allí.

“Como Dios que era [Jesús] no podía ser tentado; pero como hombre, podía serlo y con mucha fuerza, y podía ceder a las tentaciones. Su naturaleza humana pasó por la misma prueba por la cual pasaron Adán y Eva. Su naturaleza [de Cristo] humana era creada; ni aun poseía las facultades de los ángeles. Era humana, idéntica a la nuestra. Estaba pasando por el terreno donde Adán cayó. El estaba en el lugar donde, si resistía la prueba en favor de la raza caída, redimiría en nuestra propia humanidad la caída y el fracaso desgraciados de Adán”. {3MS 145.4}

Así como Jesús recibió una naturaleza desgastada y malograda, pero sin pecado, nosotros también recibimos una naturaleza desgastada y malograda pero sin pecado. Nuestra naturaleza es idéntica a la suya. No somos concebidos con pecado incluído. El pecado lo adoptamos nosotros por propia elección.

Adán y Eva pecaron porque se dejaron engañar por los ardides de la serpiente. Y esto aun en el estado de inocencia que tenían antes de pecar.

Nosotros pecamos porque en nuestra naturaleza desgastada y malograda no tenemos la fuerza ni la inteligencia para resistir las tentaciones de Satanás que nos llegan a través del mundo y la carne y la obra de los demonios. Somos entrampados por el enemigo. Nuestras mentes debilitadas no alcanzan a discernir el engaño y nuestra voluntad no tiene poder para repeler los avances del maligno.

Satanás afirmó que el hombre no puede guardar la ley de Dios. Eso es una mentira. Por cierto que el hombre puede guardar la ley de Dios. Lo que el hombre no puede es zafarse de las redes conque Satanás lo mantiene cautivo. El hombre peca, no porque haya heredado el  pecado o porque no tenga manera de evitarlo, sino porque, en su condición debilitada y malograda no puede hacer frente a las presiones y los engaños del Diablo. En otras palabras, el diablo es el causante de lo que él mismo condena en el hombre. El es quien induce al hombre a pecar abusando de su naturaleza debilitada y el que luego lo tiene atado con las cadenas de la culpa y las pasiones pecaminosas. Es el acusador de los hermanos, que los acusa delante de Dios día y noche.

Por esta razón, en el antiguo ritual israelita, los pecados confesados por los hijos de Dios, que mediante el rito se llevaban dentro del santuario, eran quitados de él en el día de la expiación mediante la sangre del chivo para Jehová y puestos sobre la cabeza del chivo para Azazel. Es decir, Satanás tendrá que recibir el castigo por los pecados que hizo cometer a los hijos de Dios.

Y basta con que el hombre peque una sola vez para que quede condenado y atado al pecado como esclavo.

No existe tal cosa como pecado original; culpa hereditaria o pecado inherente. No nacemos pecadores. Nacemos debilitados y malogrados, pero no pecadores. Nos hacemos pecadores al pecar. Y aquí está la confusión: como nadie pudo vivir sin pecar, a excepción de Cristo, muchos asumen que el pecado es propio de nuestra naturaleza, que ya lo traemos desde el vientre de nuestra madre y que no nos queda más remedio que pecar.

Si esa fuera nuestra realidad; si no tuviéramos otra opción más que pecar irremediablemente, entonces no seríamos culpables. Así como no tenemos culpa por ser blancos o morenos, altos o bajos, lindos o feos; todas estas características físicas que no hemos podido elegir, tampoco seríamos culpables por tener cierta conducta que no hemos podido elegir y sobre la cual no tendríamos ningún control. En ese caso no tendríamos libre albedrío. Seríamos computadoras programadas. No tendríamos sentido de moral ni discernimiento entre lo bueno y lo malo. No podríamos decidir pecar o no pecar. Por lo tanto nadie podría culparnos de hacer algo que en ninguna manera depende de nosotros. El león mata y come y no tiene pecado. Seríamos como los animales, sin entendimiento.

