La Naturaleza Humana de Jesús y la Nuestra

Por Carlos Perrone

(Este artículo fue publicado por primera vez en agosto del 2016 y revisado posteriormente varias veces. Última revisión: 21 de julio de 2020).


Lucas 1:31, 32; 35

—”María, no temas, porque has hallado gracia delante de Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús. . .

—”El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también el Santo Ser que va a nacer será llamado Hijo de Dios. . .”

La naturaleza humana de Nuestro Señor se gesta en el vientre de María, a partir de un aporte divino y uno humano.

El aporte divino es traído al vientre de María por el Espíritu Santo.

Dice la Escritura que Dios preparó un cuerpo humano para Jesús.

Hebreos 10:5-7

“Por lo cual, entrando en el mundo dice:
  Sacrificio y ofrenda no quisiste;
  Mas me preparaste cuerpo.
“Holocaustos y expiaciones por el pecado no te agradaron.
“Entonces dije: He aquí que vengo, oh Dios, para
hacer tu voluntad,
“Como en el rollo del libro está escrito de mí”.

El aporte divino –creado por el Padre– era perfecto; sin tacha.

El aporte de María –aun cuando María era una santa mujer– traía el debilitamiento y la fragilidad que eran la herencia de milenios de pecado.

De una manera imposible de definir en lenguaje humano, Jesús reunía en su persona la perfección divina y la imperfección humana; la omnipotencia y la debilidad. De esta manera era Hijo de Dios, y al mismo tiempo Hijo del Hombre. Nadie puede explicar esto.

¿Hasta dónde podía llegar su perfección sin quitarle su semejanza con nosotros?

¿Hasta dónde podía llegar su imperfección humana sin comprometer su igualdad con Dios?

¿Qué significa que Él se hizo como uno de nosotros?

En la Palabra encontramos algunas vislumbres del milagro de la Encarnación.

Hebreos 4:15
“Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado“.

Tentado en todo según nuestra semejanza: Ciertamente NO era igual a nosotros. De haberlo sido, habría estado tan perdido como nosotros. Nosotros venimos de padre y madre humanos. Jesús venía de su Padre Dios y de su madre humana María.

Su naturaleza humana debilitada lo exponía a la tentación. Fue tentado en todo como nosotros. Y fue tentado hasta el límite mismo de su resistencia. Veámoslo en el desierto de la tentación resistiendo al Diablo después de pasar cuarenta días sin comer. Veámoslo en el Getsemaní sudando sangre en tanto la copa de un dolor infinito tiembla en su mano, en la Vía Dolorosa cargando el madero, en la Cruz, diciendo: “Padre mío, Padre mío ¿por qué me has abandonado?”. Nadie fue tentado tan severamente como lo fue Jesús.

Sin pecado: Jesús no cometía pecado ni había pecado en él, si bien en su naturaleza humana participaba de nuestra debilidad.

Hebreos 7:26
“Porque tal sumo sacerdote nos convenía: santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos”.

Alguien dijo con acierto que la debilidad humana de Jesús era una “debilidad inocente”. Es decir, como nosotros podía sentir el hambre, el cansancio, el dolor, el frío y el calor, el temor, etc. pero no tenía ninguna tendencia al mal. Jesús era “santo, inocente, sin mancha”.

En su lucha contra la tentación no echó mano de su propio poder como Hijo de Dios sino que dependió enteramente de la ayuda y el poder de Dios a fin de vivir como el verdadero Hijo del Hombre que debía ser para salvarnos. Vivió y murió dentro de los límites del hombre caído.

Hebreos 5:7
“Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”.

Jesús no tenía pecado morando en él.

Dice Pablo que los hijos caídos de Adán tenemos pecado morando en nosotros: una ley que nos lleva al pecado y a la muerte:

Romanos 7:15-24

“Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago.

“Y si lo que no quiero, esto hago, apruebo que la ley es buena.

“De manera que ya no soy yo quien hace aquello, sino el pecado que mora en mí.

“Y yo sé que en mí, esto es, en mi carne, no mora el bien; porque el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo.

“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago.

“Y si hago lo que no quiero, ya no lo hago yo, sino el pecado que mora en mí.

“Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.

“Porque según el hombre interior, me deleito en la ley de Dios; pero veo otra ley en mis miembros, que se rebela contra la ley de mi mente, y que me lleva cautivo a la ley del pecado que está en mis miembros.

“¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?”

Santiago llama a ese pecado interior concupiscencia:

Santiago 1:13-15

“Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido.

“Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte”.

¿Tenía Jesús pecado morando en él o concupiscencia?

Ciertamente no. Era un ser santo. Si hubiera tenido pecado en su naturaleza no habría podido ser nuestro sustituto expiatorio. En ese caso él mismo habría estado también perdido.

El participó de carne y sangre. Es decir, tuvo un cuerpo como el nuestro.

Hebreos 2:14
“Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”.

Esto nos lleva a entender que Jesús no recibió ninguna mancha de corrupción de su madre María. Pero sí recibió una naturaleza debilitada por el pecado de la humanidad que lo ponía en desventaja frente a las tentaciones de Satanás.

1 Pedro 1:18, 19 “Sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación“.

De su Padre Dios recibió una naturaleza perfecta, sin mancha y sin contaminación, como la de un nuevo Adán. Así como el corderito expiatorio debía ser perfecto para representar a Cristo. Jesús tenía una constitución física, mental y espiritual perfecta. No necesitaba cargar con defectos físicos, mentales o espirituales para ser igual a nosotros. Bastaba con que, en su perfección, participara de nuestras limitaciones humanas frente a la tentación.

“Como Dios que era [Jesús] no podía ser tentado; pero como hombre, podía serlo y con mucha fuerza, y podía ceder a las tentaciones. Su naturaleza humana pasó por la misma prueba por la cual pasaron Adán y Eva. Su naturaleza [de Cristo] humana era creada; ni aun poseía las facultades de los ángeles. Era humana, idéntica a la nuestra. Estaba pasando por el terreno donde Adán cayó. El estaba en el lugar donde, si resistía la prueba en favor de la raza caída, redimiría en nuestra propia humanidad la caída y el fracaso desgraciados de Adán”. {3MS 145.4}

Jesús no era tentado “desde adentro” por vicios o pasiones carnales. Era tentado “desde afuera” por un enemigo implacable que trataba, por todos los medios, de aprovecharse de sus limitaciones humanas para hacerlo caer. Las tentaciones de Satanás no fueron cosa fácil para él. Fue probado hasta el límite mismo de sus fuerzas y de su fe. Llegó a sudar sangre en su lucha contra la tentación.

Así como Jesús recibió una naturaleza desgastada y limitada, pero sin pecado, nosotros también recibimos una naturaleza desgastada y limitada pero sin pecado. Pero aquí, debemos hacer notar una diferencia: Jesús, como ya dijimos, era plenamente sano en cuerpo, mente y espíritu. Nosotros, en cambio, podemos venir a este mundo con defectos, taras, retardos mentales, malformaciones y tendencias al mal. Nuestra naturaleza es idéntica a la suya, sólo que la naturaleza del Señor era perfecta y la nuestra es, en mayor o menor grado, enferma y defectuosa.

Adán y Eva pecaron porque se dejaron engañar por los ardides de la serpiente. Y esto aún en el estado de inocencia que tenían antes de pecar. Jesús resistió la tentación con una mente desgastada y bajo condiciones extremadamente severas.

Jesús no podía errar. Para él no habría perdón ni gracia si pecaba. Él tuvo que vencer en dependencia de su Padre por el poder del Espíritu, el mismo poder que nos es prometido a nosotros. Nosotros tenemos a Jesús como Salvador. Si pecamos, obtenemos de Él perdón y gracia. Jesús no tenía Salvador. Debía salvarse por su propia obediencia. El riesgo corrido por la Divinidad en la obra de Cristo no puede medirse con medidas humanas. Fue un riesgo infinito.

Nosotros pecamos porque en nuestra naturaleza desgastada y enferma percibimos una imagen distorsionada de la realidad que nos rodea. No tenemos la fuerza ni el entendimiento para resistir las tentaciones de Satanás que nos llegan a través del mundo y la carne y la obra de los demonios. Somos entrampados por el enemigo. Nuestras mentes enfermas no alcanzan a discernir el engaño y nuestra voluntad no tiene poder para repeler los avances del maligno.

