Hacer el bien, bien hecho.

Cuando conocí al Señor quise hacer el bien. Y de veras a veces lo hacía. Eso me ponía felíz. Pero otras veces, queriendo hacer el bien, y con la mejor de las intenciones, metía la pata hasta la cadera. Imagínate que, cuando esto me sucedía, me sentía horriblemente avergonzado.

Se cuenta que un colportor muy deseoso de hacerlo todo bien, había sido instruido en la observación. El director había dicho: “Hermanos colportores, ustedes deben ser observadores cuando llegan a una casa.” Y les presentaba las más diversas situaciones posibles que permitirían al colportor saber más de su cliente con el fin de hacer un mejor punto de contacto y una presentación más adecuada al caso.

Aquel buen hermano que quería hacer el bien llamó a la puerta de una antigua casa de pueblo. La alta puerta de madera reseca y desvencijada por los años se abrió lentamente. Delante de él apareció un hombre alto, gordo y con cara de sufrimiento. Mirando a través del largo zaguán pudo ver el patio de tierra al final donde había un sulky (carro liviano de dos ruedas para dos pasajeros) con las dos varas hacia arriba a la sombra de un paraíso.

El hombrón, en tono impasible le dijo:

-¿Qué se le ofrece?

-¿El Señor Talicual? -Preguntó el buen hermano que quería hacer el bien.

-Sí, ¿qué quiere?

-Gracias. Represento al Servicio Educacional Hogar y Salud, una entidad que trabaja por el bienestar de las familias, y he venido para conversar brevemente con usted aquí en su casa.

-A ver, diga usted. Yo estoy muy enfermo hoy. -Lo hizo pasar.

-Mi buen amigo, si queremos tener buena salud debemos mirar bien lo que comemos–dijo en tono triunfal aquel buen hermano que quería hacer el bien–Al entrar vi en su patio un sulky desatado y no vi caballo alguno. Seguramente usted se ha comido el caballo y esa es la razón de su enfermedad. Debe saber usted que en la Biblia se dice que la carne de caballo es una carne inmunda.

. . .

Cuando el pobre buen hermano que quería hacer el bien pudo parar de correr, habiendo dejado atrás a aquel hombre que lo venía corriendo a tiros, se preguntó jadeando: -¿Qué hice mal, no es cierto que la carne de caballo no se debe comer?

Leí también la historia de un joven que aprendió a hacer el bien, bien hecho.

Llegó a una casa señorial de bellos jardines y fina arquitectura. Al ver el lugar pensó:

-No va a ser fácil entrar aquí. ¡Señor, ayúdame! -Se apartó a la sombra de un árbol y oró fervientemente al Señor por el dueño de esa casa y que le permitiera tener un feliz encuentro.

Confortado y fortalecido por la oración, con rostro sereno y alegre llamó a la puerta.

Salió una señora de unos 50 y tantos años que lo midió con la mirada de arriba abajo.

El joven saludó con simpatía y aquella señorona le dijo: -Pase joven.

El colportor aplicó todas las técnicas que había aprendido y seguía adelante en tanto que la señora lo miraba inquisitivamente.

De pronto la señora lo interrumpió abruptamente y le dijo: -Dígame joven, ¿Qué estaba usted haciendo debajo de aquel árbol con la cabeza baja antes de entrar a mi casa?

-Estaba orando por usted, señora, para que Dios la bendiga y por mí, para tener un feliz encuentro con usted.

-¡Me parecía que algo de eso había! ¡Sólo Dios podría haberlo ayudado a usted a entrar en esta casa! Sepa joven que por años, ningún vendedor ha entrado aquí. Yo los despedía de la puerta con aspereza. Pero a usted tuve que dejarlo pasar. No entendía por qué. Pero lo entiendo ahora, Dios lo mandó a usted con un mensaje para mí. Usted es diferente de todos los otros.

Aquella mujer huraña estudió la Biblia y aceptó a Cristo. Se hizo miembro de nuestra iglesia donde sirvió con amor hasta que fue llevada al descanso.

En mis días de colportor aprendí esta lección.

Cuando me inicié llegaba a las casa con terror. Tocaba las puertas esperando que no saliera nadie. Tenía miedo de la gente.

Un día salió una señora piamontesa de edad y vestida de negro que me atendió con malos modos. Su mirada cargada de desconfianza despertó en mí un sentimiento de ira. No dije nada, pero el fuego me salía por los ojos.

Aquella mujer percibió el cambio de mi mirada y se asustó. Abrió grandes los ojos, retrocedió y me lanzó la puerta en la cara.

Entonces comprendí mejor las palabras de Pablo: “queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí.”

Mi propuesta es que hacer el bien no es fácil. Requiere paciencia, perseverancia y mucho amor, tanto para soportar nuestros propios errores y sus consecuencias como para sobrellevar las actitudes agresivas e insultantes de los enemigos del bien. Es imposible hacer el bien a la manera de Jesús sin contar con Su sabiduría, Su consejo oportuno y Su poder para vencer.

Recuerdo que en las asambleas de colportage el relato de incidentes de ventas de los sábados de tarde era “la salsa de la asamblea”, el momento que todos esperábamos con gran anhelo. Todo el que había tenido algun incidente importante era invitado a relatarlo a los demás. ¿No debiéramos nosotros, los pastores, los que vivimos en contacto con muchas almas, viéndolas en la iglesia y visitándolas en sus hogares, aprender en forma práctica cómo hacer el bien? ¿No sería de gran beneficio que diéramos más sabor a este sitio poniendo buenas porciones de lo que debiera ser “la salsa del ministerio?”

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