Felizmente ese no es el caso. Tenemos libre albedrío al nacer, así como Adán lo tuvo. Podemos elegir entre el bien y el mal. Pero somos demasiado débiles y estropeados por el pecado de la humanidad como para poder resistir al diablo y él nos doblega con su poder y sus engaños maestros. Satanás sigue siendo el mismo querubín poderoso que fue el día en que fue creado. Nosotros somos más débiles con cada generación que pasa. Librados a nosotros mismos no tenemos esperanza.

Pero el Señor se compadeció de nuestra condición desesperada y envió a Cristo. “Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la  muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”.

La liberación del endemoniado gadareno nos ayuda a entender esto: Aquel pobre infeliz tenía libre albedrío, como cualquiera de nosotros, y aun como Adán cuando fue creado; pero estaba dominado por una voluntad más fuerte que la suya, por una inteligencia maestra fraguadora de engaños y por un poder muchísimo mayor que su flaqueza huamana. Ciertamente él quería ser librado, pero no podía hacerlo por sí mismo. Vino a Cristo en busca de liberación, pero cuando quiso hablar los demonios le tomaron la boca por su cuenta y no lo dejaron decir lo que quería decir. Pero Jesús leyó en los ojos desorbitados de aquel endemoniado el deseo íntimo de su alma; oyó la oración inexpresada y de inmediato liberó aquella alma esclavizada por el maligno.

Cristo vino para demostrar que el hombre SÍ puede guardar la ley de Dios. Pero para ello es necesario eliminar al tentador y sanar la naturaleza debilitada y malograda del hombre, que es consecuencia de la obra del diablo. Si el hombre pudiera quedar libre de la presencia del enemigo que anda a su alrededor como león rugiente tratando de devorarlo, tendría plena lucidez para decidir hacer el bien y no pecar.

Aún podemos especular que, si no hubiera diablo que tiente a pecar, en su naturaleza debilitada y malograda el hombre podría, de alguna manera, guardar la ley de Dios. Pero con el diablo encima nadie puede. Y esto no significa que el hombre ha perdido su libre albedrío, sino que en su condición actual no logra por sí mismo liberarse de las cadenas del pecado.

Y la práctica del pecado hace que el hábito de pecar se fije en nuestro interior: carne y espíritu, y nos lleve cautivo al pecado. Queremos hacer el bien, pero hacemos el mal. La repetición de actos pecaminosos forma dentro de nosotros la concupiscencia, es decir, el intenso deseo de seguir pecando. Y esa concupiscencia nos seduce y nos lleva a la muerte. El pecado y la tentación se fortalecen más dentro de nosotros con cada complacencia. Nuestro caso va siendo cada vez más desesperado.

Otra ilustración: Josías era hijo de Amón y nieto de Manasés: dos hombres perversos dominados por las pasiones más bajas. Josías no tenía tales bajas pasiones. ¿Por qué? ¿Poseía una naturaleza humana superior a la de sus antecesores? No. Simplemente él nunca se dio a los vicios que su padre y su abuelo habían practicado tan asiduamente y por lo tanto nunca contrajo las adicciones que esclavizaban a aquéllos.

Mi padre era fumador fuerte. Yo nunca fumé. El no podía vivir sin su cigarrillo. Yo apenas si recuerdo que el cigarrillo existe; y esto cuando veo alguno fumando. No tengo nada dentro de mí que me induzca a fumar. Mi padre había desarrollado un vicio, es decir, una falsa necesidad física y mental de fumar que no había venido con él al nacer, sino que se formó dentro de él al repetir el acto de fumar.

Nadie nace borracho; drogadicto; fumador; mujeriego; ladrón; mentiroso; etc. El borracho se hace borracho porque elige beber. El drogadicto se hace drogadicto porque elige probar la droga. Y así en cada caso. Estos vicios no se heredan, sino que se adquieren por un acto de la propia voluntad. Engañados por Satanás elegimos ser pecadores, y llegamos a serlo. Pero no hemos recibido la tendencia a pecar como herencia. Lo que hemos recibido es una naturaleza debilitada y malograda en la que nos es imposible resistir los engaños de Satanás y somos arrastrados a la perdición muy a pesar nuestro.

Efesios 2:4 “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó,
5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo(por gracia sois salvos),
6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”.


¡Bendito sea el Señor!