Satanás afirmó que el hombre no puede guardar la ley de Dios. Cristo vino al mundo para demostrar ante el universo entero la falsedad de tal afirmación. Por cierto que el hombre puede guardar la ley de Dios. Lo que el hombre no puede es zafarse de las redes con que Satanás lo mantiene cautivo a causa del pecado. El hombre peca porque, en su condición debilitada y malograda no puede hacer frente a las presiones y los engaños del Diablo. En otras palabras, el diablo es el causante de lo que él mismo condena en el hombre. El es quien induce al hombre a pecar abusando de su naturaleza debilitada y el que luego lo tiene atado con las cadenas de la culpa y las pasiones pecaminosas. Es el acusador de los hermanos, que los acusa delante de Dios día y noche.

Por esta razón, en el antiguo ritual israelita, los pecados confesados por los hijos de Dios, que mediante el rito se llevaban dentro del santuario, eran quitados de él en el día de la expiación mediante la sangre del chivo para Jehová y puestos sobre la cabeza del chivo para Azazel. Es decir, Satanás tendrá que recibir el castigo por los pecados que hizo cometer a los hijos de Dios.

Y basta con que el hombre peque una sola vez para que quede condenado y atado al pecado como esclavo para siempre.

No existe tal cosa como pecado original; culpa hereditaria o pecado inherente. No nacemos pecadores. Nacemos debilitados y malogrados, pero no pecadores. Nos hacemos pecadores al pecar. Y aquí está la confusión: como nadie pudo vivir sin pecar, a excepción de Cristo, muchos asumen que el pecado es propio de nuestra naturaleza, que ya lo traemos desde el vientre de nuestra madre y que no nos queda más remedio que pecar.

Si esa fuera nuestra realidad; si no tuviéramos otra opción más que pecar irremediablemente, entonces no seríamos culpables. Así como no tenemos culpa por ser blancos o morenos, altos o bajos, lindos o feos; todas estas características físicas que no hemos podido elegir, tampoco seríamos culpables por tener cierta conducta que no hemos podido elegir y sobre la cual no tendríamos ningún control. En ese caso no tendríamos libre albedrío. Seríamos computadoras programadas. No tendríamos sentido de moral ni discernimiento entre lo bueno y lo malo. No podríamos decidir pecar o no pecar. Por lo tanto nadie podría culparnos de hacer algo que en ninguna manera depende de nosotros. El león mata y come y no tiene pecado. Seríamos como los animales, sin entendimiento.

Felizmente ese no es el caso. Tenemos libre albedrío al nacer, así como Adán lo tuvo. Podemos elegir entre el bien y el mal. Pero somos demasiado débiles y estropeados por el pecado de la humanidad como para poder resistir al diablo y él, desde el primer atisbo de inteligencia de nuestra mente, nos doblega con su poder y sus engaños maestros. Satanás sigue siendo el mismo querubín poderoso que fue el día en que fue creado. Nosotros somos más débiles con cada generación que pasa. Librados a nosotros mismos no tenemos esperanza.

Pero el Señor se compadeció de nuestra condición desesperada y envió a Cristo. “Por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo, para destruir por medio de la  muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo”. (Hebreos 2:14
).

Tan pronto nuestro entendimiento comienza a desarrollarse, hay dos fuerzas opuestas que vienen a nosotros. Por un lado el mal, con sus tentaciones. Y por otro lado, la gracia de Cristo que nos muestra el camino de salvación.

La liberación del endemoniado gadareno (Lucas 8:26-39) nos ayuda a entender esto: Aquel pobre infeliz tenía libre albedrío, como cualquiera de nosotros, y aun como Adán cuando fue creado; pero estaba dominado por una voluntad más fuerte que la suya, por una inteligencia maestra fraguadora de engaños y por un poder muchísimo mayor que su flaqueza humana. Su mente estaba desequilibrada, su cuerpo enfermo. Ciertamente él quería ser librado, presentía la existencia de lago mejor, pero no podía alcanzarlo por sí mismo. Tan pronto vio al Maestro percibió, en medio de sus tinieblas, que podía librarlo de tal esclavitud. Vino a Cristo en busca de liberación, pero cuando quiso hablar los demonios le tomaron la boca por su cuenta y no lo dejaron decir lo que quería decir. Pero Jesús leyó en los ojos desorbitados de aquel endemoniado el deseo íntimo de su alma; oyó la oración inexpresada y de inmediato liberó aquella alma esclavizada por el maligno. La palabra de Cristo arrojó fuera al demonio. Esa misma palabra que resucitó a Lázaro que ya hedía en la tumba, resucitó a aquel pobre hombre, muerto en sus pecados, a una vida totalmente nueva.

