Sin Contienda ni Vanagloria

Filipenses 2: 3-11

Comentario en dos columnas por Carlos Perrone

 

Texto Bíblico Comentario
Por tanto, si hay alguna consolación en Cristo, si algún consuelo de amor, si alguna comunión del Espíritu, si algún afecto entrañable, si alguna misericordia,  El amor, que se perfecciona en la unidad, es la esencia de nuestro discipulado en el Señor. Es necesario que tengamos el mismo amor, que es el amor de Cristo, y que estemos unidos en una misma visión de su gloria; que tengamos el mismo entendimiento de su obra y su persona. O, como dice Pablo: Que sintamos “una misma cosa.”
completen mi gozo sintiendo lo mismo, teniendo el mismo amor, unánimes, sintiendo una misma cosa.
No hagan nada por contienda o por vanagloria. Al contrario, háganlo con humildad y considerando cada uno a los demás como superiores a sí mismo. Pero la contienda y la vanagloria son instrumentos de destrucción: acaban con la unidad de los creyentes y llevan a la pérdida del amor mutuo. Son características distintivas del espíritu carnal. Es un mal que va pasando por herencia y por cultivo voluntario de una generación a otra.Contienda significa pelea, debate, altercado, enemistad. No tiene lugar entre los siervos de Dios, por cuanto es la negación del amor divino. Hacer algo para Dios por contienda es tratar de lograr un objetivo por los medios equivocados. En el reino de los cielos no existe la compulsión. El fin no justifica los medios. Mas bien los medios son la base espiritual sobre la cual construiremos el ideal de Dios para nosotros.

El apóstol nos enseña que, en lugar de contender, debemos servir. El servicio es el medio para lograr el Espíritu de Servicio desinteresado que es la meta del amor. El servicio fue la nota tónica de la vida de Aquel que no vino para ser servido sino para servir.

Al presentarnos como siervos estamos considerando a los demás como superiores a nosotros mismos. Esto es locura para la mente carnal de los hombres. Pero es sabiduría sublime delante de Dios.

No busque cada uno su propio interés, sino cada cual también el de los demás. Cada uno ha recibido de Dios algo que debe cuidar. Así como Adán fue hecho mayordomo del Huerto de Edén, todos nosotros hemos recibido un huerto que cuidar, y de cuyo cuidado deberemos dar cuenta a Dios. No somos los dueños de nuestros huertos, sino sólo mayordomos de ellos para Dios. El es el dueño de todas las cosas.Debemos ser felices con la parte que nos ha tocado. Pero si nos dejamos llevar por la codicia y comenzamos a contender para apropiarnos del huerto de otro, estamos pecando. Fue Dios el que repartió sus dones un poco a cada uno. Invadir el huerto de nuestro vecino equivale a ignorar la justicia de Dios.

Por dejar de lado a Dios hay tantas injusticias en la tierra. Las guerras tienen como base la codicia. Los hombres se consideran dueños de sus huertos e ignoran al verdadero Dueño. Nadie está contento con lo que cree tener. Cada uno se arma para arrebatar por la fuerza lo que el vecino tiene. Y esto produce una reacción en cadena que sigue y sigue desde que Eva extendió su brazo para tomar el fruto prohibido y codiciado. Y seguirá hasta que el mundo acabe.

Este es un mal que nadie puede detener. Cada uno reclama paz al par que se arma para la guerra.

Cuidar de nuestro huerto es nuestro primer deber ante Dios y los hombres. Pero esto no es todo. Hay quienes han acaparado mucha tierra para sí, y otros tienen muy poco o nada. Hay ricos muy ricos y pobres muy pobres. También es nuestro deber compartir el fruto de nuestro huerto con los que han sido desprovistos de su tierra.

Vanagloria significa, sencillamente: gloria vana. El diccionario de la Real Academia Española lo rinde de esta manera: Jactancia del propio valer u obrar.” Ser vanaglorioso equivale a ser jactancioso; a pensar que valemos más que otros. Y que eso nos da derechos sobre los que consideramos menores que nosotros. Los amos se creen superiores a sus esclavos. Al mismo tiempo les quitan la libertad y les niegan toda posibilidad de aprender y desarrollarse.