Cristo vino para demostrar que el hombre SÍ puede guardar la ley de Dios. Pero para ello es necesario eliminar al tentador y sanar la naturaleza debilitada y enferma del hombre, que es consecuencia de la obra del diablo. Si el hombre pudiera quedar libre de la presencia del enemigo que anda a su alrededor como león rugiente tratando de devorarlo, tendría plena lucidez para decidir hacer el bien y no pecar.

Y la práctica del pecado hace que el hábito de pecar se fije en nuestro interior: carne y espíritu. Queremos hacer el bien, pero hacemos el mal. La repetición de actos pecaminosos forma dentro de nosotros la concupiscencia, es decir, el intenso deseo de seguir pecando. Y esa concupiscencia nos seduce y nos lleva a la muerte. El pecado y la tentación se fortalecen más dentro de nosotros con cada complacencia. Nuestro caso va siendo cada vez más desesperado.

Otra ilustración: Josías era hijo de Amón y nieto de Manasés: dos hombres perversos dominados por las pasiones más bajas. Josías no tenía tales bajas pasiones. ¿Por qué? ¿Poseía una naturaleza humana superior a la de sus antecesores? No. Simplemente él decidió obedecer al Señor en su temprana juventud y nunca se dio a los vicios que su padre y su abuelo habían practicado tan asiduamente y por lo tanto nunca contrajo las adicciones que esclavizaban a aquéllos.

Mi padre era fumador fuerte. Yo nunca fumé. El no podía vivir sin su cigarrillo. Yo apenas si recuerdo que el cigarrillo existe; y esto cuando veo alguno fumando. No tengo nada dentro de mí que me induzca a fumar. Mi padre había desarrollado un vicio, es decir, una falsa necesidad física y mental de fumar que no había venido con él al nacer, sino que se formó dentro de él al repetir el acto de fumar.

Nadie nace borracho; drogadicto; fumador; mujeriego; ladrón; mentiroso; etc. El borracho se hace borracho porque elige beber. El drogadicto se hace drogadicto porque elige probar la droga. Y así en cada caso. Estos vicios no se heredan, sino que se adquieren individualmente por un acto de la propia voluntad.

Existe una acalorada discusión entre algunos teólogos acerca de si Jesús tenía la naturaleza de Adán antes de la caída o la que llegó a tener después de la caída. Los primeros se titulan de “Prelapsarios” y los segundos de “Postlapsarios”. Yo no entro en esa discusión porque considero que tales posturas se van a los extremos y ninguna de las dos es correcta. En mi humilde entendimiento Jesús tuvo las dos naturalezas al mismo tiempo, pero sin pecado. Es decir, por el aporte divino al ser concebido tenía una naturaleza igual a la de Adán, sin pecado. Pero por el aporte humano a través de María, Jesús era frágil como nosotros y podía ser tentado con mayor intensidad que nuestros primeros padres. Adán fue tentado a comer del fruto prohibido estando saciado. Jesús fue tentado a convertir las piedras en pan después de 40 días de ayuno. Adán cayó en la tentación y comió de aquel fruto. Jesús rechazó la tentación aferrándose a la Palabra de Dios.

De hecho, fue tentado mucho más allá de lo que ser humano alguno haya sido tentado alguna vez. Jesús no tenía tendencias al mal, como nosotros, pero como nosotros sentía el dolor, la necesidad de ser amado, la desilusión y el miedo. Como nosotros podía sufrir hambre, sed, calor, frío, cansancio. Y por esas flaquezas fue tentado. Pero él venció, y ahora nos da a nosotros su victoria.

Nuestra mente y cuerpo debilitados pueden mostrar tendencias hacia el pecado, pero tendencia no es pecado si no se la satisface. Es sólo una falla, un punto vulnerable en nuestra naturaleza, una evidencia de que nuestras mentes están enfermas desde nuestro mismo nacimiento. Lo que hemos recibido es una naturaleza debilitada y enferma con tendencias al mal, en la que nos es imposible resistir los engaños de Satanás por nosotros mismos y somos arrastrados a la perdición muy a pesar nuestro. Sólo la Infinita Misericordia de Dios puede librarnos de tan miserable condición.

El Señor nos vio perdidos y sin esperanza en las garras de un enemigo malo y tuvo compasión de nosotros.

Efesios 2:4-6 “Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó,
aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos),
y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús”.


¡Bendito sea el Señor!