Esto también produce una reacción en cadena.

Contienda y vanagloria son cánceres espirituales que destruyen la humanidad y quitan la paz de la tierra. De ellos vino a curarnos el Señor.

Que haya en ustedes el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús, Por eso fue necesario que el que hizo todas las cosas viniera a este mundo para cortar esa reacción en cadena y establecer un nuevo reino entre nosotros: El reino de los cielos. Un reino que no se forma quitando a otros lo que tienen, sino compartiendo libremente lo que cada uno tiene. Es una paradoja: Cuanto más damos, más tenemos.Jesús compartió todo de sí: su tiempo, sus energías y hasta su propia vida a fin de que nosotros tengamos vida.
quien, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, Para estar en condición de ayudarnos tenía que venir en forma humana. No con imponente gloria ni con autoridad temible. Sino como uno de nosotros. Fue nuestro compañero de trabajo, participó de nuestras penas, comió a nuestras mesas y rió y lloró con nosotros.No midió sacrificios en su deseo de salvarnos. No se aferró a nada. Allá, en lo alto, dejó su trono, su corona y su cetro. Juntamente con su manto real, todo quedó sobre su trono vacío. El Cielo quedó en silencio a su partida. Bajó a este mundo entenebrecido por la rebelión. Tomó la naturaleza humana y nació de una mujer como cada uno de los hijos de Adán.
sino que se despojó a sí mismo y tomó forma de siervo, y se hizo semejante a los hombres; Nadie le arrebató sus privilegios, él mismo renunció a todo. Quería vivir con nosotros y ser uno con nosotros. Debía experimentar la tentación y el dolor que sufre cada ser humano. Tomó nuestra naturaleza con el pasivo de miles de años de pecado.
y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. Y en tal condición no pensó en sí mismo. Había venido para salvar a los hombres y seguiría su plan paso a paso hasta el final. Fue acosado por el maligno en su hora de prueba. Pero se humilló completamente delante de Dios para hacer lo que fuera necesario sin importar el costo. Y no se arredró ni ante la vista del Calvario. “Se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.”Venció el pecado. No hubo en él vestigios de contienda ni de vanagloria. Fue presentado ante el altar como un cordero sin mancha y sin contaminación.
Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, Jesús murió al atardecer de un viernes previo a la fiesta de la Pascua que en aquel año caía en sábado. Pocos minutos antes de la puesta del sol del viernes su cuerpo inerte fue depositado en una cueva cavada en la roca y una pesada piedra fue rodada para cubrir la entrada.Los que lo aborrecían y lo había conducido hasta la muerte se regocijaban pensando que lo había acallado para siempre.

Pero no había pecado en él. Había muerto, no en pago de pecados propios, no por los maltratos físicos, que fueron brutales, sino por la carga moral de la desobediencia de todos los hombres: el justo por los injustos.

Al decir de Pedro, en su sermón del Pentecostés, Jesús no tenía pecados propios que lo retuvieran en la tumba. Su obra de expiación estaba terminada. Había vencido el pecado y la muerte.

Por eso, pasado el día de reposo su padre lo llamó fuera del sepulcro para retornarle toda la gloria que había tenido antes de que el mundo fuera, y mucho más, pues por los méritos de su amor y cruento sacrificio ya no era sólo el Creador de los hombres, sino también –y en especial manera– el Redentor de todos los hombres. Su gloria llegó a ser así, mucho mayor que la que tenía antes de venir al mundo.

10 para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; Y lo sentó en un trono alto y sublime para que toda la creación lo contemplara y cayera en rendida adoración a sus pies.Nadie hizo lo que Jesús hizo en el nombre del Padre. Vino para glorificar a Dios y ahora el Padre lo glorifica grandemente delante del universo entero.
11 y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios el Padre. Toda lengua que confiesa que Jesucristo es el Señor, confiesa que el amor de Dios es supremo, que el pecado es maligno y que la sangre de Cristo es poderosa para limpiarnos de todo pecado.Todo el que recibe a Cristo en su corazón como Señor y Salvador, recibe de él salvación y guía, queda libre de contienda y de vanagloria y da a Dios honra y adoración supremas.

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